Un paseo de cuento 2014

Un paseo de cuento 2014
Visita guiada por distintos puntos y miradores del casco histórico de Calatayud donde, al atardecer, se leyeron cuentos breves de diversos autores bilbilitanos (13.09.2014).

Desarrollo del paseo:

1. ATRIO DEL SANTO SEPULCRO
INTRODUCCIÓN

Es de sobras conocido el producto artístico que la tierra bilbilitana ha venido dando a lo largo de los siglos. Esta faceta ha sido desarrollada por más de uno de nuestros paisanos. Algunos muy célebres, otros menos, pero casi todos recordados en las populares calles de Calatayud: Marcial, Gracián, Blas y Ubide, Sixto Celorrio y muy recientemente José Verón, el incansable y entrañable Pepe quien continúa salpicándonos la vida con sus deliciosas publicaciones y magníficas fotografías.
Indudablemente, en más de una ocasión, se inspirarían y algunos lo continuarán haciendo, durante sus paseos por los rincones de esta preciosa ciudad que tanto queremos. Por eso se nos ocurrió emularles a la par que les mostramos un pedacito de sus obras. Para la ocasión hemos elegido un género muy popular: los cuentos.
Por supuesto, no están todos lo que son, pero sí un ramillete que los representa. Concretamente leeremos doce cuentos breves, en alguna ocasión resumidos, de otros tantos bilbilitanos que, además de poesía, copla, jotas y novelas, han escrito cuentos que por su gracia o singularidad hemos querido recordar y contar en los lugares que una vez seguro les iluminaron.
Darles las gracias por su asistencia y desear que pasen un buen rato. Y sin más… Érase que se era…

FILOSOFÍA BATURRA

Sixto Celorrio Guillén
Nació el 28 de marzo de 1870 en la plaza de Mesones. Estudió la carrera de Derecho en Zaragoza y Madrid. Contrajo matrimonio en Zaragoza donde se trasladó a vivir. Fue Diputado Provincial, Diputado a Cortes por Daroca, Presidente de la Diputación Provincial de Zaragoza, Gobernador Civil de Granada y Senador del Reino. En lo literario destacó sobre todo en la creación de coplas de jota por las que fue muy elogiado. Su primer libro, que contenía cantares, cuentos baturros y composiciones festivas se tituló Paella aragonesa. Fue colaborador habitual del Heraldo de Aragón y ganó algunos premios en diversos juegos florales. El 28 de junio de 1925, con motivo del primer aniversario de su muerte, se colocó una placa en la plaza de Mesones que dice: Aquí nació Sixto Celorrio Guillén.
Su retrato figura en la galería de bilbilitanos ilustres y se le dedicaron calles en Calatayud y Zaragoza.
Amó siempre a Calatayud. Mereció lauros y gloria. Conocía perfectamente esta tierra y a sus gentes como queda demostrado en este resumen de su Filosofía baturra.

Hace cuatro años que tío Sidro quedó viudo con dos hijas, la Rosa y la Pablica, ya mocicas, que le hacían la vida doméstica muy fácil y que pocas veces dieron con sus disputas motivo de disgusto, ya que el mutuo cariño, el que hacia su padre sentían y la autoridad de éste, eran garantías de paz.

Como decía el tío Sidro, “todos los dedos de la mano no son iguales”, así eran sus hijas, de carácter diferente y, en ellas, tampoco la naturaleza había prodigado por igual sus mercedes. La Pablica era una mujer de su casa: hacendosa, económica y limpia como los chorros del oro; poco revisalsera y enemiga de majencias, correteos y bailes. La Rosica, por el contrario, era una real moza: alta, esbelta, de buen palmico, con unos ojazos como luceros, frescachona y de admirables contornos; una baturra que traía revueltos a todos los mozos de la comarca, los cuales, en más de una ocasión se disputaban la preferencia en su corazón a guitarrazo limpio. Por otra parte, era muy cariñosa y, sabiendo cual era su flaco, con mimos y caricias a su padre, borraba sus descuidos en la poquísima parte que tomaba en las faenas caseras.
Pero como el demonio anda siempre buscando algo que zurcir, se le ocurrió echar mano de su compinche el amor para impedir tanto bienestar.
Formaban parte de esta vecindad del tío Sidro, la tía Colasa y su hijo Marianico, joven de veintiséis años, con mucha rasmia pal trabajo. Debido al genio recomido de su madre, Marianico carecía de aficiones de la gente moza y su juventud corría con lánguida monotonía y timidez para las mujeres, para satisfacción de su madre.
Rápida enfermedad y un desenlace funesto retiraron del mundo a la tía Colasa, y quedo Marianico, solo sin dirección, sin guía; con su casa, sus corricos, un par de mulas… y una serie de máximas, consejos y advertencias de su madre. Pero se dijo “¡No hay más remedio que acomodase!”

Un impulso de su voluntad le animó a pasar revista a todas las mozas del pueblo. Pensó: “Cualquiera de las chicas del tío Sidro sirve pal caso”. Como el sentimiento se anticipa siempre a la reflexión, en la mente de Marianico apareció primero la Rosa, como más guapa; pero, pasado el efecto de esta primera impresión, las cualidades de la Pablica hicieron vacilar su ánimo. El recuerdo de lo que le decía la tía Colasa, “no busques pa casate buenas mujeres; busca mujeres buenas”, hizo inclinar la balanza del lado de la Pablica. No perdió tiempo el muchacho y el primer día de fiesta, al salir de misa, le declaró su sentir sin rodeos, con pocas palabras. La Pablica quedo pensativa y le contesto: Déjame pensarlo. Adiós.
La resolución del mozo, la forma de explicarse, y que no era mal partido, ocupó el pensamiento de la Pablica, pero ¿qué diría su padre? Creyendo conveniente no sufrir tal incertidumbre, decidió darle cuenta de todo.
Así, mientras le arreglaba la alforja que había de llevar al campo, con timidez, abordó tan difícil cuestión. No la dejó terminar el tío Sidro: “¡Rediez con el abejaruco de Marianico! ¡Y paicía tonto!… Pues dile que llame a otra puerta…” Ni una palabra replicó la muchacha a semejante rojiazo. Quedó pensativa y triste.
No había más remedio que hacer saber a Marianico la negativa y, poco práctica en amoríos, tomó su hermana la Rosica, el cargo de asesora, a quien la idea de cachiporrar al pobre muchacho le agradaba, no por envidia sino porque con la boda de su hermana finaba el plazo de su regalada vida.
Al conocer Marianico la resolución, le impresionó fuertemente. Aquel corazón inactivo comenzaba a dar señales de vida y el golpe que acababa de sufrir fue causa de su tremendo despertar. Se dijo con decisión: “¡Veremos quién puede más!”
Pronto vio el tío Sidro, que el muchacho no cedía en su empeño, la oposición le sirvió de acicate y con gran pesar pudo convencerse de que la Pablica, aunque trataba de ocultar su pena, se había interesado por el chico.
Entablóse entonces en el alma del baturro larga lucha de encontrados sentimientos.
Al fin la razón se impuso, y una noche sentado en el banco de la cocina, mientras la Pablica preparaba la cena, el tío Sidro le dijo: “¡Te vas a salir con la tuya!… ¡Así que se os pone una cosa en la cabeza!…” A lo cual la Pablica le contestó: “Yo siempre la bajé a todo lo que usté dijo, pero lo que sí le aseguro a usté, que con él, o con ninguno”. A lo cual respondió el tío Sidro: “¡Pues lo que se ha de hacer tarde, pronto! Arreglalo en seguida que a mí no me gustan los festejos largos….” Y apoyando los codos sobre las rodillas, murmuró “¡Pa qué no se habrá acordado de la otra!”
La alegría del muchacho al saber la noticia, no tuvo límites, ganándose a su vez la confianza del tío Sidro, quien le preguntó un día: “Vamos Marianico, vas a ser franco ¿por qué te ha gustao más la Pablica?”
A lo que contestó: “Nadie en el mundo hubiá sabido la razón, pero si usté se empeña voy a contestale: Nada le quito a la Rosa, pero, hablando claro ¿qué es lo que tiene? Mucha tiesura en su cuerpo, una cara mu guapa y mu lustrosa… pues bien, tío Sidro, el trebajo acabaría mu pronto con su fachenda; los críos le quitarían el humor pa majencias y con el sol se estropearía en cuanto saliese al campo…
En cambio, si me caso con la Pablica sé que tendré mi casa como el oro, las comidas a tiempo en el tajo; limpia y bien apañada mi ropica y una onza en el arca pa lo que pua ocurrir…”
Dos lagrimones como garbanzos, que surcaron la tostada faz del baturro, pusieron el visto bueno a tanta filosofía.

2. ERAS DE LA PUERTA DE ZARAGOZA
LA LEYENDA DE JESÚS DEL MONTE

Eduardo Larrea Andrés
Nació en Calatayud en 1930. Se educó en los Escolapios de Daroca y en los Jesuitas de Comillas. Colaboró con distintos medios de comunicación entre otros el diario Amanecer que le otorgó el premio de mejor periodista, también obtuvo premios de poesía. Además de la novela La leyenda de Jesús del Monte, se publicó Déjame que te guie por el sendero y, póstumamente Sepa cosas de su pueblo. Falleció el 16 de enero de 2001.
La Leyenda de Jesús del Monte es una novela costumbrista de ambiente aragonés que se desarrolla en una casa solariega de Calatayud con el mismo nombre. Presentamos un breve resumen, dada su extensión, en la certeza de que a Eduardo no le hubiese importado.

En tiempos muy remotos, bajo el castillo de Doña Martina, vivía una mujer hermosísima llamada doña Magdalena Sancho Muñoz. Ejercía el oficio de curandera y comadrona y, entre las gentes del pueblo, se murmuraba que practicaba también el arte de la brujería.
Rondaba por su casa el heredero de Jesús del Monte, dando lugar a habladurías que convirtieron en noviazgo la simpatía que ambos se tenían.
Sabedores de todo esto en Jesús del Monte apartaron al mayor de los hijos de lo que consideraban influencia nefasta de doña Magdalena y, para evitar males mayores, casaron prontamente al hijo con una parigual de Paracuellos de Xiloca.
Un año después el nuevo matrimonio trajo a este mundo un heredero; otro Crescencio del Monte que continuaría la labor de todos, como soñaba el abuelo.
Doña Magdalena tuvo la pretensión de ser la madrina del primogénito, como pago a la felicidad truncada, y así se lo expuso a don Crescencio, argumentando que si él no se hubiese interpuesto en su vida, con la misma honradez que ahora ese niño era de otra, hubiese sido suyo.
Ante tal manifestación don Crescencio le pidió que no volviese a poner los pies en aquella casa. Doña Magdalena entendiendo que no había sido comprendida amenazó a don Crescencio diciéndole que, con su voluntad o sin ella, llegaría a madrina de uno de los de su sangre.
Pasado un tiempo el niño enfermó misteriosamente y falleció. Naturalmente creyeron que doña Magdalena había sido quien le había dado el mal de ojo al pequeño e inmediatamente el padre puso senda denuncia contra ella por brujería en el Tribunal Eclesiástico de Tarazona y, en pocos días, fue condenada a morir en la hoguera por actos de brujería.
Don Crescencio determinó recoger sus cenizas en una caja y enterrarlas en un profundo hoyo en el barranco del Canalizo. Así se hizo y sobre la caja apoyaron un esqueje de noguera, cubriéndolo con tierra y dejando sólo asomar la rama verde de nogal sobre la tierra.
Han pasado cuatrocientos años, nos encontramos a finales del siglo XVIII, el nogal es inmenso y ha sido abierto por la mitad por la fuerza y el fuego de un rayo y la vieja leyenda de doña Magdalena, de Magdalena La Raposa, como se le conoce, continúa en la mente de todos, incluso, aún rechazándola por absurda, en la del viejo amo actual.
En la hacienda de Jesús del Monte hay prosperidad, las cosechas son abundantes y los rebaños se multiplican; el último zagal nacido en la casa, Crendito, crece sano y robusto. Pero en poco tiempo, están sucediendo acontecimientos poco normales: han desparecido dos pastores, sus perros se han hallado destrozados y cada vez que ocurre algo suena sola la campana de la capilla. Todos piensan lo mismo, que la Raposa ha salido, incluso, una noche, tras sonar la campana de forma misteriosa, desparece de su cama Crendito a quién encuentran lleno de llagas y gusanos en el hueco de la base del tronco de la noguera diciendo con un hilo de voz ¡Madrina, madrina!, y sin querer abandonar el lugar.
El médico y el capitán de Migueletes opinan que nada es cosa de brujería, que son casualidades: la campana la mueve el viento, los pastores se habrán ido a algún pueblo de fiestas y la escapada del mocete ha sido una travesura, y cualquier hierbajo le habrá provocado un herpes y al arrastrarse se le habrán pegado gusanos de la moscarda.
Pero las gentes no opinan lo mismo, tienen miedo de La Raposa y comienzan a abandonar la hacienda para intentar salir de los términos donde se dice que tiene poder la bruja; en este caso la frontera del mal está en Cavero.
La casa de los del Monte se derrumba. El capitán continúa opinando que todo es un cúmulo de casualidades y mantiene la teoría de que hombres de carne y hueso, no brujas, que les odian quieren arruinarles y lo están consiguiendo sembrando el miedo.
Pero todo se termina de ir abajo cuando un terrible accidente tiene lugar: cuando dos de los hijos se encontraban guardando el ganado, una negra nube cubre la luna y deja el monte en la más absoluta oscuridad. Comienza de nuevo a sonar la campana de la casa y alguien se acerca, dan el alto y asustados disparan… Al dar la vuelta al cuerpo suponiendo que era La Raposa descubren horrorizados que es el anciano dueño de Jesús del Monte.
Este trágico acontecimiento determina que los hermanos abandonen la casa, vendiéndola, junto con el monte, a los frailes Jesuitas para su retiro.
Una mañana parten para establecerse en Zaragoza. Detrás van dejando el puente de Alcántara y, a su izquierda la masa ingente del convento de la Merced; se despiden de la torre de San Juan, hincada en lo alto tras las casas de la hermosa plaza del Fuerte, de San Martín, de la Rúa, de las huertas del Marqués de Linares, de San Francisco, de su río Jalón…
Llegando al puente de San Lázaro cae agua-nieve que, conforme van ganando altura se convierte en nieve seca. Le rezan a la Virgen de Illescas, al pasar por la cueva que le sirve de ermita, para que les ayude en el viaje. Cruzan el Perejiles e inician la subida al Cavero, en cuya cumbre finaliza el término de Calatayud. Allí aparece el capitán de Migueletes con un destacamento que andaban patrullando el Puerto. En ese momento el niño que viaja dentro del carromato comienza a inquietarse, mostrando los ojos en blanco y dejando escapar espuma amarillenta por la boca acompañada de un agudo estertor… Todos saben que es la maldita Raposa que no quiere soltar su presa antes de llegar a lo alto del puerto.
Ya están en Marivella, casi consiguiendo salir de los límites, pero a la altura de la venta del Puerto, el niño se hace con un atizador y, propinando un fuerte golpe a su padre que queda sin sentido, salta del carruaje y echa a correr completamente desnudo por la nieve que cubre todo lo alto del Puerto profiriendo demoníacas carcajadas y blasfemias de victoria.
La madre sale corriendo detrás de su hijo y el capitán, al darse cuenta de lo que estaba acaeciendo, reacciona y sale a todo galope tras Crendito y su madre. Desenvaina el sable de asalto y con él de plano da al niño un fuerte golpe en la cabeza quien se derrumba como un fardo sobre la nieve. La madre levanta el cuerpo inerte de su hijo y se dirige corriendo a la carreta detenida pocos metros antes de cruzar la cima del Cavero. Atan al niño dentro y el capitán ordena al cabo que arranque a todo lo que puedan los animales hasta llegar al otro lado, en la vertiente de Sabiñán.
A la altura de la casa de postas de Aluenda para el carro comprobando que el niño duerme plácidamente, sonrosado y feliz junto a su madre y su padre quien ya ha recobrado el conocimiento.
El capitán comprende por fin los temores de los del Monte y viendo que allí ya no tiene nada que hacer les despide, deseándoles que el sol, que pronto iban a encontrar, ilumine sus vidas.

3. PLAZA DE SAN MIGUEL
LOS FANTASMAS

Juan Blas y Ubide
Nació en Calatayud el 12 de junio de 1852. Estudió Derecho y Filosofía y Letras en Zaragoza. Se exilió a Francia, concretamente a Bayona, al proclamarse la primera república. Al restaurase la monarquía regresó a Madrid, pero definitivamente se instaló en el añorado Calatayud donde trabajó como abogado y profesor en el colegio de la Correa del que también fue director. En 1877 publicó su primer libro: una guía de Calatayud. Fue jefe local del partido conservador y fundó el Ateneo el Casino de Labradores y el Círculo Católico. Fue en varias ocasiones concejal y alcalde y al se deben, entre otras cosas, la mayor parte del arbolado local y la creación de la galería de bilbilitanos ilustres en la que está retratado. Escribió una de las mejores novelas costumbristas aragonesas: Sarica la borda, cuentos, poesías, trabajos de investigación y coplas de jota. Entre las que destaca la celebérrima: La Jota nació en Valencia/// y se crió en Aragón/// Calatayud fue su cuna/// a la orilla del Jalón. Falleció el 25 de agosto de 1923.
Hemos elegido la primera de las dos historias sobre fantasmas que recoge este cuento, además de una graciosa introducción en la que da detalles y explica qué son, qué hacen, qué piensan y qué buscan estos seres de dudosa existencia.

En el pueblo de X… que no dista cien leguas de esta fidelísima y augusta ciudad, apareció en el verano del año mil ochocientos y pico, un fantasma de los más campanudos y temerosos, abultaba lo menos como dos fantasmas regulares, vestía de riguroso blanco, y hasta creo que llevaba el farolillo de ordenanza. No garantizo estás señas personales, ni quiero enumerar otros detalles, porque es tal la variedad con que me han contado el caso las personas que presumen haberlo presenciado, que no parece sino que cada una vio un fantasma diferente.
El pueblo estaba asustado; como pueden ustedes suponer, desde la aparición de la plantasma, y eso que su señoría, no podía guardar mayores miramientos con los vecinos, pues jamás se dice que se acercara al pueblo, contentándose con rondar por la vega, y cuando más por las eras inmediatas.
Sin embargo al fin, la plantasma era plantasma, como decía la gente, y nadie está libre de asustarse cuando sucede una cosa así, en un lugar pacífico, lo cierto es, que los del campo procuraban retirarse a casa antes del anochecer y que algunos no se atrevían a salir ni aún a la calle, por si acaso.
Alguno que habitaba, no diré extramuros, porque muros no los tiene el pueblo, sino en despoblado, abandonó su casa y se refugió en el lugar. Esto pasaba con los hombres; de los chicos y las mujeres no hay que decir el terror que se apoderó.
Contabánse cosas horrorosas de la plantasma, y así en los altos círculos políticos del lugar, como en las más humilde cocinas, no se hablaba de otra cosa. Una de las tertulias en que la plantasma hacía el gasto todas las tardes, era la de la tía Pelagatos, mujer muy conocida en el lugar, por lo honrada y lo parajismera. Hacíanle coro otras vecinas no menos honradas y parajismeras que ella, y era de ver y oír los gestos que hacían y los gritos que daban, cuando la tía Pelagatos les refería el encuentro con la plantasma, al volver del molino.
Entre tanto la blanca sombra, paseaba a sus anchas por el monte y por la vega, y ya se la veía entre los árboles de las huertas, ya erguida sobre un picacho que dominaba el pueblo, ya en fin, recorriendo los desiertos caminos y cruzando el río a pie llano, según aseguraban.
Al cabo de algunos días, empezaron a comunicarse los vecinos de X… impresiones de género diferente. Uno contaba muy bajito, que de la noche a la mañana, habían desaparecido las peras sanroqueras de su huerto; otro observó que le habían esmotado todas las judías; el de más allá recordó que le faltaron de la era, algunos almudes de trigo, aunque no estaba muy seguro; y otro por fin, notó con extrañeza que una noche le regaron las patatas, y después, con más extrañeza todavía, que cada noche le cavaban un cavalillo con toda regularidad.
Asombraban tanto más estas cosas, cuanto que habiendo fantasma por la vega, no podían figurarse aquellas gentes que existiera persona tan desalmada, capaz de salir de noche al campo y sobre todo a robar, hasta que un malicioso de esos que no faltan en los pueblos pequeños y en los grandes, dio en sospechar que bien pudiera ser la plantasma en persona el autor de estas fechorías, sospecha que dicho sea de paso y en honor de la verdad, nunca tuvo acogida en la honrada tertulia de la tía Pelagatos.
Pero sucedió que una noche, reunidas en sesión permanente las autoridades civiles y militares del lugar, en unión con los mozos más bragados, acordaron salir en busca del fantasma, para preguntarle con qué permiso rondaba de noche, contraviniendo los bandos de la policía y de orden público que repetidamente había promulgado el señor Alcalde. Y dicho y hecho se armaron los circunstantes de escopetas y trabucos que habían figurado en varios pronunciamientos gloriosos, y con el mayor sigilo se echaron al campo.
La noche era oscura, se apostaron en un olivar junto al camino y esperaron; pronto brilló la luz del farolillo, y más tarde se distinguió el bulto blanco a poca distancia.
-¡Alto! – gritó el más valiente-. ¿Quién vive? El fantasma siguió avanzando-. ¡Alto! ¿Quién vive? –gritó por segunda vez, y el fantasma esta vez se paró, pero sin hablar palabra-. ¡Di quién eres o mueres! –sonó la voz por tercera vez, y siguió un silencio sepulcral-. ¡Fuego! –exclamó el jefe del cuerpo. Sonó una descarga, y el fantasma se bamboleó y cayó al suelo.
Corrieron hacia él y a la luz del farolillo pudieron reconocer el cadáver de la tía Pelagatos envuelto en una sábana, con una cesta de patatas sobre la cabeza y un canasto de duraznillas debajo del brazo.

4. BARRIO DE LA MORERÍA. EL CRISTO
EL PROFETA

Ángel Antonio Muñoz Petisme
Nació en Calatayud el 17 de enero de 1961 de donde marchó con 8 años. Se licenció en Filología Hispánica y funda la revista Narra. En los 80 se trasladó a Madrid y estudió Filología Italiana, solfeo y canto. En 1984 publicó su primer libro Cosmética y Terror y en 1990 su primer disco en solitario. En el año 2000 recibió el premio al mejor escritor por Buenos días colesterol, y en 2002 escribió El profeta para el montaje teatral Pablo Gargallo Un grito en el desierto. De dicha obra hemos extraído un fragmento por entender que su poesía casi “cuentística” encaja perfectamente en este paseo. Hasta la fecha, ha publicado unos 20 libros y 15 discos, obteniendo, como hemos dicho, diversos premios tanto en el campo literario como en el musical.

¿Magali, dónde estás? ¿Dónde te has ido, joven de la margarita? ¿Dónde se esconde Kiki de Montparnasse y su peinado a lo garçon? Traedme el buey, que toque el arlequín, que mueva Eco las veletas de cobre del Sueño, que me bese la máscara de Star, marineros con pipa, bañistas, jóvenes de pelo rizado, mujeres del espejo, caballos y atletas, acompañadme en mi última hora.
¿Dónde están los judíos, musulmanes y cristianos, el tiempo de la convivencia y la cultura del mestizaje? ¿Dónde se fueros los prestigiosos intelectuales de Al-Ándalus que venían a Medina Albaida, la ciudad blanca, buscando el brillo y esplendor de su saber?
¿Dónde dejaron los botánicos, los astrónomos, los matemáticos pasados a cuchillo, degollados por la estulticia de sus botellas de lágrimas? ¿Qué pasó con la llave de la imaginación que vuestra madre os entregó al vomitaros, al cagaros a este mundo después de la extinción de los dinosaurios?
¿No oísteis los sermones y la espada de fuego de San Braulio contra los arrianistas que negaban que Jesucristo fuese Dios, visteis uno más sabio que él, vestido con las ropas de pobre, comiendo la comida de los obreros abominando del lujo y vanidad? ¿No leísteis su firma: “Braulio, siervo inútil de los santos de Dios”?
¿No habéis visto el toro de cuatro cuernos que soñó en Creta Nicanor Villalta? ¿No visteis a Santa Isabel de Portugal cruzando el campo de batalla donde se enfrentaban su marido y su hijo para conseguir una tregua, no la visteis transformar las monedas en rosas, desplomándose y agonizando bajo el sol de Estremoz?
¿No visteis los vergeles de Aragón desde la Torre Nueva, ahora también degollada por la piqueta de los especuladores de Sinhaya?
¿No entendéis lo que dijo Ana Abarca de Bolea: El que logra lo que es suyo no quiera más galardón, conténtese con la luna, hombre que la mereció?
Aragón, Aragón que matas a tus profetas y apedreas a los que te son enviados, tu casa quedará desierta, porque en verdad te digo que no me verás hasta que digas: Bendito el que viene en el nombre de Aragón. Un pueblo que no conoce ni escucha a sus profetas no tendrá sueños ni futuro ni lluvia en el corazón.
(El profeta vuelve a gritar y golpear el suelo polvoriento con su bastón). Ahhh, la bestia del hombre. Ah, el pecado de ser aragonés.

5. BARRIO DE LA MORERÍA. ATALAYA BLANCA
LA CASA DEL MOLINO

Pedro Montón Puerto
Nació en Calatayud el 18 de marzo de 1925.
No fue buen estudiante pero desde muy joven sintió aficiones literarias y teatrales. A los 19 años le publicaron por primera vez un poema en la madrileña revista Resurgir. Pasó un año de su vida en Madrid trabajando en un banco y llegó incluso a ser extra cinematográfico.
Fue un prolífico escritor y periodista y obtuvo innumerables premios en distintos certámenes literarios. Seguramente fue nuestro escritor más premiado. Publicó una quincena de libros de forma individual y aparece en infinidad de obras colectivas. Fue cronista oficial. Falleció el 29 de noviembre de 1992.
La casa del Molino es una novela corta, que hemos resumido para que no falte don Pedro en el atardecer de este paseo.

Como Águeda era la hija mayor y el yerno el único que entendía de aquello, la pareja se quedó con el molino. El Roque administró bien y la industria cada vez tuvo más fama.
La Águeda y el Roque tuvieron solo varones: dos, y este fue el gran dolor de la madre. Aún llegó a conocer casado a su Mariano, por cierto con una de Robledo, que era como la vacuna de la lujuria.
Le voy a contar la boda del Juan. El Juanico, ¿sabe usted?, se crió siempre algo delicado. Mariano y el eran guapos; pero la guapeza de éste era, ¿cómo diría yo?…otra cosa. Tirando más a la madre. Más mujer. Y, ya ve usted, el Roque no veía más que por sus ojos: el trabajo le dolía, el rondar a las mozas le daba ascos y qué se yo… Comía a manos ociosas del sudor del padre y del hermano.
En eso de la boda del Juanico debió andar mucho el Palomina. El tío Palomina, llegó metido en vino a la taberna. Borracho no andaba, pero si con unos cuantos vasos palmeros, palmeros. Estaba Juanico entretenido en rematar un solitario. Se le acerca el Palomina, se sienta, pone el reloj de plata sobre la mesa y le dice:
-Te lo juego.
“El orete quiso que Juan ganara el reloj”.
Tate, Juan que mañana es domingo y he de ir a Robledo. Tuyo es el reloj pero me aprecisa saber la hora. A la tarde regreso y puedo dártelo. Ven a mi casa cuando cierre el sol.
“A los pocos días” sorpresa agradable tuvo el señor Roque cuando Juan le manifestó su intención de casar. Diole el consentimiento y le preguntó quién era la elegida.
-No es de aquí padre y usted no la conoce. Estamos en febrero padre, pues allá para marzo quisiera la boda.
-¿Ha de ser aquí o en el pueblo de ella?
-Aquí porque no tiene parientes.
-Bueno, pues dime al menos nombre y lugar.
-Se llama Reina y es de Robledo.
-¿Reina? ¿Reina para ti o nombre cristiano?
-Reina. Ese es su nombre.
-¿Y apellidos?
-No me fijé en tanto, padre.
-¡Hombre Juan! ¿Qué menos? ¿Es de la inclusa?
-Padre no me tiente. ¿Qué más da Ortiz que Cañameras? El amor no hace padrones.
Cuando los corros de la taberna se enteraron del enamoramiento de Juan -fue pocos días antes de la venida de Reina a la casa del molino-, cada cual echó la suya. A todos les cayó como de sorpresa y les enlaminó la boca.
En aquel domingo de abril fue la boda. A las seis de la mañana para hacerla más recatada. Asistió la familia tan solo de invitados; pero se volcó el pueblo madrugador, al que privaba más la curiosidad del ojo que la molicie del cuerpo. El Roque se portó bien, apadrinó a los jóvenes e hizo poner a la novia la pulsera de aro con peluconas que fue de la difunta señora Águeda. ¡Si hubiera visto a la muchacha, palomica mía, que estaba como una emperatriz. De esta nuera sí que no hubiera tenido queja la señora Águeda; ella sabía apreciar la hermosura.
En el atrio de la iglesia estaban las lenguas de los vecinos despachándose a su gozo. Era como si lamiesen con rabia aquella tacita de plata que era Reina, por ver si le quitaban el baño; pero ya se sabe que cuando la plata es de ley el frote la abrillanta.
-Esta no es de Robledo -dijo Garboso. ¡Te lo digo yo! Eché una mirada a la cabaña del Palomina, y frente a la puerta vi parado el carro de Juanico. Me acerqué entre los árboles y al rato salieron Palomina y Juanico con una mujer. Esa mujer es esta que hoy se casa.
-No os decía yo que lo del reloj de plata tenía mucho intríngulis- les dijo el Francisco.
-Nunca “vide reloj” con cuerda tan larga que llegó desde esta mesa a la choza del Palomina y aún le quedó para atar bien el molino del Roque. El Juanico fue a buscar la hora, pero el Palomina se conformó con los cuartos…
Mariano empleaba mucho tiempo en el trabajo, pero cuando subía a casa a esperar la cena y sus ojos abarcaban la anchura de la cocina, una frente bañada de rizos, unos ojazos inocentes, una boca fresca sobre un cuerpo ágil y nuevo le hacían bajar los párpados temblando hasta querer hundirse por entre las losetas melladas del suelo.
Hasta que un día le dijo a Roque: – “Mire usted padre… es que… es que aquí ya somos muchos. Esto Juan bien lo puede atender. Cualquier día empieza a traer hijos, y como las cosas no están repartidas vendrán los disgustos”.
-¿Y qué quieres? Que te dé los bienes en vida, descastado?
-Si yo puedo ganarme bien la vida por mi cuenta, ¿para qué vamos a apretar todos de la misma ubre. Yo sé que Juanico es el centro de su querer, y justo es que le deje libre lo que tiene por suyo. No gusto de disputas y menos con un hermano.
-Envidias, eh, envidias. Pues dices bien. De los dos es todo esto pero si por mi fuera… Más vale él que tú, misicas, cara amarga que siempre lo celaste. Vete por el mundo, mala raza, egoísta, pedazo de Caín.
Juan estaba harto ya. El Palomina le apretaba más cada día con peticiones y zorrerías, como si la índole de suegro, aunque a oscuras, le diese derecho a disponer de la hacienda. El Roque ya llevaba mucho tiempo con la noticia del descamino de sus duros, y como desde la partida de Mariano el molino iba mal que mal, contra su voluntad tuvo que amonestar varias veces al incapaz Juanico. Y cada una de aquellas reprimendas, aunque suaves, eran para Juan como beber pólvora. Él tenía que madrugar, fatigarse fuera de costumbre en un trabajo que siempre aborreció y para el que se encontraba torpe y desmañado, sufrir zumbetas de maquilleros y peones, torear el acoso pegadizo y ladino del Palomina, y, como remate aguantar los zurrapelos del padre que le dolían en lo más nuevo del alma. Cuando se está hecho a mirar la vida cara a cara se repone uno de compunciones, se adapta a la naturaleza y se enseñan los dientes a los recodos del camino. Claro que para eso hace falta ser lo que no era Juan, y él ya estaba harto de aquel vivir, de modo que a lo derecho no le veía solución…
Una noche de invierno salió Juan de la casa del molino. Frente a la herrería la rama de un árbol le despellejó la cara. Tan ciego iba. Aquello fue como el brazo de un amigo que quisiera detener sus pasos inciertos, locos. Y Juan se detuvo obediente. El amanecer descubrió el garabato de su cuerpo asido por el cuello con la correa.
El Roque se fue con Mariano y la casa quedó abandonada. De Reina -moza mía- no sé, aunque me figuro que con sus años, su hermosura y su necesidad, no habrá llevado buena vida. El Palomina murió, aunque no en garrote como muchos hubieran querido, sino rota la cabeza contra el pilón en una borrachera.

6. PLAZA DE SAN JUAN EL VIEJO
CONCURSO DE COPLAS AL AIRE LIBRE

Francisco Lafuente Zabalo
Nació en Calatayud el 5 de junio de 1886. Estudió bachillerato y montó un almacén de comestibles. Ya con 15 años le habían publicado algunos poemas. Fue alcalde en varias ocasiones, la primera con 25 años. Alfonso XIII le concedió la encomienda de Isabel la Católica y sus paisanos le regalaron en 1912 un bastón de mando con empuñadura de oro. (Estamos investigando si fue bajo su mandato cuando se implantó en nuestra ciudad lo de la reina y damas de las fiestas). Ganó varios premios literarios y buena parte de sus escritos se recopiló en el libro titulado Aliaguicas en flor. Cultivó sobre todo el género de la copla aragonesa. Falleció en 1938.

Fue un buen día, en la plaza del pueblo, cuando los mozos reunidos apostáronse una merienda, que pagarían todos, en honor del que mejor discurriera una coplica. Se concertó la fecha, se hicieron muchos preparativos, y un domingo pleno de sol, cargados con las viandas, marcharon los concursantes a la torca, junto al río, en la chopera del tío Garricas.
No faltó la Blasica; la Blasica era una chica muy guapa e ingeniosa, tenía buena voz y estilo, y cantaba muy bien las jotas que ella misma componía. Por unanimidad habían nombrado presidente del jurado al tío Sentencias; este viejo baturro, listo y socarrón, iba siempre solo, sabía mucha gramática parda y en sus mocedades fue muy presumido; vestía con orgullo el traje regional y era lo que se llama “un buen mozo”. Se cuenta de él que una vez fue a Madrid a pasar las fiestas con sus señores; yendo por la calle Alcalá se fijaron en su “fachada” unas señoras, y al notarlo él, se paro y, con gracia baturra, les dijo: “Si les gusto, estoy pa servirles”… Con este cartel vino al pueblo, y como estaba de buen ver, llevaba fama de rico y le gustaban algo las mozas, tenía su partido; pero no le tiró el matrimonio, y, viejo y solterón, era en la actualidad el arreglador de los desaguisados matrimoniales, a quien hasta el señor alcalde en muchas ocasiones le fue a consultar cosas del Concejo.
Y llegó el día del concurso. La gente moza comió de buena gana, bebió mejor, y en este ambiente y bajo la fronda, empezó la verdadera Fiesta de la Jota.
-Oye tú, Cayetano: coge la guitarra y acompáñame, que quiero cantar la copla qu´hi discurrido y voy a romper el fuego.
Se hizo el silencio, se formó un corro, sonó la guitarra y se oyó la copla:
De la tierra sale el trigo
y del trigo sale el pan,
y de la moza baturra
sale una mina de sal.
-¡Bien, bien! –dijeron todos.
-No está mal –agregó el tío Sentencias-, lleva lo suyo. Tú, Celipe, canta ahura.
Felipe cantó:
Anoche paso la ronda
y no te quiso cantar;
cuando la ronda no canta,
por algo, maña, será.
-Nemesio, ahura canta tu, y ya pues cantar bien, que cuando cantas en la ronda, paice que te se agarrota el gañote.
-Alla va:
En el dance de este pueblo
quisiera ser rabadán,
pa decile cuatro frescas
a la hija del sacristán.
A muchos les entró el hipo de tanto reír y se entabló un animado diálogo, que no tuvo consecuencias, porque la Blasica, piadosa con la ausente, salió a su defensa.
Algunos decían, gritando:
-También este ha cargau la escopeta con mostaza.
-Y con perdigón lobero…
-Canta tú, Juanico, que lo haces bien.
Juanico, fiel al mandato, cantó la suya:
Cuando se murió mi agüelo
me dejó por capital
güenas ganas pa comer
y malas pa trabajar.
Rieron los mozos. Le tocó el turno a Bastián. Bastián era hijo del señor alcalde y, según las malas lenguas, le había hecho el amor a Pilarín, la hija del boticario, linda muchacha, a quien por cierto no le gustaba el mozo y en varias ocasiones ésta le había obsequiado con unas monumentales calabazas. Bastián, que era rencoroso, soltó la siguiente:
La chica del boticario,
si viste tan elegante,
es porque en el pozo tiene
una mina de diamantes.
Calló el mozo, hubo un poco de silencio, y el tío Sentencias le dijo:
-Mala cosa es el despecho; por eso dicen que es hermano de la envidia.
La Blasica rió la copla y con gracia y salero, mirando a los mozos con intención, cantó:
Pa casarme necesito
un hombre que lo merezca,
que madrugue, que trabaje
y… que haga lo que yo quiera.
Se oyeron voces que decían:
-¡Bravo, bravo! ¡Viva la Blasica!
-Bastián, echa un trago y no te marees, no tengamos que llevarte a la botica…
Corrió la bota de mano en mano; pronto quedó vacía; habló el tío Sentencias del resultado del concurso y el premio fue otorgado por unanimidad a la Blasica. Caso raro: no hubo protestas para los señores del jurado. Bastián se acercó a la Blasica y, algo meloso, le dijo:
-Yo soy el que más te quiere y el que hará lo que tú quieras, como dices en la copla.
La moza le dio un empujón y riendo le contestó:
-¡Qué vas a ser tú, mostillo, si no has levantado en tu vida un palo del suelo! Yo quiero un hombre que sea trabajador, y tú, tú no eres mi tipo.
-¡Tiene razón la Blasica! –dijeron todos, y la moza, antes de terminarse la fiesta, dirigiéndose al tío Sentencias, preguntó:
-Oiga usté, agüelo: ¿por qué no nos dice usté ahura por qué va usté siempre solo?
-¡Sí, sí! –decían todos a la vez-. Tiene razón la Blasica.
-No quiero desairaros, mocetes-contestó el viejo.
Se rascó la cabeza, paseó la mano por el cacherulo, miró a todos lados con socarronería, hizo con la vara unos dibujos en la tierra, se metió la mano en la faja y, muy serio, continuó:
-Hi viajao mucho, hi visto mucho mundo, y la vida me ha enseñau que la perdiz se pierde por el pico; la mujer, por la lengua, y el mejor amigo de uno es uno mismo. ¡Por eso, por eso voy siempre solo! En cuanto voy con otro, ¡ya me paice que hay mucho barullo!
Miró a todos con la risa en los labios; los mozos soltaron una catarata de pullas, y la Blasica, al fin mujer, le dijo:
-Mira tú el tío Sentencias, qué majo: paice mosca y resulta avispa.
El tío Sentencias celebró el ingenio de la moza, y para corresponder a su fineza, terminó de hablar con la copla final:
Si te dice tu mujer
que al río t´has de tirar,
dile adiós a tus amigos
si no quieres quedar mal.
Se hizo de noche; en el cielo brillaban las estrellas y la luna, con su enorme disco, iluminaba el grupo de baturros que, alegres y contentos, regresaban al pueblo, después de derrochar el ingenio y la agudeza de su musa popular, patrimonio de los hijos de esta buena tierra de Aragón.

7. BARRIO DE CONSOLACIÓN. MIRADOR DE LA CASA BLANCA.
EL FUNERAL DE GUILLERMITO

Javier Coromina Doisy
Nació en Calatayud en 1937. Se licenció en Derecho por la Universidad de Zaragoza y amplió sus estudios en Lausana y Paris. En 1967 fijó su residencia en Palma de Mallorca en donde ejerció como Jefe Provincial de Tráfico. Es autor de una quincena de libros y finalista del premio Juan Rulfo de Paris, Premio del Café Gijón y Premio Barbastro. Ha colaborado en distintos periódicos destacando por lo que nos atañe en el periódico La Verdad de Calatayud.
Hemos extraído este relato de su libro Gente de Mallorca.

Hallábase contrita la marquesa viuda del Camp Rodó cuando, al hojear distraídamente la prensa, descubrió alborozada la esquela mortuoria de Guillermito de Bipunyent i de les Beneitures, feliz hallazgo que le impulsó hacia el teléfono para compartir la alegría del magnífico funeral que se anunciaba con su buena amiga Magdalena, también viuda y aunque no aristócrata, sí de buena familia. El entusiasmo de la noble dama encontrábase justificado, pues hacía tiempo que no tenía ocasión de acudir a un funeral de abolengo; la dichosa democracia, la mezcla de clases sociales y el fútbol televisado a diario, que tanto público restaba a las honras fúnebres, habían conseguido que la marquesa del Camp Rodó saliese decepcionada de sus últimas asistencias a funerales.
Sin embargo, la misa proyectada en sufragio del alma del pobre Guillermito reunía todos los ingredientes para resultar un éxito total de crítica y de público, ya que el muerto era joven, de casa bona, su viuda era guapa y también de buena familia, y dejaba cinco o seis niños rubios y bien educados, angelets. Además de ser de familias conocidísimas, el finado era médico, colaborador de prensa, socio del Círculo y del Fortí y practicante de golf, y su viuda, titular de una de las farmacias más importantes de Palma, por lo que estaba asegurada la asistencia al funeral de sectores muy diversos de la sociedad mallorquina, no solo de gente bien, sino también de genteta; pero esta genteta se hace necesaria si se quiere que un funeral constituya un éxito total, es decir, que la iglesia esté abarrotada y haya que esperar haciendo tertulia en la calle más de media hora para pasar a dar el pésame a la familia del difunto.
Por la conversación telefónica con su buena amiga Magdalena, la marquesa viuda del Camp Rodó supo que el pobre Guillermito de Bipuyent y de les Beneitures había fallecido en accidente de tráfico, circunstancia que aumentaba notoriamente el morbo y, por lo tanto, las posibilidades de éxito del funeral.
Poco rato después de haber concluido la conversación entre las dos virtuosas y rancias damas, el timbre del teléfono de la Marquesa del Camp Rodó sonó. Era de nuevo, su íntima amiga Magdalena que acababa de enterarse de lo mejor de la muerte del pobre Guillermito y se apresuraba a compartir la buena nueva. Qué detalle de amistad.
-¿Sabes quién iba con él en el coche en el momento del accidente? Su enfermera. Como lo oyes, la noruega esa, o sueca, o lo que sea, y que, como todos saben, estaban liados. ¡Fíjate qué horror. Cómo estará la pobre María Antonia. ¡Déu meu, quina vergonya! ¡Ah! Y encima a ella no le ha pasado nada, ni un brazo roto o algo así. Si es que ses males putes sempre tenen sort. ¿Qué te parece?
Naturalmente, el funeral de Guillermito fue un éxito total: la iglesia llena hasta la bandera, la calle también abarrotada, el público contento de encontrarse allí de saludarse con cara de circunstancia, de palpar el morbo y, sobre todo, de no ser protagonista del evento. No la totalidad, porque eso es imposible, pero entre los asistentes a la misa se encontraba mucha gente bien y pudieron verse algunos modelitos muy elegantes y adecuados para funerales. ¡Ah¡ y la guarra noruega, o sueca, o lo que sea, la persona mas buscada por la mirada de todos los asistentes al acto, tuvo la caradura de asistir, con gafas oscuras e impasible el ademán, sin derramar una sola lágrima, aunque eso si, hasta ahí podíamos llegar, no tuvo la barra de pasar a dar el pésame, ni habló con nadie.
En resumen, que el funeral de Guillermito fue uno de los mejores que se recuerdan en Palma, y la marquesa viuda del Camp Rodó pasó tanta pena y disfrutó tanto que estuvo a punto de sufrir un orgasmo, alteración fisiológica propia de plebeyos y que ella, gracias a Dios, nunca había padecido.
Requiescat in pace Guillermito, que, con su muerte y funeral, tan buen rato hizo pasar a tanta gente.

8. BARRIO DE CONSOLACIÓN. ANTIGUAS ESCUELAS.
PAREJAS DE IDA Y VUELTA

Blanca Langa Hernández
Nació en Zaragoza el 3 de junio de 1958 y pasó su infancia en Montón de Jiloca. Estudió magisterio en Soria. En la actualidad es profesora de Enseñanza Secundaria. Ha ejercido en La Rioja, Andorra y Calatayud, donde reside desde hace años. Le apasiona desde pequeña la lectura y escuchar cuentos. En 1988 ganó el Gerardo Diego de Poesía con “Cementerio de gorriones”. También ha recibido, entre otros, el Santa Isabel de Portugal. Cultiva sobre todo el cuento y la poesía y aparece en diversas antologías. Es lectora habitual del Café Libertad de Madrid.
Fue elección suya la lectura de este cuento para la ocasión.

La señorita Tere esconde sus ojos azul cobalto tras unas gafas negras de carey. En realidad, no le hacen ninguna falta, pero a ella le gusta pensar que sí. Suele decir que los viajeros confían más en la profesionalidad de alguien que lleva puestas unas gafas así. En el fondo, es pura timidez. Ahí está ella, a las siete menos cinco de la mañana, de lunes a sábado, como siempre, desde hace veintidós años, en la taquilla de RENFE.
Un día, no se sabe muy bien por qué, tal vez porque ella eligió vivir soltera y sola, a la señorita Tere le dio por pensar que la gente va a lo suyo, que no nos comunicamos lo suficiente, pero que es cuestión de un pequeño empujoncito para que empecemos a mirarnos unos a otros de forma diferente. Pensó que podría hacer algo al respecto y se inventó la “pareja de ida y vuelta”. Se fijaba en los hombres y mujeres que solían tomar habitualmente el tren, en qué días, a qué horas… Y les adjudicaba un nombre a cada uno. Anotaba sus características físicas -ojos verdes, nariz aguileña… y algunas de sus peculiaridades más evidentes, como el olor de la colonia, el estilo de ropa, o si sonreían cuando le pedían el billete, si daban las gracias… Con este archivo en su libreta de notas empezó a pensar quiénes podrían muy bien emparejarse. Una de esas mañanas de agosto, la señorita Tere decidió comenzar su experimento y a la “joven de mirada extraviada” le adjudicó el billete de ida y vuelta al lado del “joven con sonrisa contagiosa, dicharachero y chistoso”.
“No puede haber nada malo -se dijo – en que estas dos personas se conozcan”. Y probó. Primero llegó ella y le adjudicó el vagón 5, asiento 4 D, ventanilla. Para que no sintiera la tentación de salir al pasillo y terminará con la conversación. A él le adjudicó el mismo vagón, asiento 4 C, pasillo. Los vio de lejos a través del cristal de su taquilla, cruzó los dedos y les deseó suerte. Ajenos a aquel inesperado golpe de fortuna, ambos subieron al tren.
Al cabo de dos días, la señorita Tere esperaba impaciente a que volvieran. Pasaron varios pasajeros hasta que al final los vio. Los papeles se habían invertido. Él venía ensimismado mirando a la joven. Ella venía sonriendo, con sonrisa contagiosa, dicharachera y chistosa. Tras varias semanas, los vio besarse ante el mostrador. Supo que aquella relación iba a consolidarse y la señorita Tere sonrió feliz. A punto estuvo de confesarles que, gracias a ella, eran felices. Pero se contuvo. No era cuestión de quitarles la ilusión de creer que el suyo había sido un encuentro “casual y afortunado”.
Desde entonces, lleva ya emparejadas a quince personas. Me dirán que el quince es un número impar. Tienen razón. Culpa de la mala cabeza de la señorita Tere que, por error, adjudicó dos chicos estupendos a la “joven del bolso verde ” en dos viajes distintos. Lo que tal vez no sepan ustedes, y yo se lo cuento, es que la señorita Tere está consternada, porque la joven del bolso verde y los dos chicos estupendos han formado uno de esos tríos con nombre francés y ahora mismo están pensando seriamente en irse a vivir juntos los tres.

9. BARRIO DE LA ROSA
EL MILAGRO

José María Muñoz Callejero
Nació en el barrio de San Roque el 8 de septiembre de 1908. Su trabajo como tipógrafo hizo que se aficionase a la lectura. Marchó a Barcelona donde trabajó en la Editorial Molino hasta el principio de la guerra civil. Ganó infinidad de certámenes poéticos y cultivó con éxito casi todos los estilos y métricas. Colaboró además en varios periódicos. Falleció en 1989. Para quien no lo sepa, es el señor que, sentado con su perro, lee eternamente en un banco del Paseo.
Este cuento ha sufrido algún recorte con el fin de dar más agilidad a las lecturas, pero sin perder un ápice de su encanto.

Con el ceño fruncido acogió el tío Baltasar la visita de Felipe, aquel mocetón de ojos oscuros de quien tenía ciertos barruntos relacionados con las escapadas callejeras de su hija Pilar. Y a la sombra del zaguán, se dispuso a oír las palabras del mozo.
-Vengo, señor Baltasar –empezó Felipe, tratando de no azararse por el desganado recibimiento- a decirle algo relacionado con su hija… Quizás usted no lo sepa, pero algunas veces la acompaño cuando va a la fuente, o hacemos pareja en el baile… Y como a ella no parece que le disguste mi compañía… y yo la quiero todo lo bien que se puede querer a una mujer… Pues he venido a eso: a pedirle a usted si no le parece mal que su hija y yo…
El tío Baltasar se puso en pie bruscamente.
-¡No esperes que te dé las gracias por esta petición! –dijo ásperamente-. Mi hija, por ahora, no puede pensar en festejos. Y mucho menos en casarse.
-Quiero que sepa usted –insistió Felipe sin pestañear- que no teníamos intención de atropellar las cosas. Conozco bien lo que su hija significa para su vida y lo que usted la necesita desde que tuvo la desgracia de quedarse viudo. Pero le aseguro que ni ella ni yo habíamos pensado en dejarlo solo… Idea de los dos era que, llegada la hora de nuestro casamiento, usted hiciera vida con nosotros, o, si lo prefería así, fuéramos nosotros los que viviéramos con usted.
El viejo soltó un respingo que cortó en seco las palabras del mozo.
-¿Hasta ese extremo habéis llevado ya las cosas? – aulló furioso-. ¡Por las siete capas del cielo que he de arreglarle bien las cuentas a la mosquita muerta de mi hija!… En cuanto a ti… ¡largo! ¡Largo de mi casa, y que no te vea pisarla más!
Felipe, ahora intensamente pálido, le dijo fría y claramente: -Me habían contado de usted muchas cosas, pero ahora veo que no lo han difamado… En el pueblo le llaman el tío Malgenio, ¿lo sabía usted?, pero deberían llamarlo el tío Egoísta. Porque eso y nada más es usted: un egoísta que está destrozando las ilusiones y la juventud de su hija… ¡Pero ya veremos hasta donde se sale usted con la suya!
Durante las quietas tardes de verano acostumbraba el tío Malgenio a dar largos paseos por el campo con mosén Cosme, única persona del lugar que tenía trato con él.
Una de esas tardes iban contemplando la hermosa vega y comentando cómo había ido ese año la cosecha y el tío Baltasar se quejaba de que no daba para tanto.
-¡Vamos, vamos! –le atajó el sacerdote-. No será para quejarse tanto… Después de todo, por pequeños que sean los ingresos, para manejaros bien tú y tu hija…
-¡Mi hija!… –saltó el tío Baltasar como si le hubiera picado un insecto-. ¡Valiente hija es la que tengo!… ¿Es que no sabe usted las charranadas que desde hace días me está haciendo?
El sacerdote sabía muchas cosas; algunas, incluso, escuchadas donde sólo él y Dios podían oírlas. Por eso guardó silencio.
-Pues, sí –continuó el tío Baltasar-: Desde que le prohibí hablar con ese muerto de hambre de Felipe no me hace nada a derechas y se pasa el día lloriqueando por los rincones…
Pararon a la sombra de un corpulento olivo que parecía estar vigilando un estirado campal de lustrosas vides, cuajadas ya de negros racimos.
Bueno, Baltasar, vamos a ver –preguntó mosén Cosme mientras se limpiaba el sudor de la frente-: ¿Por qué no dejas a tu hija hablar con Felipe? Es honrado, trabajador…
Todos los hombres parecen trabajadores si, para comer, no tienen más remedio que trabajar; pero trabajador es el que trabaja un poco más de lo que necesita para vivir; el que se afana aunque no le apuren las necesidades. Hace treinta años, nuestras familias eran, poco más o menos, iguales en bienes. Y, ahora, dígame usted… ¿qué tienen “ellos” ahora?
-¡Hombre, Baltasar!… Tú has tenido suerte…!
-¿Suerte? –tronó el viejo con una amargura que despertó la atención del sacerdote-. Puede que sea suerte haber pasado toda una vida de afanes y sacrificios para encontrarse uno un poco más que solo. ¡Si usted supiera…! Fíjese bien en ese plantado. Es mi vida. ¡La mejor viña del pueblo! Tiene cinco mil cepas y cinco mil hoyos que, sin ayuda de nadie, han abierto estas manos uno a uno… Hace doce años este campo era un despeñadero, una ladera cuajada de pedruscos… Entonces, ¡Dios la tenga en su gloria!, aún vivía mi mujer. Vivía y me iba a traer, por fin, el hijo que tanto aguardé en vano -la hija tenía ya doce años- y que ya desesperaba conseguir… Por él, por ese hijo tan esperado y que, apenas venido, se marchó llevándose con él a su madre, empecé a roturar esta viña… ¡Suerte, dice usted! En estos surcos hay enterrados diez años de mi existencia: diez años de sangre, de maldiciones y de lágrimas.
-Amigo mío –dijo el sacerdote, emocionado por las palabras del viejo-, todo eso es agua pasada. Además, el asunto de Felipe es distinto…
-¡No! –rugió el tío Baltasar casi en un grito-. ¡No lo es!… Porque, ¿sabe usted cómo llaman ahora en el pueblo a mi viña? ¡Pues la llaman “la viña de Felipe”!…
-¿Y tú qué sabes de quien es la culpa de tal… mote?
-¡Qué sea de quien quiera! Lo que yo le aseguro es que, para entrar en mi casa ese buscadotes, ¡tendrá que ocurrir un milagro! Y los milagros…
-Los milagros, amigo mío, existen, aunque nosotros no los veamos o, a veces, no queramos verlos.
-¡Qué se está preparando una tormenta! –dijo el viejo que escudriñaba atentamente el cielo-. ¡Y que nos vamos a mojar si nos descuidamos!
Durante media hora estuvo lloviendo furiosamente. Luego, con la misma brusquedad con que hubo empezado, cesó la lluvia y se aclaró el cielo.
Repentinamente, subió de la calle un rumor de gentes sobresaltadas.
-¿Qué ocurre, Simón? –preguntó el sacerdote a un mozo que, legona la hombro y el pantalón doblado hasta las rodillas, cruzaba a buen paso la calle.
-¡Qué se ha roto el muro de la Rambla Alta! –contestó el mozo sin detenerse-. Y vamos a desviar, para que no entre en la vega, el agua que baja del monte…
El tío Baltasar oyó la respuesta y se puso pálido. La Rambla Alta pasaba por encima mismo de su viña y si había roto sus muros…
Se calzó unas botas de campo y con una herramienta al hombro lanzóse por los campos… Y cuando jadeante llegó a lo alto de la rampa donde se erguía el olivo solitario y contempló su viña, necesitó apoyarse, para no rodar desfallecido monte abajo, en el fornido tronco del árbol…
¡Su viña!… Aquella superficie revuelta y blanqueada como un desierto de arena había sido su viña… Una bullente masa de tierras y escombros había sepultado totalmente su viñedo.
Durante aquel otoño y el invierno y la primavera siguiente, el tío Baltasar no pisó las calles del pueblo más que para asistir a las misas domingueras.
Algunas tardes lo visitaba mosén Cosme. Y cuando el verano empezó a traer sus días largos y tranquilos, el sacerdote le fue insistiendo para reanudar los viejos paseos.
Al fin accedió el tío Baltasar pero cuando, llegados al final de las lindes, alcanzaron el pie de las lomas por donde trepaban los viñedos, se negó en redondo a seguir adelante.
-No quiero volver a mirar lo de allá arriba –dijo-.
-Si ahora no lo haces -insistió el sacerdote-, nunca serás capaz de hacerlo. Los hombres deben enfrentarse cara a cara con su destino, por muy cruel que éste sea.
-¡Está Bien! –gruñó el viejo-. ¡Siempre se sale usted con su idea!
Y con el gesto contraído inició el ascenso de la pequeña rampa que tanto conocía. Pero, al llegar a la loma que coronaba el olivo solitario y extender la mirada, se quedó rígido y con los ojos muy abiertos.
A sus pies, en la vertiente que iniciaba la otra ladera, sobre la tierra limpia y ahora como cernida, docenas, cientos de hileras de lustrosas cepas volvían a tender al cielo la pompa brillante de sus ramos cargados de racimos.
Mosén Cosme se acercó a su amigo y suavemente le oprimió el brazo.
-Mírala bien, Baltasar –dijo sin tratar de ocultar su profunda emoción-. Es tu viña… Tu viña perdida y rescatada, con toda su vieja lozanía.
-Pero, ¿cómo?… ¿cómo?… –balbuceó el otro.
-Espero que Dios y tú me perdonareis por habértelo ocultado hasta hoy, pero quería darte esta alegría… ¿Recuerdas aquel nombre que, tú me lo dijiste, le habían puesto a tu viña? Cuando quedó enterrada por el escombro, ese nombre, ¡la viña del Felipe!, clamó en la sangre y en el corazón del mozo un grito desesperado de angustia y desamparo. Fue como una llamada de amor… Y durante días interminables, robándole horas al descanso y al sueño, Felipe ha ido quitando la grava que cubría su lecho… Y lo más noble de esta acción es que se ha efectuado calladamente, sin un cuchicheo que buscase la senda de tus oídos en demanda de gratitudes…
El tío Baltasar guardaba un silencio impresionante.
-¡Esto es…! –pudo hablar al fin-. ¡Esto es un verdadero milagro!
-Sí… Sólo que tú no crees en ellos.
El tío Baltasar se sentía, por primera vez en muchos años, azorado y vacilante, pero recobrando su vieja y ceñuda expresión, preguntó ásperamente:
-¿Quiere usted… querrá usted hacerme un favor?
-Desde luego… si ello es posible –condicionó el sacerdote, no muy seguro de la reacción del tío Baltasar-. ¿De qué se trata?
-De acompañarme a casa de Felipe… ¡Tengo que decirle cuatro cosas a ese mocete!… Y una de ellas, la primera, va a ser… ¡darle las gracias por haberme hecho creer en los milagros!…

10. PLACETA DE LA PEÑA
EL BURRO DEL TÍO BASILIO

José Muñoz Román
Nació en Calatayud el 26 de enero de 1903. Por los cuentos que le contaba su abuelo se aficionó a las historias y desde ellas al teatro: su verdadera vocación. Escribió más de treinta obras teatrales, entre zarzuela y revista, siendo sin duda uno de los principales libretistas de este género. Vapuleó con sus trabajos todos los records del teatro español. Solo publicó para Heraldo un cuento. Es la persona más injustamente tratada por la cultura local y todavía está pendiente de recibir un homenaje en su pueblo. Falleció en Madrid en 1968.
Para una colección de cuentos de Heraldo de Aragón, escribió en 1960 éste, que es más una pieza de microteatro (como dicen los modernos, pero ya estaba todo inventado) que un cuento propiamente dicho.

Tres hermanos, Antonina, Macario y Santiago, discutían por la herencia paterna hasta que apareció, montado en su burro, el tío Basilio quien se ofreció a mediar, llegando incluso a apostar mil reales con el secretario del ayuntamiento, quien había sido incapaz de solucionar el problema del reparto de la herencia, a que él lo solucionaba en un pispas.

TEODORO- Pues verá. Al Macario le ha dejao la mitá de to. A ésta, u sea a nosotros dos, la tercera parte.
SANTIAGO- Y a mí una novena parte.
ANTONINA- Es que a Santiago no le ha gustao nunca ser labrador. De chico se fue a Calatayud de monago y ahura es sacristán.
BASILIO- Por eso l´ha tocao la novena.
MACARIO- Le advierto que el dinero y las tierras ya las hemos repartido y estamos conformes.
ANTONINA- Ahura lo malo es repartir los burros que por más cuentas que hemos echao resulta imposible.
MACARIO- Porque son diecisiete y hágase usté cargo. A mí, como me corresponde, la mitá, me tocan ocho burros y medio. A estos que llevan la tercera parte…
TEODORO – Pues nos tocan cinco burros enteros, medio burro más y, así por encima, el rabo de otro.
BASILIO- ¿Y a ti que llevas la novena parte?
SANTIAGO- Aquí tengo la división que me ha hecho el señor Alcalde.
BASILIO- ¿A ver?… Un burro y ochocientas ochenta y ocho milésimas de otro. ¡Reporra, si que el reparto es deficil!
MACARIO. Por eso nos himos desgustao. Que éste quie que se partan los animales sea como sea y yo me opongo.
Aparece en ese momento el secretario que, con cara de desesperación, se da por vencido ante el problema irresoluto. Basilio se ofrece a solucionarlo a lo que el secretario le dice: “Tu pedazo de mostillo, ¿Pero tú que sabes? Aparte de que diecisiete no es divisible ni por dos ni por tres, ni por nueve, no le he podido yo hincar el diente ni aún planteando tres ecuaciones de tercer grado con dos incógnitas cada una.
Formalizan la apuesta
BASILIO- ¿Están en el pesebre los diecisiete burros?
MACARIO- Si señor
BASILIO- Pues llévate a Crespín, lo juntas con los otros y que entre también en el reparto.
El secretario dice que eso no es legal y Basilio dice que el burro es suyo y que hace con él lo que quiere.
BASILIO- Asi es que ahora tenemos dieciocho burros, ¿no es eso? Y a ti te toca la novena parte. A ver usté maltemático ¿Cuál es la novena parte de dieciocho?
SECRETARIO- Hombre…dos
BASILIO. Pues ya está dile al criao que se lleve dos burros pa Santiaguico. Vamos con la tercera parte de la Antonina. ¿Cuál es la tercera parte de dieciocho?
ANTONINA- Seis.
BASILIO- Pues anda maña llévate tu misma los seis que te tocan. Y queda éste, que es el de la mitá ¿De modo que la mitad de dieciocho…?
MACARIO- Nueve
BASILIO- Llévatelos también. ¿Qué, tos contentos? Pues vengan esos reales.
SECRETARIO- Eh, no estoy conforme. Según el testamento había que repartir diecisiete burros, y tú has repartido diez y ocho.
BASILIO- Yo hi repartido decisiete na más. Y si no, eche uste la cuenta: Santiaguico se ha llevao dos, y seis la Antonina ocho, y nueve el Macario decisiete.
SECRETARIO. Pues es verdad, pero ahora resulta que sobra un burro.
BASILIO- Claro, el mío ¿Sus queríais también quedar con él u que?… No, maños, no. Lo mío es mío y muy mío. Amonos Crespín.

11. PLAZA DE SANTA TERESA
AMOR DE MADRE

Joaquín Dicenta Benedicto
Nació de paso y casualidad en Calatayud en 1862. Fue autor de cuentos, poemas, novelas y obras de teatro, tanto en prosa como en verso. Entre estas últimas, su drama Juan José alcanzó gran fama internacional y fue traducido a diversos idiomas. Con él introdujo el tema social en los escenarios. Falleció en Alicante en 1917.
Amor de madre, un poema que, dado su dramatismo y la emoción con que el lector llega a su desenlace, se ajusta de manera muy especial con los relatos contemplados dentro de una antología de cuentos sobrecogedores, que se publicó en Barcelona en 1999.

Te adoro mi bien, decía
lleno de insensato ardor
un hombre a su amada un día
y la mujer se reía del amante y del amor.
¿Qué prueba te daré bastante,
le decía el tierno amante,
para hacerte creer en mí?
y agregaba suplicante: ¿qué quieres?
por ti haré cuanto me cuadre;
con el nombre de mi padre
mi existencia te daré,
¿o quieres que abone mi fe,
con las joyas de mi madre?
Con desdeñosa sonrisa
miraba al hombre la hermosa
y su afán le aguijoneaba.
Y con voz espantosa,
pero dulce y cariñosa
le dijo: Quiero probar tu pasión.

¿Qué quieres?, dijo el hombre.
¡De tu madre el corazón!
Como si escuchado hubiera
el rugido de una fiera
un grito dio el hijo herido
y a su vez lanzó un gemido
que horrorizó a la pantera.
La hermosa criminal
de la lucha se apercibió
y del poder se armó
de su belleza infernal.
Soltó sus sedosos cabellos,
tan diabólicos como bellos,
brillar hizo en su mirada
luminosos resplandores,
y en la boca perfumada
de besos embriagadores.
Mas cuando quiso llegar
a la hermosa, lleno de pasión,
ella con voz espantosa,
pero dulce y cariñosa,
le dijo otra vez:
¿Y el corazón?
En el alma del doncel
lucharon el bien y el mal,
mas, vencido aquél
hízose el hombre un chacal,
y con ese paso veloz
que nos lleva siempre al delito,
fuese el hijo aquel tras la voz
de su impuro amor maldito.
Dormida la madre estaba
en pobre y triste aposento
todavía brillaba una oración
en su aliento,
quizás si hasta soñaba
la buena y santa mujer
con el hijo que venía;
débil luz derramaba una lamparilla,
luz que encendió la ternura
de un cariñoso amor maternal
de ese que buscar procura
sombra para su puñal.
Acercose al santo lecho
a tientas buscóle el pecho
que fuente fue de su vida.
Se oyó un gemido, un extraño ruido
como el que causa la garra
del león enfurecido
que carne viva desgarra;
después se escuchaba
la respiración que ahogaba
a aquel hijo criminal,
y la sangre que goteaba
de la punta de un puñal;
guardó el hijo el corazón
de esa madre asesinada
y enceguecido de pasión
corrió a llevarlo a su amada.
Aguijoneado corrió
por la fiebre y el deseo,
pero al llegar tropezó
y por el suelo rodó
con su espantoso trofeo.
Y al dar en el pavimento
ese ensangrentado lío
murmuró con tierno acento:
¿Te has hecho daño, hijo mío?

12. PLAZA DEL MERCADO
DE CÓMO SAN ROQUE EVITÓ UNA INVASIÓN EXTRATERRESTRE

José Verón Gormaz
Nació en Calatayud en 1946. Estudió Ingeniería Agrícola aunque destaca en sus facetas artísticas como escritor y fotógrafo. Ha escrito novela y sobre todo poesía. Es el Cronista oficial de la ciudad, Hijo predilecto desde 2006, y Premio de las letras aragonesas 2013, aunque lleva desde 1981 recibiendo premios de distintas categorías. En su honor hay en nuestra ciudad un certamen de poesía y una asociación fotográfica. Es el primer bilbilitano vivo al que el ayuntamiento ha dedicado una calle, desde hace muchos años.
Este cuento sanroquero aparece en el libro San Roque Bilbilitano publicado por Interpeñas en 1982.

Supongo que no soy el único bilbilitano que en los momentos previos al comienzo de las fiestas de San Roque se ve invadido por la impaciencia. Preparar la ropa, el uniforme de cualquier peña, tan limpio y tan planchado – ¿cuántos segundos durará sin manchas y sin dobleces?-, vestirse, contemplarse en el espejo por última vez, son actos que forman parte del ritual. Y se sale a la calle en busca de la aventura, de la promesa gozosa y sanroquera, y con la esperanza de que esos dos días y medio sean casi eternos: jamás se piensa en que se terminarán más pronto de lo deseado, lo cual es –en mi opinión- bastante indicativo del elevado ritmo vital que en esa fecha se vive. Pero ninguna de estas consideraciones pasaron por mis pensamientos en aquel 14 de agosto de nos sé qué año cuando salí a la calle vestido con el resplandeciente uniforme de la peña: los pantalones, blancos como las azucenas; la camisa planchada y limpia, sin cercos vinosos ni dislates polvorientos; el pañuelo, tan blanco como los pantalones, rivalizando con ellos en blancura, como en los anuncios de productos detergentes; las alpargatas, recién estrenadas…
… Una mezcla de orgullo y de vergüenza por el querido disfraz me obligaba a sonreir con franqueza ante las miradas de otros transeúntes no iniciados. Delante de mí, a pocos metros, otro peñista caminaba con presura. Le reconocí y le llamé:
-¡Celestino! ¡Espérame!
Se detuvo y dio media vuelta.
-Hombre, si es el amigo Pepe, dijo al verme.
Llegué hasta él, y ya su bota de vino estaba aguardándome, gentilmente ofrecida por su dueño. Levanté el portentoso recipiente y me serví un trago largo, muy largo.
-Excelente Cariñena tinto –exclamé, carraspeando y haciendo alarde de mis conocimientos vinícolas.
Celestino me miró sorprendido y exclamó:
-Pero… ¡Si es clarete de Villarroya!
-Bueno… es que la bota altera bastante el sabor del vino… -me excusé.
Seguimos nuestro camino hacia la Plaza del Mercado, conversando sobre las nacientes fiestas de San Roque y, como no, sobre el elevado número de visitantes que llenaban totalmente nuestra ciudad.
A mitad de camino encontramos a un numeroso grupo de peñistas, con los que unimos nuestros pasos.
-Vamos, rápido o llegaremos tarde –comentó uno de ellos.
Cuando enfilamos la Calle de la Bodeguilla, el ya cercano ambiente sanroquero nos hizo aumentar la velocidad de nuestros pasos. Y llegamos al lugar. La Plaza del Mercado estaba absolutamente llena, cercana a la saturación. No es posible explicar el impacto visual que me produjo aquel encuentro con los casi diez mil peñistas que, durante unos días, iban a ser mis compañeros de jolgorio.
Aún no había terminado de adaptarme a mi apretado entorno cuando una mocica rubia, espléndida y felina, se me acercó.
-Levanta ese ánimo, que ya están a punto de lanzar el “chupinazo” –me dijo casi gritando.
Y me tomó de las manos, obligándome a iniciar una danza frenética que, cuando terminó, había conseguido que me identificara con aquel ambiente. No recuerdo de qué estábamos hablando, quizá estuviéramos callados limpiándonos el inevitable sudor. Sólo sé que, cuando la busqué con la mirada –cosa nada extraña, debido a su agradable físico- había desaparecido. Supongo que debí sentir algún tipo de frustración al verme privado de tan deliciosa compañía, pero no es menos cierto que el torbellino juerguerístico reinante me ayudó a olvidar aquellas dudosas penas: en seguida me vi formando parte de una torre humana, encaramado sobre los hombros de otros peñistas y soportando sobre los míos a otro compañero. El Alcalde tardaba en asomarse al balcón del Ayuntamiento para cumplimentar el lanzamiento del cohete. La espera se alargaba, mas no por ello disminuía la alegría; por el contrario, cada vez era mayor. Al fin apareció el señor Alcalde mostrando una sonrisa envidiable, presagiando unas jornadas gloriosas, dignas de disfrutarse y volverse a disfrutar. La primera autoridad se disponía a cumplir su misión y yo todavía me hallaba formando parte de una torre humana.
-¡Vamos a deshacerla; esto va a comenzar! –exclamé pero nadie pareció escucharme.
Entonces fue cuando surgió el prodigio. Un ruido penetrante nos hizo elevar los ojos al cielo y lo que allí vimos nos dejó sin voz. Un artefacto enorme flotaba en el espacio, a escasos metros de los tejados. La débil luminosidad que despedía la aeronave le confería un aspecto fantasmal, extraño a nuestros ojos sorprendidos. El bullicio inenarrable que destilaba la Plaza del Mercado se transformó en un silencio más que sepulcral. Nuestra torre humana se deshizo repentinamente, cayendo unos sobre otros. Allí quedamos, amontonados y doloridos, aunque creo recordar que nadie se quejó a pesar del tremendo golpetazo. “Un platillo volante” comentó alguien en voz apenas audible. “Eso es evidente”, le contestó otro en el mismo tono de voz. Sin dar tiempo a más conjeturas, rápidamente, un haz luminoso se estableció desde la aeronave hasta el balcón de Ayuntamiento; por él, a una velocidad increíble, tres seres extraños se deslizaron, situándose a la altura del Alcalde, al que apuntaron con sus armas. Poco después, otros tres astronautas imitaron a sus compañeros y así sucesivamente hasta completar la quincena. No hay que ser un experto para adivinar que aquellos extraterrestres utilizaban el lenguaje telepático y que venían con malas intenciones.
-¡Todo el mundo al suelo! –ordenó el portavoz de los invasores.
-¡Imposible! –pensaron los bilbilitanos-. ¡Apenas cabemos de pie!
-Está bien, seguid en pie; pero con cuidado, sin hacer movimientos sospechosos, o nuestros fusiles de rayos cósmicos os desintegrarán –resolvió el extraterrestre. Y comenzó una especie de declaración:
“Venimos de la lejana galaxia UKK. Deseamos invadir la Tierra. No hagáis ninguna oposición, nuestras armas son incontestables, capaces de destruirnos en unos segundos. Esperad nuestras órdenes”
La desilusión hizo presa en los peñistas, que ya se relamían pensando en el principio inminente de las fiestas de San Roque. Algunos, los más sensibles, dejaron resbalar alguna lagrimica; otros luchaban contra la sensación de agobio y de opresión que les impedía incluso tragar saliva.

Transcurrieron unos minutos angustiosos. No podía ser: las fiestas de San Roque cortadas de raíz por aquellos desalmados invasores. ¡Cruel infamia! Y yo, dolorido todavía, expectante, sin poder hacer nada contra aquellos aguafiestas extragalácticos.
Dicen que los aragoneses –los hombres en general, diría yo- nos crecemos ante la adversidad. Y así fue. Sobreponiéndome a la angustia y a la sorpresa, comencé a vislumbrar una solución remota, pero posible. Para ello era imprescindible que el jolgorio continuara, que las charangas comenzaran a tocar, que los bombos lanzaran sus intermitencias atronadoras, que nuestras piernas y nuestros ánimos se elevaran en una danza imparable…
-Corre la voz: que las charangas comiencen a tocar, es una orden de los invasores. Y que toquen fuerte… -le dije a Celestino.
Y la voz corrió: y repentinamente, en un instante que siempre recordaré, las charangas estallaron con su música, así, todas a la vez, sin cesar electrizantes, renovadoras, impulsoras de nuestra alegría. Las diez mil personas que ocupaban la Plaza del Mercado se olvidaron de los extraterrestres y de su amenaza, y comenzaron a bailar, a elevar sus piernas más o menos ágiles, a brincar, a rebosar toda la alegría retenida hasta entonces.
Era el momento de la verdad. Si mis pronósticos eran ciertos, los extraterrestres tendrían que verse totalmente contagiados por la alegría y por un deseo de juerga inmensa; sus hábitos telepáticos lo exigían, así tenía que ser. Y así fue. Los invasores dejaron de ser invasores, se olvidaron de sus fusiles y comenzaron a bailar al ritmo impresionante de las charangas. Se mezclaron con los peñistas y, seguramente, vibraron al cantar con el pensamiento:
“… los borrachos en el cementeriooo
juegan
al mus.
Apaga luz, Mari Luz, apaga luz…”
Al final de la jornada, tras varias horas de bailes y de libaciones sin tregua, un haz luminoso apareció de nuevo entre el suelo bilbilitano y la nave espacial. Los extraterrestres, de tres en tres y haciendo expresivos gestos de despedida, volvieron al vehículo que, tras completar la carga, desapareció a gran velocidad.
“La alegría les ha vencido. ¡Viva San Roque! Exclamé. Y miles de voces contestaron: ¡Viva San Roque!”
Nada he vuelto a saber de aquellos extraterrestres. Pero desde aquel suceso extraordinario, cada vez que en la Plaza del Mercado espero impaciente el estallido del primer cohete, miro hacia el firmamento con cierto asomo de melancolía que el jolgorio sanroquero transforma en gozosas vivencias, en las más saludables y catárticas juergas que unas fiestas pueden ofrecer.

 

Agradecer de nuevo su asistencia y recuerden, como dijo un gran escritor, hay que leer cuentos no sólo porque nos digan que los dragones existen, sino porque nos dicen que pueden ser vencidos.