Un paseo por la ciudad sepultada 2019

Un paseo por la ciudad sepultada 2019
Recorrido por Calatayud, tomando como salida la plaza de San Juan el Viejo, durante el que se recordó el patrimonio que ya no está. Notables elementos patrimoniales perdidos o sepultados por decisiones cuestionables, los cambios sociales o por el simple abandono (02.11.2019)

Desarrollo del recorrido:

1.PLAZA DE SAN JUAN EL VIEJO

En nuestro afán por dar a conocer Calatayud desde distintos puntos de vista y cumpliendo con el tradicional Paseo de… comenzamos hoy este recorrido de invisibles. La intención es visitar distintos puntos de la ciudad recordando cómo fueron algunos de los edificios notables que la enseñorearon en otro tiempo. De la mayoría de ellos no ha quedado nada, de algunos la forma del solar, de otros un mínimo resto. Por ello les pedimos que imaginen, que su imaginación les lleve a descubrir cómo era este lugar al que tanto queremos antes de que la piqueta, en la mayor parte de los casos en nombre del progreso, cambiase su fisonomía. Trataremos de ser descriptivos y de completar las explicaciones con algunas antiguas imágenes, que pueden dar una mejor visión de lo perdido con el devenir de los ss, sin olvidar lo que tememos perder en este XXI.

En esta plaza se encontraba la iglesia de San Juan de Vallupié, erigida por Alfonso I como conmemoración de la reconquista de Calatayud el día de san Juan de 1120. El templo sufrió una gran reforma hacia 1456 en que los hermanos Farach y Brahem el Rubio construyeron un cimborrio que al interior se realizó en olivo cincelado y pintado. Se hicieron también ventanas de tracería calada, dejando el conjunto, seguramente, como el muro de la parroquieta de la Seo de Zaragoza. En 1534 los autores de la portada de Santa María realizaron otra, para esta iglesia, de tres pisos rematados por un relieve con el bautismo de Cristo. Tenía capillas dedicadas al Santo crucifijo, a la Visitación, a los santos Crispín y Crispiniano y a Santa Dorotea. Acogía las cofradías del Nombre de Jesús, del Martirio, de los Santos Crispín y Crispiniano, de San Juan de Labradores, de Nuestra Señora de Agosto, de San Millán y de Santa Dorotea.

En el siglo XVIII, aludiendo que amenazaba ruina, la parroquia se trasladó a la que había sido iglesia de los jesuitas, hasta su salida de España en 1767. En 1803 los vecinos Pedro Durfella y Antonio Herrero se ofrecieron a tirar el edificio con la condición de que el espacio quedase como plaza colocando un peirón con una cruz para llamar a la oración por los que allí estaban sepultados.

El retablo mayor, excepcional obra de Damián Forment y Juan de Moreto, pasó a la iglesia de la Exaltación de la Santa Cruz de Sediles, localidad de la comarca bilbilitana,donde se encuentra actualmente. La talla de San Juan Bautista, que lo presidía, se colocó en el de la actual iglesia de San Juan el Real de Calatayud, anterior templo de la Compañía de Jesús, como ya se ha dicho, dedicado entonces a la Virgen del Pilar.

Retablo mayor en Sediles
Detalle del retablo mayor
Detalle del retablo mayor
Imagen del titular en San Juan el Real

2.ESTATUA DE ALFONSO I

Justo enfrente se encontraba el palacio de Juan Cobo, también llamado de Sicilia. Durante el siglo XIX estuvo habitado por el legendario bandolero del que se cuenta que burlaba a la justicia por las bodegas de la ciudad. Algunos decían que las recorría a caballo, otros que tenía incluso una capilla dentro.

Al proyectarse el edificio del Centro de Día, hubo quien instó a algunos miembros del concejo para que aprovecharan la oportunidad que se ofrecía y estudiar a fondo tan famosa bodega y las circundantes. Hicieron caso omiso y cuando se avisó a los arqueólogos, había desaparecido el 90 por ciento de la superficie a estudiar. No obstante se encontraron, entre otras cosas, restos de la Edad de Bronce y un pozo de época musulmana. Sirva este comentario para recordar a las “humildes“ bodegas, otra parte del patrimonio a punto de desaparecer.

 

3.PLAZA DE SAN MIGUEL

La iglesia de San Miguel fue una de las parroquias más antiguas. Era de nave única con ábside poligonal de cuatro tramos más el presbiterio. Contaba con seis capillas laterales, coro alto a los pies con sillería sencilla y, en los pilares, cuatro grandes esculturas de madera. El retablo mayor era de pintura y estaba dedicado al titular y había otros ofrecidos a San Lorenzo, San Valentín, San Blas, San Joaquín, Santo Tomás y la Virgen. Del presbiterio de esta iglesia procede el cuadro de Miguel Ruzola que se conserva en el santuario de la Virgen de la Peña. Seguramente se transformó su planta mudéjar en época barroca. También tenía una pequeña espadaña.

Miguel Ruzola

Estuvo a punto de desaparecer a principios del siglo XVII porque fue el primer lugar que contemplaron los jesuitas para establecerse. Se demolió en 1871. El ayuntamiento había solicitado a la Diputación el derribo de esta iglesia y de la de San Andrés por amenaza de ruina, la autoridad dio permiso exigiendo que se conservara la torre de San Andrés por su valor artístico. Afortunadamente aquellos munícipes no vieron bien hundir San Andrés teniendo que dejar la torre.

A San Miguel asistía el ayuntamiento en la infraoctava del santo, como voto en acción de gracias por haber librado a sus parroquianos de la peste, por lo que se conocía el barrio como barrio de la salud.

En el cerro justo encima de la iglesia se ve el Castillo del Reloj Tonto que, hasta 1903, conservó una torre campanario cuadrada de considerable altura, coronada con tejado a cuatro aguas, donde se albergaba la campana, regaló Pedro IV a la ciudad, según la tradición.

Castillo Real o del Reloj

En el verano de 1902 hubo un desprendimiento que arruinó dos casas, causando la muerte a un matrimonio, y el 30 de diciembre un nuevo derrumbe mató a una niña que jugaba por la zona. Muchos fueron los periódicos que se hicieron eco de estos sucesos y, en 1903, una comisión de periodistas aragoneses visitó la zona al grito de ¡Abajo el reloj tonto! A finales del mes de marzo, esta comisión acordó girar al alcalde 2.500 pesetas para proceder al derribo del torreón porque, con los últimos desprendimientos, la base había quedado casi al aire. El dinero se consiguió por suscripción pública a través de los periódicos nacionales. Poco después Darío Pérez, diputado en aquel momento, consiguió 50.000 pesetas para intentar solucionar los problemas del cerro y de sus habitantes.

En 1895 había tenido lugar en este castillo un pintoresco acontecimiento del que también se hizo eco la prensa: un colombófilo de Barcelona se presentó en la explanada superior con setenta y cinco palomas mensajeras que soltó de golpe; tres de ellas decidieron hacerse bilbilitanas, las restantes alzaron el vuelo hacía Huesca y de allí llegaron a la Ciudad Condal.

 

4.PLAZA DEL CARMEN

La iglesia de Santiago era una de las más antiguas de la ciudad y fue construida seguramente en una anterior mezquita. Tras la reconquista, se adjudicó a los mozárabes. Se rehízo el templo consagrándose de nuevo en 1249. En 1525 se encargó una reforma a Farache Castellano. En 1605 Fray Diego de Yepes ordenó limpiar la bóveda y las paredes de la iglesia a los procuradores y parroquianos bajo pena de excomunión.

Tenía torre en la cabecera que contaba con tres campanas, y en la parte de atrás dos torreones sólidos de ladrillo que, por su antigüedad, hacían pensar que el edificio había correspondido a una mezquita. De la primitiva construcción aparecieron, en las últimas excavaciones, unos sepulcros antropomorfos cubiertos con alabastro. La iglesia era de tres naves góticas, planta de cruz latina, cubierta con bóveda de crucería estrellada, y con cabecera recta de triple ábside, coincidiendo el central con la forma y entrada del edificio que hoy se levanta en su solar.

Sobre la puerta había unas pinturas que representaban a Santiago comiendo con la familia Ruzola, y otra del Niño Jesús apareciéndose a un infantil Domingo Ruzola. En ella tenía su sede la cofradía de Santiago de nobles e infanzones y, en la capilla de la Virgen, la de San Eloy.

En 1856 se suspendió la actividad parroquial y el derribo se inició en 1863. Fue un lento proceso que culminó el ayuntamiento dos años después.

Los altares se trasladaron a la iglesia de El Frasno y a la colegiata del Santo Sepulcro se llevaron las cuatro preciosas imágenes de San Miguel, San Jorge, San José y la Inmaculada traídas de Roma.

Retablo de la iglesia de Santiago, actualmente en El Frasno (comarca de Calatayud)

Frente a la iglesia, seguramente en lo que fue el colegio de las Trancas, se levantaba el palacio de la familia Aparicio, que según Felipe Eyaralar era de un estilo similar al de la iglesia. En él destacaba el techo del zaguán cubierto con gruesos maderos de los que se decía que provenían de la sierra de Armantes, lo que tiene su mérito porque nunca se ha distinguido este terreno por el volumen de sus árboles.

A continuación se encuentra otra interesante edificación de la que, de momento, no daremos muchas explicaciones y que, si por casualidad, en pocos años se repite esta actividad, lo podremos incluir por derecho propio en el paseo de desaparecidos. Este edificio cometió el error de ser comprado, renominado y redecorado por los marqueses de Villa Antonia, título concedido en el siglo XIX, que se afincaron en el palacio de los Muñoz de Pamplona. En la reforma los marqueses cambiaron la fisonomía de la fachada, sobre todo que corresponde a la calle del Carmen. Eyaralar escribió: “aunque muy reparada y variada de su primitiva construcción, conserva un patio cuadrado con una galería sostenida por seis columnas de piedra cuyos capiteles son de ladrillo lavado de yeso, pero con tal finura que imita perfectamente la piedra. La galería tiene un balaustrado de hierro hacia el patio y una línea de arcos de piedra hacia la calle… Contiguo a este patio y frente al jardín hay un hermoso salón rectangular, con sus paredes muy bien lavadas y pintadas con varios escudos de armas y un buen maderamen con varias molduras doradas, este salón comunica con otro por una puerta con una cornisa blanca de yeso”.

Los arcos desaparecieron, el maderamen ha estado a punto, y el palacio… ¿quién sabe?

 

5.PLAZA DE BARDAJÍ

En esta zona se encontraba el convento de San Juan de Letrán de frailes Trinitarios. No sabemos cuando fundaron en Calatayud, aunque algunos autores apuntan que podría haber sido en 1524, estableciéndose primero en la ermita de la Virgen de la Cepa, que se encontraba debajo del Calvario, en los pinos de Ostáriz. En 1661 se trasladaron a la casa que nos ocupa en esta plaza, anteriormente de la Trinidad.

La iglesia, de tres naves con coro alto a los pies, tenía ocho altares, dos púlpitos y una bonita portada de piedra blanca.

En 1820 contaba con once religiosos. Al año siguiente de la exclaustración se sugirió que el edificio se utilizase como local de Correos, administración de rentas y almacén de sal. En 1842 servía como almacén municipal. En 1851 se pidió demoler la iglesia por su estado de ruina y se derribó parcialmente en 1856, usándose el convento como viviendas. Proceden de él un par de imágenes que se conservan en El Frasno, un retablo en Aniñón y dos credencias en Santa María.

 

6.PLAZA DE COSTA

Muy cerca de aquí estaba el convento de San Antón. Se cree que los Antonianos llegaron a Calatayud a fines del XIII o principios del XIV y se establecieron junto al pontazgo donde fundaron su casa, una leprosería y las ermitas de San Lázaro y San Antón. Luego pasaron a esta ubicación y en 1703 ocuparon la parroquia de San Pedro de los Serranos, que se construyó para los pirenaicos que habían ayudado en la reconquista de Calatayud. Era en estructura muy parecida a la vecina de San Francisco. Tras desaparecer la comunidad, a finales del XVIII el templo pasó a depender de la parroquia de Santiago.

La orden de los Antonianos se extinguió en España en 1791 y, veinte años después en Calatayud, todavía no estaba claro el destino que se le iba a dar a la iglesia y a la casa que les perteneció.

Cuando se hundió la iglesia, mediado el XIX, el retablo mayor se trasladó al santuario de la Virgen de la Peña y el de la Virgen de la Cabeza a la colegiata de Santa María.

Retablo de la Virgen de la Cabeza

La plaza de San Antón contaba con algunas casas nobles, de las que sobrevive el palacio de los Pujadas. Albergó también el palacio de los Fernández de Heredia, en el que se hospedaban los reyes en sus visitas a la ciudad, por lo que se conoció también a ésta como plaza del Rey, y es por esta circunstancia que tuvo cadenas en su puerta. Eyaralar en 1845 dice de este palacio: “la fachada de la casa ha sido reparada, mas aún conserva vestigios de su forma primitiva, entre ellos algunos arcos de sus balcones, el género bizantino. En una de las extremidades del edificio hay un grueso y elevado torreón de piedra cuya parte superior está destruida”.

Antiguos edificios de la plaza de San Antón

Aclaremos este punto de las cadenas que tiene su aquel. Es tradición que en los palacios en los que se ha hospedado un rey se recuerde el hecho colocando unas cadenas en la fachada. Si pasean por Calatayud observarán que efectivamente así es, puesto que, aunque tardías (se pusieron a final del siglo pasado), en el palacio del Barón de Warsage, hoy casino, flanquean la portada unas cadenas que recuerdan que allí pernoctó Isabel II.

Y ya que de reyes hablamos referiremos la curiosa anécdota que al emperador Carlos le ocurrió en nuestra ciudad. Su majestad sufría de un tremendo prognatismo con una enorme mandíbula inferior, lo que le impedía cerrar completamente la boca. Un noble, viendo la apertura bucal del rey, se acercó y le dijo: “Mi señor, cerrad la boca que las moscas de este reino son traviesas”.

 

7.PLAZA DE LA CORREA

Este pétreo monolito, obra de Luis Moreno,  nos recuerda en la placa de bronce que lo adorna como era la fachada del convento de San Nicolás de Tolentino de Agustinos descalzos o de la Correa. Ahora queda muy bonito pero realmente, si lo pensamos, es un monumento a cómo desaparecer los desaparecidos, ya que la portada se desmontó al hundir el edificio y se llevó junto a la tapia del cementerio para reponerla posteriormente en lo que se iba a construir. Como realmente en el nuevo edificio que acogería la OJE no encajaba la piedra sillar, fue pasando el tiempo y, cuando se quiso por fin montar dicha portada, parte de la estructura había desaparecido.

Portada del convento de la Correa

Los Agustinos fundaron en 1606 y se dedicaron principalmente a la docencia. La iglesia era de una sola nave con planta de cruz latina, con bóveda arqueada y una sencilla media naranja, y seis capillas laterales. El retablo mayor estaba dedicado a San José de Calasanz y pasó a San Pedro en el espacio que ocupa, desde 1914, la gruta de la Virgen de Lourdes. Contaba con dos altares laterales dedicados a la Virgen de la Peña y a San Íñigo. El púlpito representaba a los evangelistas.

En 1842 la intendencia provincial cedió el convento para su uso como centro de enseñanza. El retablo mayor se llevó a la iglesia de dominicas y uno de los pequeños al claustro del mismo monasterio.

 

8.PLAZA DE SAN MARCOS

En esta pequeña plaza se encontraba la iglesia de San Marcos, que aparece en el grabado de Palomino de 1779, si bien, a nuestro modo de ver, confundida con el Santo Sepulcro, tal vez porque el retablo y la parroquia se trasladaron a la capilla del Carmen de esta colegiata.

Según Pérez de Nueros, existía un priorato benedictino de San Marcos dependiente del monasterio de San Benito de Burgos que se entregó a los canónigos del Sepulcro en 1305 y, al año siguiente, se fundó el monasterio de comendadoras del Santo Sepulcro que permaneció en nuestra ciudad menos de dos siglos.

Vicente de la Fuente llegó a ver un arco de la derruida iglesia y por él dedujo que se trataba de una construcción bastante pobre.

 

9.PLAZA DEL SEPULCRO

Justo enfrente de la colegiata se encontraba el convento del Carmen Calzado. En 1295 el obispo aprobó la construcción de una iglesia con campanario, ya que la primera casa la tuvieron cerca de Huérmeda, para pasar luego al Molinillo de papel en Margarita. Según Pérez de Nueros, el documento más antiguo data de 1274, en que Ana Pérez de Liñán cedía terreno para construir una casa en la plaza del Sepulcro; la construcción no comenzaría hasta 1358.

El índice del archivo de la Orden dice que en 1371 el obispo autorizó a reedificar en lugar más seguro el monasterio del Carmelo que sufrió mucho en la guerra de los dos Pedros, y se construyó en las casas que dejaron en testamento Jacobo Ferrández y su mujer Florencia. Cien años más tarde se estaba construyendo el claustro menor.

Convento del Carmen Calzado

La primera fábrica fue muy sencilla derribándose en el XVII. Después el bilbilitano Fray Juan Jiménez construyó el edificio tomando como ejemplo la fachada y templo del Sepulcro. El interior constaba de una sola nave con catorce capillas entre los contrafuertes y veintitrés altares. Se conoce la dedicación de tres de ellos, Santa Ana, San Antón y San Bernardo, y del mayor dedicado a la Inmaculada. Campeaban en el templo las armas de los Liñanes. Tenía un rico órgano, coro de doble fila de nogal y una monumental escalera en el convento. La capilla del Cristo de Ruzola tenía cinco altares, cuatro sepulcros y una preciosa cúpula. Importantes reliquias recibió esta orden, entre las que destacan la de San Antón, donada por María de Aragón en 1453 y las de San Roque, Santa Apolonia y Santa Bárbara, fundamental ésta para proteger el edificio de las tormentas. Aquí estaba establecida la cofradía de la Concepción de mercaderes, pero desde el punto de vista devocional destacaban las imágenes de la Virgen del Carmen, que se venera en el Sepulcro y, sobre todo, la imagen del Cristo de Ruzola, que se encuentra en el convento de capuchinas al que se trasladó en 1835. Es conocido que al plantear el traslado de la imagen se hizo un sorteo entre todas las iglesias, siendo la de capuchinas la designada por el azar, hubo algunas protestas por considerar la iglesia de la Inmaculada un templo menor. Se repitió el sorteo y se repitió el designio.

La custodia y un altar se trasladaron a Aniñón, y una pila de agua bendita a San Pedro de los Francos. En 1845 se conservaba únicamente, en estado muy regular, la capilla del Cristo de Ruzola. En el edificio que se levantó en su solar se colocó en 1930 una placa en homenaje al venerable Ruzola, que se recuperó y se conserva, en una de las fachadas interiores de la edificación actual.

Antiguo edifico construido en el solar del convento del Carmen

Traemos una foto de la Virgen de la cama, que tenía su ermita muy cerca de aquí, su último custodio se trasladó a Zaragoza y con él se llevó la imagen que donó a la Hermandad de la Sopa, que la conserva en su capilla del Hospital Provincial.

Virgen de la Cama

 

 

Restos del convento de Capuchinos en las cuevas
Cruz procedente del convento de Capuchinos

10.PUERTA DE ZARAGOZA

Desde este punto se pueden ver los restos del antiguo convento de San Serafín del Monte de Capuchinos. Esta orden fundó en Calatayud hacia 1600. Los investigadores plantean diferentes hipótesis sobre cómo y cuándo fundaron. Una vez revisadas todas, exponemos una tesis que parece la más plausible. En 1599 llegaron los primeros monjes instalándose en San Marcos. Al año siguiente, ocuparon el convento que se habían construido en las cuevas y, cinco años más tarde, bajaron al nuevo, llamado de San Martín en honor a Martín Alejandre benefactor de la orden, que estaba entre la iglesia de San Juan el rumano y la calle Bajada a Margarita.

Fue acreditada casa de estudios, destacando los de artes y llegó a albergar hasta cincuenta y tres religiosos aunque en 1820 sólo quedaban catorce ordenados.

Derruido en 1838, la cruz que se alzaba frente a la entrada es la que adorna hoy la plaza del cementerio. Una imagen de San Serafín se llevó a las Capuchinas y otros bienes pasaron a propiedad de la Universidad de Zaragoza.

 

11.PASEO SAN NICOLÁS FRANCIA

Contemplamos uno de los últimos atentados contra el patrimonio bilbilitano. Tiene disculpa que, en ocasiones, se haya destruido por ignorancia. En otras, como en el siglo XIX, por decisiones muy discutibles y aunque se tratase de un criterio excesivo, se redujo buena parte del ingente patrimonio monástico. Pero que en pleno siglo XX, después de la demolición hacia 1960, del magnífico convento de San Francisco, cuando ya comenzaba a haber cierta sensibilidad por la protección del patrimonio, vimos tristemente desaparecer el convento de San José de Dominicas, derribado con premeditación y alevosía. Con premeditación, porque se esperaba la inmediata declaración de su iglesia como edificio de interés histórico artístico; lo que la habría hecho intocable. No obstante, a pesar de conocer este hecho, se derruyó el edificio y cuando llegó la declaración sólo quedaba en pie lo que ahora se contempla.

Convento de Dominicas
José de Palafox

Las dominicas fundaron en Ariza, con el patrocinio de José de Palafox, en 1611 y se trasladaron a Calatayud cinco años después. El edificio fue construido a instancias de Juan de Palafox, hermano del fundador y prior del Sepulcro. En

principio se instalaron en el convento de San Antón, trasladándose en 1620 a su nueva casa, aunque la iglesia no se acabó hasta mayo de 1625. En 1648, sor Lorenza Palafox mandó construir un sepulcro en mármol blanco y negro para albergar los restos del fundador que había fallecido como obispo de Jaca, además se colocaron dos lápidas en la iglesia glosando su figura. En la Guerra de la Independencia se acuartelaron los franceses y destrozaron la lápida por la

coincidencia con el apellido Palafox. La estatua orante de don José se conserva en el Museo de Santa María.

Era el convento más espacioso de Calatayud, llegó a tener sesenta monjas. El templo era de planta central circular con dos pequeñas capillas laterales y se cubría con cúpula sobre tambor y linterna. Tenía ocho ventanas alrededor de la cúpula, con estatuas intercaladas. El presbiterio, de planta cuadrada, se cubría con bóveda de lunetos. El retablo mayor estaba dedicado a la Sagrada Familia y era de principios del siglo XVII. Destacaba un óleo sobre tabla de la escuela de Morales que representaba a Jesús camino del Calvario. Este interesante cuadro, del que existe una copia en el museo de Zaragoza, lo vendieron las monjas para subvencionar en parte la construcción del nuevo convento, el comprador se comprometió a hacerles llegar una copia, y efectivamente cumplió su promesa, les entregó una reproducción fotográfica pegada sobre una tabla, que las monjas colgaron en el locutorio del nuevo monasterio.

 

12.GLORIETA DE LAS CORTES

En la actual calle López Landa y hacia el final del Paseo, se encontraba el convento de San Francisco que se fundó hacia 1230. Se construyó, en su última ubicación, en 1376 por Gonzalo de Liñán. De hechura mudéjar, con una sola nave amplia y despejada, cabecera poligonal, capillas laterales y bóvedas de crucería con claves decoradas. Formaba un conjunto sobrio y elegante. Algunas de las ventanas estaban decoradas con yeserías góticas y platerescas, de ellas dice Mariano Rubio Vergara: “sus preciosos ventanales de interesantes adornos podrían muy bien figurar en museos del gótico mudéjar”.

Convento de San Francisco

Tenía cuatro capillas laterales y destacaban una renacentista, otra mudéjar y otra barroca, coronada ésta con un escudo y flanqueada su entrada por estatuas de yeso de San Pedro y San Pablo. Estaba cubierta con media naranja con pechinas, con el escudo de los Liñán. Las capillas estaban dedicadas a Nuestra Señora de los Ángeles, San Bernardino, las Ánimas y San Gregorio, esta última debajo del órgano. Se conoce que tenía un retablo dedicado a San Miguel y que alguno de los otros se colocaron en la iglesia de El Frasno. El mayor se llevó a la iglesia de San Juan Bautista de Arganda del Rey.

Retablo mayor del convento de San Francisco

En el presbiterio había una sepultura con la siguiente inscripción, “este sepulcro es de los Ilmos. Sres. Condes de Contamina, Marqueses de Bárboles, Barones de Sigues y Señores de las villas de Cetina, Sisamón y de Troncedo. Mes de Julio año 1694”. También estuvo enterrada en la iglesia la Ilma. Sra. Doña Teresa Manrique y Álvaro que falleció en 1782 y fue camarista de la reina María Luisa de Parma.

Torre del convento de San Francisco
Convento de San Francisco. Detalle de la cúpula

Contaba con torre de tres cuerpos, el tercero renacentista y los otros dos con vanos ojivales y decoración mudéjar con algunos azulejos. El claustro se demolió para construir ese tramo del Paseo. Coronaba la entrada una sencilla hornacina con la efigie del santo de Asís, que se encuentra en el cementerio sobre la sepultura de las Clarisas.

El convento llegó a contar con sesenta religiosos que enseñaban Artes y Teología. En 1820 tenía veintiséis ordenados, y los frailes instruían en primeras letras en dos escuelas públicas y se ocupaban también de las misas en la cárcel.

Tras la exclaustración lo ocuparon las monjas de Santa Clara que permanecieron en él hasta 1940. Poco después la iglesia se convirtió en aserradero y, a principios de la década de los 60 del pasado siglo, se derribó lo poco que iba quedando.

Convento de San Francisco convertido en aserradero

Este lugar en el que nos encontramos, la Glorieta de las Cortes se añadió a la estructura del paseo en las reformas de finales del siglo pasado, y es ejemplo claro de cómo a veces se destruyen sin querer, más bien sin apreciar, algunas obras artísticas. El diseño de esta zona se encargó, nada menos, que al ilustre artista bilbilitano Mariano Rubio Martínez, fallecido hace unos meses y a quien hemos querido rendir, con razón, toda clase de homenajes. Pues bien, este espacio, que fue una de sus últimas obras para la ciudad, albergaba una serie de símbolos que desaparecieron sin ser conscientes de que se desvirtuaba la inspiración de un artista.

Junto a la carretera se aprecia el muro que, en ladrillo y piedra, representa el pasado romano y árabe de la ciudad. En el jardín se pusieron dos cipreses, árboles que simbolizan la bienvenida y que desaparecieron en seguida. A su alrededor se colocaron una serie de piedras, que no aportaban mucho pero tenían su porqué: venían de los lugares en los que se habían celebrado Cortes aragonesas, los mismos que se representan con las banderas de enfrente. Se trataba de simples piedras, todas excepto una, la correspondiente a Valderrobres que, como contaban con escuela de cantería, mandó tallado el escudo del pueblo y es la única que la ignorancia simbólica ha mantenido. Además, en el suelo, se colocó en el centro el escudo de Calatayud, como ciudad de acogida. El primero que se puso estaba realizado en cerámica de Muel, pero los vándalos se encargaron de que perdurara las horas del fuego; en la siguiente reforma de pavimentación se colocó la silueta metálica del escudo, que también duró lo que duró el suelo. Alguna correspondencia debía haber entre estos símbolos con un escudo de Aragón que se colocó en el centro de la plaza de San Francisco, en cualquier caso no es ya relevante, porque también subsistió bien poco.

Y, otro ejemplo evidente: ¿Qué opinión merece el hecho de que en que en Calatayud se contase con una obra del gran arquitecto Rafael Moneo y no se haya respetado? Pues efectivamente así fue, la tienda Confecciones Gallego, conocida popularmente como los Zamoranos, situada en la Rúa donde hoy se encuentra la perfumería Douglas, fue diseñada por Rafael Moneo en 1966, quien era amigo y paisano de los dueños. Hay que decir que, en aquel momento, Moneo no tenía todavía la fama que alcanzaría años después, pero lo cierto es que en Calatayud se contaba con una de sus primeras intervenciones y su desaparición es otra muestra de cómo a veces derruimos el patrimonio posiblemente por desconocimiento.

 

13.PLAZA DEL FUERTE

Analizaremos la evolución de esta plaza en el sentido de las agujas del reloj, comenzando por la Puerta de Alcántara, que era una de los antiguos accesos de la muralla. No tenemos noticia del año en que desapareció la original, o la que conoció Serón, quien dejó escrito que tenía altas torres que fueron  sustituidas por una reja que se eliminó en 1927.

Vista de la Puerta de Alcántara con la reja

A continuación estaba el convento de San Alberto de Frailes Mercedarios también llamado convento de San Agustín de Frailes de la Merced y Redención de Cautivos.

Los frailes vinieron de Munébrega en 1245 y el concejo les cedió un terreno entre la muralla y la ermita de San Alberto. Se amplió a principios del XVII y se reedificó en 1718; fue costeado por Fray Juan Navarro, bilbilitano, general de la orden, obispo de Albarracín e inquisidor general. En 1808 lo fortificó el general francés Suchet, de ahí el nombre de fuerte.

Convento de la Merced

Al exterior, contaba con basamento de sillería y sobre éste tres plantas bastante sobrias; destacaban las dos torres en los ángulos de la fachada. El templo tenía tres naves, con magnífico coro tras el altar mayor, además ocho altares y dos órganos. Seguramente una de las capillas estaría dedicada a San Mamés, que tenía allí su cofradía.

Convento de la Merced

Durante la Guerra de la Independencia, bajo el mando del Empecinado en 1811, hicieron explotar dos minas, la primera hundió la parte del convento que daba a la Plaza del Fuerte, y parte del claustro. La pared de la iglesia sepultó a cien franceses y otros seiscientos se entregaron antes de que explotara la segunda. La iglesia quedó destrozada y, al año siguiente, desde el convento de Salesas y Santa María solicitaron a los frailes alguna escultura. De aquí proceden los púlpitos de San Pedro, las imágenes de San José y San Ramón Nonato, del retablo mayor de San Juan, o la imagen titular del paso de San Pedro y el gallo en la Semana Santa bilbilitana.

Contaba esta iglesia con dos imágenes de mucha devoción: un Niño Jesús y una cabeza de un Crucificado. En 1820 había dieciocho ordenados que se ocupaban, entre otras cosas, de una escuela pública y de enseñar Filosofía.

En 1842 la intendencia provincial cedió el convento al ayuntamiento para destinarlo a cuartel y, dos años más tarde, se entregó al Ramo de Guerra, equivalente al Ministerio de Defensa.

Retablo procedente de Santa Clara en Alcalá de Henares

El Real Monasterio de Santa Clara era uno de los más interesantes, desde el punto de vista histórico, ya que fue favorecido por diferentes papas y reyes y albergó a monjas de las familias más pudientes de la comarca. Lamentablemente son muy parcas las descripciones encontradas.

Tenía el privilegio de que nadie pudiera construir alto, ni abrir ventanas hacia el edificio y la huerta. De hecho consiguieron que se cerrara alguna de las ventanas del Estudio Mayor. Alejandro VI impidió a los mercedarios que abrieran ventanas hacia el monasterio, y el rey Fernando les obligó a derribar un campanario y cerró algunos pasillos. El primer monasterio, segundo de la orden en Aragón, fue fundado en 1239 por Vicente Blasco de Lanuza y Jaime I. Estaba bajo el nombre de Santa Inés y se encontraba extramuros, Pedro IV auspició su traslado en 1368, ya que el cenobio sufrió mucho en la Guerra de los Dos Pedros, y lo nombró como Monasterio de San Nicolás. Poco después Benedicto XIII, quien tenía dos hermanas dentro, una de ellas Urraca que era la abadesa, impulsó la construcción de la iglesia bajo la advocación de San Lorenzo, que se terminó en 1398; era gótica y de una sola nave. Al titular se le construyó un nuevo retablo en 1611 y su fiesta se celebraba en el monasterio y en la iglesia de San Miguel. Las monjas, que contaban con gran autoridad, no en vano algunas pertenecían a las familias más pudientes de la comarca, dieron quejas aludiendo que la iglesia titular era la suya y en San Miguel se tuvo que dejar de celebrar la fiesta.

En esta iglesia tenía sepultura Juan Ruiz de Calcena, secretario del rey Católico, del cardenal Cisneros y de Carlos I, quien cedió a la comunidad una antigua mezquita cercana al monasterio. Del sepulcro de Ruiz se aprovecharon dos leones que flanquearon durante años el reloj del ayuntamiento.

Reloj del ayuntamiento con los leones

El monasterio tenía dos cristos y un cuadro de la Virgen del Pópulo de mucha devoción. Uno de los crucificados, seguramente el del coro, que se conoce con el curioso e insondable nombre de Cristo de la Drácula, se encuentra actualmente en la iglesia de San Antonio.

En 1836 se publicaron las condiciones para su demolición. Las monjas pasaron a ocupar el convento de San Francisco, hasta 1940, en que marcharon a Fitero.

A continuación se encontraba el hospicio, que ocupaba parte del antiguo colegio de la Compañía, puesto que la inclusa no se levantaría hasta 1882. Era un edificio muy grande que albergaba el teatro, una casa de baños y la plaza de toros. En 1831, ante la penosa situación económica del hospicio, el director pidió que se organizasen seis corridas de novillos, en aquel momento en la plaza del mercado, y que se pudiese levantar una plaza en los terrenos de la institución. Seis años después reclamaba que se reparase la plaza por haber sufrido múltiples daños durante las Guerras Carlistas. Se arregló, y en el 44, la Junta de Beneficencia ponía en arriendo el coso. En 1856 un comando revolucionario intentó quemarla, en 1863 se encontraba en ruina buena parte y, dos años después, se hundió prácticamente. Tras varios intentos de conseguir una plaza digna se aprobó la construcción de la actual que se inauguraría en 1877. Según Felipe Eyaralar, el Coso de Cantarranas era una plaza “octogonal y muy bonita, con tendido cubierto y gradas y palcos de madera con balaustrada de hierro”.

Si continuamos dando la vuelta, aparecería la trasera de la iglesia del Salvador, construida tras la reconquista para los antiguos mozárabes. La primera fábrica era románica y se destruyó durante la Guerra de los Dos Pedros. A finales del siglo XV tenía dos torres, y una se derrumbó, hecho éste recogido por Antonio Serón. Contaba con tres retablos bajomedievales, uno obra de Pedro de Aranda de 1486, otro dedicado a Santa Cecilia y, un tercero, a la Pasión, obra de Jaime de Arnaldín de 1482.

En 1600 el obispo donó la iglesia a los jesuitas quienes la derrumbaron hacia 1640, para construir la iglesia del Pilar hoy San Juan el Real. Algunos estudios sugieren que la portada de esta iglesia, fechada en 1534, sería la de la iglesia del Salvador.

Muchas fueron las familias nobles poseedoras de palacios, uno de los más interesantes fue el de los Pérez de Nueros que existía todavía en 1840; actualmente ocupa este espacio el edificio del salón de juegos.

De esta casa dejó escrito Valentín Carderera: “Es notable por el pórtico gracioso de columnas pequeñas. En ella había un salón que llamaban de los reyes. La escalera es ostentosa y magnífica, si bien hecha en época de mal gusto. Tiene su patio o luna con elegante pórtico alto con estucos del buen tiempo”.

Sería un palacio seguramente del XVI, de carácter aragonés con la peculiaridad de la logia de la última planta, con cinco arcos de medio punto, con las enjutas decoradas. Se coronaba con frontón que remataban tres pináculos cuadrangulares con esferas.

La fachada daba a la Rúa y, por la correspondencia mantenida entre Valentín Carderera y Vicente de la Fuente, sabemos que era flamenca. Al comunicar el bilbilitano al pintor que la habían hundido escribió el artista: “Vandalismo incalificable por ser su arquitectura bellísima. La dibujé”.

Entrada la Rúa, en los impares, se levantaba el palacio de los condes de Argillo, cuya familia contaba con otro que aún perdura, el que acogió al Círculo Católico de Obreros.

El de la Rúa destacaba, sobre todo, por un interesantísimo alero de mascarones, cuya antigüedad se dudó al ser desmontado; antiguo o no, se trataba de una obra de enjundia que penosamente Calatayud ha perdido. Este palacio en otro tiempo se nombraba como el de los Muñoz de Pamplona, y a la típica galería de arquetes, añadía un torreón con cuatro arcos apuntados a cada lado, que tenían los antepechos decorados; sobre los arcos una filigrana de ladrillo y rematada la torre con cubierta plana y tres almenas. También en la Rúa se encontraba la casa de Esparza con un interesante patio plateresco con columnas de alabastro y un hermoso alfarje en las escaleras.

Para intentar resolver el lío nobiliario y nominal, detallaremos que el caballero bilbilitano Fernando Muñoz de Pamplona compró en 1427 a la Orden de San Juan, el lugar de Argillo y su quiñón, que se encuentra cerca de Calatorao, convirtiéndose en el primer Señor de Argillo. Carlos III convirtió el señorío en condado, siendo otro bilbilitano, Miguel Muñoz de Pamplona y Pérez de Nueros, el primer conde. Se mezclan pues los apellidos de las dos casas, resultando, en ocasiones, difícil desentrañar quién fue Muñoz, quién Pérez y quién fue señor de qué.

Casa de los Condes de Argillo

Siguiendo con el giro horario y frente a esta plaza, en la actual de Miguel Primo de Ribera, se encontraba la iglesia de San Martín, fundada poco después de la reconquista. Se renovó tras la Guerra de los Dos Pedros y fue muy restaurada en el XVII por los Muñoz de Pamplona.

Iglesia de San Martín

La puerta estaba formada por cinco arquivoltas en arco apuntado. En el tímpano, un bajorrelieve con San Martín partiendo la capa. Las albanegas estaban decoradas con estrellas. Tenía un atrio con tres puertas y dentro el mismo número de naves; bóvedas lisas sostenidas por pilastras de orden toscano, seis ventanales arqueados cubiertos de alabastro, un púlpito de yeso y coro alto a los pies. En la sacristía el suntuoso sepulcro de alabastro de los benefactores Muñoz de Pamplona. La iglesia sería en tamaño, aproximadamente, como la mitad de la de San Andrés.

En el siglo XVI Isabel de Santángel legó a esta iglesia las tapicerías, antepuertas, tapetes y reposteros con las armas de los Muñoces.

Durante la Guerra de la Independencia el edificio sufrió mucho llegando a perder su torre. Durante las Carlistas se habilitó como almacén de provisiones. En 1863 se encontraban gravemente dañados el tejado, las bóvedas y la fachada, y dos años después se suprimió el culto. Finalmente en 1880 se adjudicó el derribo que tuvo lugar en 1886.

Aquí concurría la ciudad a celebrar la festividad de San Jorge, teniendo la obligación de asistir el preboste de la cofradía de Santiago. Es este un dato muy pintoresco puesto que, en la misma celebración, se juntaban los tres santos jinetes.

El retablo mayor, dedicado a San Martín, se encuentra en la parroquia de Acered. Tenía un Santo Cristo que contaba con mucha

Iglesia de San Martín. Recreación de Agustín Sanmiguel

devoción y albergó la Santa Espina, que había estado en Santo Domingo de Silos.

No queremos cerrar este círculo horario sin recordar, al otro lado de la carretera, el convento de las Carmelitas descalzas. En 1603 se establecieron en un sólido edificio de ladrillo en la confluencia de

la Rúa con el río Jalón. En 1839, durante las Guerras Carlistas, se procedió a su demolición, trasladándose las monjas a la calle Descalzas, para ocupar finalmente el antiguo convento de los Descalzos.

En el lugar que ocupó, en lo que ahora es el parque de las Islas Canarias, en los años 70 del pasado siglo, surgió una iniciativa para hacer un auditorio al aire libre cuyo escenario, en la parte de la carretera, sería una reconstrucción del ábside de San Pedro Mártir. Un poco más adelante, al otro lado del río, donde se encuentra el brocal del pozo de San Iñigo, se pretendía hacer un monumento al escudo de Calatayud. Ambas obras se ejecutarían con el propósito de embellecer este cruce de caminos.

Lauda sepulcral de Marcilla

14.PLAZA DARÍO PÉREZ

En el espacio que ocupa el hasta hace poco cine Principal, y antes cuartel de caballería que construyó el ayuntamiento hacia 1600, se encontraba la casa de la Orden del Temple, al desaparecer en el siglo XIV pasaron todos sus bienes a la iglesia de Santa Lucía (enfrente), que pertenecía a la encomienda de San Juan de Jerusalén de Caballeros Hospitalarios. El templo debía ser pequeño y sencillo, de hecho, a finales del siglo XVI, sólo pertenecían a esta parroquia ocho o diez familias, casi todas apellidadas Gormedino. Dado su tamaño, sus parroquianos solían enterrarse en San Francisco. A pesar de ello, una de las mejores laudas sepulcrales que se conservan en la actualidad procede de este templo, se trata de la de Fray Miguel Martínez de Marcilla que falleció en 1595. Esta lauda se trasladó a San Pedro de los francos, donde actualmente permanece.

Constaba Santa Lucía de una pequeña nave lisa, de mampostería y ladrillo con dos altares laterales y el mayor. Parece ser que, sobre la fachada, campeaba la fecha de 1508, año en que se ejecutaría alguna importante reforma. En los últimos tiempos estuvo servida por un cura con el título de prior y el privilegio de llevar la Cruz de Malta en el manteo. Se derribó en 1870.

 

15.PLAZA MARCIAL

La joya de esta plaza era el monasterio de San Pedro Mártir de Verona, fundado por Jaime I en 1255 cerca de la Puerta de Terrer. Tras la Guerra de los Dos Pedros, en 1368, los dominicos se trasladaron a esta zona, comprando para ello diecinueve casas y usando la iglesia de Santa María del Postigo.

Claustro de San Pedro Mártir de Verona

Lo mejor del edificio eran el claustro y la iglesia, de ella exteriormente destacaban el ábside y la torre de tres cuerpos, mudéjares los inferiores y renacentista el superior, rematada por chapitel metálico. El templo era de gran tamaño, de nave única de 53 x 10,30 metros, con ábside poligonal de cinco lados y cubierta con bóveda de crucería sencilla. Tenía coro alto a los píes con las armas de los Luna labradas en alabastro en los arranques del arco. Estas armas aparecían también en la decoración exterior del ábside ya que el Papa Luna, todavía cardenal, contribuyó en mucho a la construcción de esta iglesia que fue su panteón familiar. En la capilla de San Agustín y Santo Domingo estaba enterrado su padre, pero además descansaban en paz su madre, una de sus hermanas, su hermano y las dos esposas de éste. En 1445 fue enterrado aquí también Enrique de Trastámara, Infante de Aragón.  La comunidad se enterraba en una cripta que se encontraba bajo el presbiterio.

Portada y torre de San Pedro Mártir
Ábside de San Pedro Mártir

La familia de los Gurrea, cuyas armas campeaban en una sillería con imaginería que se encargó en 1487, o la Pintora Violante de Algaraví, quien dejó parte de su herencia para construir la capilla de Santo Tomás de Aquino, serían ejemplos de otros benefactores.

Contaba la iglesia con seis capillas en cada lado de la nave más modernas que la nave central. En la segunda de la derecha destacaba su decoración y el arco de entrada, flanqueado con dos grandes estatuas sobre pedestales de alabastro que representaban a San Iñigo y a San Paterno. A los pies de la iglesia se construyó la barroca capilla del Rosario que era de considerable tamaño. Contaba con otras capillas y retablos dedicados a Santa Apolonia, Santa Catalina de Siena, Santa María Egipciaca, San Jacinto titular de la cofradía de calceteros, y San Juan Evangelista con la cofradía de notarios. Además, dos bustos relicarios de plata de San Pedro Mártir y Santo Tomás de Aquino que fueron sustraídos durante la francesada, ya que el convento se utilizó como cuartel.

El claustro renacentista se acabó de construir hacia 1488 y era de gran importancia, desde el punto de vista artístico, por su influencia italiana y por ser, junto con las portadas de Santa María y de San Juan de Vallupié, las joyas de este estilo en la ciudad. Era de tres pisos. Bajo los arcos del segundo había medallones con bustos y sobre los arcos tres escudos. En el centro, un pozo de piedra. Tuvo otro claustro junto a la sacristía. Por esa fecha se encargó también una sala capitular tomando como modelo la vieja de Santa María. La sala tendría las paredes policromadas y estaría dedicada a la Virgen con un retablo de pintura obra de Pedro de Aranda. En ella tendrían su sepultura los Pérez de Nueros.

Los dominicos tuvieron gran importancia en la enseñanza en Calatayud, llegando a competir con los jesuitas. En los últimos años tenían academia con más de doscientos alumnos. Se encargaban de celebrar la primera misa de la ciudad, en verano a las cuatro de la mañana y en invierno a las cinco.

Tras la exclaustración, a pesar del mal estado del edificio, se dedicó a cuartel, hospital, cárcel, alojamiento para la recién creada Guardia Civil, archivo notarial… La iglesia estaba tapiada en 1844. La noche del 12 de mayo de 1848, una diligencia de la empresa “La coronilla de Aragón” chocó contra el ábside, sin tener que lamentar víctimas. Dos semanas después, un ingeniero de caminos de Zaragoza instó al ayuntamiento para que demoliese el edificio con el fin de dar a la carretera la anchura necesaria. El concejo acordó no demoler el convento de Predicadores en atención a su mérito artístico e interés histórico. En 1855 se produjo la cesión al ayuntamiento reservándose el Estado la iglesia y las paneras, pero para abril de ese año el concejal señor Mochales solicitó que se derribase el templo por el estado lastimoso en que se encontraba. Dos meses después se autorizó la demolición, llevándose a cabo en 1856. Se paró el derribo por orden del gobierno. Valentín Carderera y las Academias de Historia y Bellas Artes también intentaron que no se derribara, pero todo fue en vano.

De esta iglesia procede el cancel que se encuentra en la iglesia de San Pedro de los Francos, las imágenes de la Virgen del Rosario que hay en San Juan, las de Santa Tecla y Santa Águeda en Carmelitas y las que flanqueaban a la Virgen del Pilar en su ermita. Además con parte de sus escombros se consolidó y encauzó el barranco de las pozas.

 

Retablo de San Torcuato

16.PLAZA DE BALLESTEROS

En esta plaza se encontraba la iglesia de San Torcuato, santo al que se tenía mucha devoción porque fue uno de los siete Varones Apostólicos que estaban junto a Santiago cuando se le apareció la Virgen con el Pilar, además, y según la tradición, este santo obispo habría nacido en Calatayud. La parroquia sería una de las fundaciones más antiguas de la ciudad y en 1253 tenía setenta y seis familias a su cargo. La rehízo, por quedar ruinosa tras la Guerra de los Dos Pedros, el Obispo Francisco Clemente, que fue secretario del Papa Luna.

Era una iglesia pequeña, de tres naves, con ocho altares laterales; uno de ellos era el del Cristo de las Batallas, otro San Valero (con fiesta y novena), y otro, dedicado a San Vicente, Santa María Magdalena y San Juan Bautista, que se encuentra en el Museo de Santa María. Se suprimió como parroquia en 1867, se cerró al año siguiente y se demolió en 1870. Algunos de sus altares pasaron a la colegiata de Santa María.

Tablas del retablo de San Vicente Mártir

Tenía un púlpito de madera y coro alto a los pies con sillería sencilla. En la sacristía había un par de retratos de dos insignes personajes de la familia de la Cerda, que llegaron a tener el título de Duques de Medinaceli.

 

Frente a la plaza, al inicio de la calle Teatro, aparecieron en 2007 unas importantes termas romanas de unos 600 metros de extensión y que, por su carácter público, hicieron pensar a los arqueólogos que existió aquí una ciudad romana coetánea a Bilbilis, que la superó en supervivencia. En cualquier otro lugar estas termas habrían quedado al descubierto y se habrían aprovechado las obras de la plazas que la rodean para buscar más restos, pero parece que “no fue posible”.

Dos iglesias más había por esta zona: Santa Cristina que fue fundación de Alfonso I, y de la que a fines del XVI solo quedaba el solar, y Santo Domingo de Silos que se construyó para los riojanos que ayudaron a Alfonso I. Transformada durante el gótico, estaba junto a la puerta de Terrer. Debieron de destacar sus retablos, del mismo estilo que la iglesia, teniendo noticia de uno encargado a Pedro de Aranda en 1493, además del mayor que representaba al titular y el de la Trinidad para el que Violante de Algaraví donó un frontal en el siglo XV.

En ella se instalaron provisionalmente las y los carmelitas descalzos. En 1702 se incorporó a San Martín y a allí pasó una espina de la corona de Cristo, que trajo de Roma el jesuita Bartolomé Pérez. La iglesia no tardó mucho en hundirse aunque un siglo después aún se podía ver algún resto Gótico.

 

Los siglos fueron enriqueciendo a nuestra ciudad en lo monumental, y uno sólo fue el responsable de que desapareciera buena parte de nuestro patrimonio. Mientras desaparecían estos venerables edificios ¿qué quedaba en Calatayud? Pues una ciudad de unos 12.000 habitantes que contaba con seis conventos de religiosas con un total de ciento dieciséis monjas, diez iglesias abiertas al culto, hospicio, hospital, teatro, plaza de toros, con cabida para 8.000 personas, cinco cafés, cien tiendas, siete fábricas de jabón, una tahona, ocho hornos y doce confiterías. Esto es lo que permanecía en 1861, pero todavía habrían de desaparecer notables edificios. Era el progreso, y en su nombre la ciudad se transformó, pero también se cometió alguna tropelía artística. Hoy la sensibilidad es otra y parece que afortunadamente todos estamos dispuestos a defender el patrimonio. Pero no sólo defender el patrimonio es suficiente, también y, sobre todo, hemos de procurar crearlo, dejar algo honroso y bello a nuestros descendientes. Ese ha de ser nuestro objetivo. De nuevo, como en el XIX, este siglo XXI está siendo de grandes cambios en el centro histórico; de nosotros, que no sólo de nuestros gobernantes, depende que esta transformación se vea el día de mañana como ejemplar o como un chandrío.