Un paseo de bares 2016

Un paseo de bares 2016
Visita guiada recordando la diversidad de establecimientos hosteleros que destacaron durante el siglo XX en Calatayud, celebrada el día de Santa Marta, patrona de la hostelería, como homenaje a tan destacado gremio, con alguna parada para “tomar algo” en los bares actuales (29.07.2016).

Desarrollo del recorrido:

INTRODUCCIÓN. PLAZA DE COSTA-PUERTA DEL AYUNTAMIENTO

En nuestro empeño por promocionar y difundir la historia, la cultura y las tradiciones de Calatayud, hemos querido dedicar un paseo a recordar su faceta lúdica y más divertida, como deferencia a la buena costumbre de ir de bares y a los muchos y variados templos del ocio que abrieron sus puertas en nuestra ciudad, antes de que, algunos ya desaparecidos, se borren de nuestra memoria y otros lo hagan definitivamente o se vayan adecuando a las nuevas necesidades de los tiempos que corren. Hemos considerado este día de santa Marta, patrona del gremio de hostelería, el más adecuado para rendir ese merecido homenaje a tan importante colectivo, que siempre ha gozado de relevancia y calidad en nuestra ciudad y al que tanto debemos varias generaciones bilbilitanas.
Ha contado siempre Calatayud con una cantidad ingente de este tipo de establecimientos, tantos, que hasta las más arraigadas leyendas de santidad han sido adaptadas por los bilbilitanos debido a semejante abundancia.
De todos es conocida la terrible profecía que san Vicente Ferrer lanzó sobre Calatayud en una de las ocasiones en que nos visitó para predicar, según la cual la ciudad perecería anegada por las aguas, amenazando que llegarían de un pilón a otro en los que predicaba. Pues bien, no se sabe a ciencia cierta que fue lo que tanto enfadó al “Ángel de la Apocalipsis”, como era llamado el santo valenciano, o si, como cuenta otra leyenda, simplemente se debió a su no atendida solicitud de agua para calmar la sed, pero nuestro patrón san Íñigo se vio en la obligación de echarnos una mano y cumplió con su lema DEFIENDO MI CIUDAD. El caso es que ninguno de los dos peirones, el alto, junto al cerro de la Longía encima de la Puerta de Zaragoza, y el bajo, en el barrio de La Peña junto a la subida a la ermita de San Roque, han llegado a beber hasta la fecha ni una gota de agua.
No obstante, al pobre santo dominico, desde tiempo inmemorial, continuamos achacándole oscuras maldiciones que tenían como objetivo que la ciudad acabase bajo las aguas, como la que escuchábamos de críos y que, como decía, esta directamente relacionada con esa desmesurada manía de abrir bares. La profecía cambió sus términos y pasó a decirse que Calatayud sucumbiría a las aguas cuando tuviese más bares que esquinas. Y fue en el pasado siglo XX, cuando casi se cumplen los augurios del santo valenciano, ya que hubo un tiempo en que irían ris con ras, pero seguramente volvió a aparecer san Íñigo y de nuevo aplicó el remedio, frenó las intenciones de abrir más establecimientos hosteleros y defendió su ciudad.
Nos centraremos pues en este período de tiempo, destacando los momentos álgidos en que la hostelería bilbilitana brilló con luz propia: el primer tercio del siglo, década de los cuarenta, y último tercio, desde finales de los setenta. De los primeros establecimientos hemos tenido noticias por nuestros mayores y de lo que ellos han dejado escrito, ya que casi todos habían desaparecido cuando nos encontrábamos en edad de visitarlos. La documentación para los segundos la hemos encontrado mezclada con nuestra propia experiencia ya que alguno estaba funcionando llegado el momento de merecerlos y, en lo relativo a los terceros, pudimos asistir al nacimiento, vida, milagros y transformación o caída de la mayoría.
Por último comentar que se ha procurado dar una visión lo más aproximada posible de la realidad, pero a veces, incluso las fuentes más fidedignas, pueden no ajustarse fielmente a la misma. Rogamos disculpen los errores y si, cuentan con datos diferentes, estaremos encantados de recogerlos al finalizar el paseo que, como verán en el programa de mano, consta de seis puntos en los que se hablará de los distintos establecimientos que sembraron, o todavía lo hacen, las zonas recogidas en cada apartado. Y, como no podía ser de otro modo, también se ha previsto tomar algo a lo largo del mismo, así que se efectuarán tres paradas en otros tres bares, donde, por el módico precio de dos euros, dispondremos de una consumición y una tapa.
Les deseamos disfruten del paseo y comenzamos ya con el punto uno.

 

1. PLAZA DE COSTA-PUERTA DEL AYUNTAMIENTO

Bares zona calle del Olvido, calle y travesía de San Antón, extensiva plaza de Costa.
Hasta el paseo, actualmente de las Cortes de Aragón, ha sido ésta la zona de los bares por excelencia y por derecho propio ya que todas las calles, Olvido, San Antón y Travesía de San Antón han estado sembradas de continuo por multitud de bares, tascas, antros… y principalmente casas de alterne que sazonaron la vida frívola bilbilitana. Entre los más destacados lupanares, allá por el año 1934, existía un café-espectáculo, se llamaba Maypú y se encontraba ubicado, más o menos en lo que hoy es un restaurante, en el 15 de la calle San Antón. En un anuncio de la época rezaba: “Dancing Maipú. Todos los días grandes sesiones de varietés”. Tenía su correspondiente escenario al que salían las señoritas bailando, cantando pícaras melodías o… quitándose una pulga que se les había metido entre las abundantes capas de ropa y que, en su intento de sacársela de encima, quedaban únicamente con la pulga por vestido. Señoritas con las que más tarde, el público masculino enfervorizado, podía gozar de su íntima compañía. Casi todos estos templos del descoco se situaban, como hemos dicho, en la zona del castizo barrio de Tenerías y calles aledañas, como el Bar Villa Rosa, igualmente en la de San Antón, pero también se podían encontrar en otras calles bilbilitanas, como el Bar Capricho, emplazado en la esquina cercana al Cine Principal, más o menos en lo que hoy es una librería. Al lado del Sepulcro, en la plazuela de San Marcos se ubicaba el Petit, de idénticas características que el Capricho, o el Bar Rosales, junto a la estación de ferrocarril.
En lo referente a las tascas supervivientes del antiguo barrio maldito, decadente desde mitad de los 50, en que se suprimieron las cortesanas, en la calle del Olvido se encontraba La Vasca, regentada hasta el último tercio del siglo pasado por sus ancianos propietarios, donde servían unos chatos de vino peleón en una barra que llegaba al cuello y, aunque únicamente sólo se expendía este producto, se podían ganar indulgencias si, al tiempo, se ofrecían unos rezos a cualquier santo entre el enjambre de imaginería y estampas que por allí había. Al comienzo de la vecina calle de San Antón, se localizaban también diversos antros y tabernas, con alguna especialidad poco elaborada en lo que a cocina se refiere, como las sardinicas del Bar Garrido, donde, además de un buen moscatel, se podía encontrar la típica fauna enológica; lo regentaba el señor Aurelio, apodado Patas Cortas y Zamorano. Al lado, El Forniés, con sus flamantes billar y futbolín, y el Bar Fonda Martín, que ofrecía algún producto algo más esmerado; fue fonda y casa de comidas de apreciable economía y, ya entre los de nuestra generación, conocido por La Guarra y muy solicitado durante las fiestas de San Roque, debido al poco decoro que requería durante las comidas; después de varios dueños y acertadas reformas en la actualidad alberga la Posada de San Antón, nombre que parece recuperado del siglo pasado y que correspondía al actual Mesón de La Dolores. Unos pasos más adelante se encontraba La Perla, hoy afamada pensión y casa de comidas con el mismo nombre, que comenzó siendo más hostal que taberna y donde, además de un buen vino, tenían fama los pinchos de lomo.
Y fue también en esta misma zona, a finales de los setenta, donde comenzó, junto con la recién estrenada democracia, una corriente progre en la que la incipiente juventud, emulando a los que nos llevaban unos años, comenzamos a iniciarnos en la antigua costumbre de ir de vinos y visitar las viejas tascas, práctica que dio pie a que jóvenes conocidos reabrieran, sin grandes pretensiones, las puertas de otros garitos cuya mayor novedad comenzaba a ser la música. El más famoso y de moda, La Loba Rosa, en la misma esquina de la calle San Antón con la del Olvido, ahora comercio de artesanía y recuerdos. Cutre como pocos, donde con la bebida podíamos comer algún cacahuete, aceituna o encurtido que sus dueños, Eduardi y Paco, ponían cuidadosamente en garrafas con vinagre. Allí echábamos las horas escuchando desde La Bullonera a los Rolling, pasando por Paco de Lucía o Triana, referente de aquella época de esplendor del rock andaluz. Enfrente, La Cabaña, anterior Málaga, Los Amigos y Los Maños, que abrieron Lahuerta y Santús en el espacio que constituía la esquina del derrumbe actual, donde había algún alimento más contundente para acompañar el líquido y cuyas especialidades eran la cecina, la longaniza y el chorizo. Más tarde, al lado, fundaron Los Maños, que pronto se convertiría en El Mafalda, posterior Groucho, Pitufibar y finalmente Chaplin, dirigido, durante un corto periodo de tiempo, por nuestro amigo de adolescencia Pedro Eito y que, otros dueños, mantuvieron abierto prácticamente hasta que el edificio fue derribado. Las Palmeras, El Manacor, viejos garitos que fueron reabriendo sus puertas y que se encontraban en la hoy casi desaparecida travesía de San Antón, actualmente muro perimetral del local de la Rouna.
Es extraño que por proximidad la plaza de Costa no se haya caracterizado por albergar establecimientos hosteleros durante el pasado siglo, o por lo menos no consta documentalmente. El Bar Rioja ha sido el único que conocemos y que todavía hoy se mantiene como bar de tapas. Lo abrió, en los 70, Enrique Rioja, quien anteriormente se encargaba del bar de la OJE, siendo siempre su especialidad, aun pasando por distintas manos, hasta nuestros días, los bacalaos y sardinas rellenas rebozadas.
(Vamos a por el segundo punto)

2. TRAVESÍA DE BUEN AIRE-LUIS GUEDEA (BAR LA RONDA)

Bares zona calle de Luis Guedea /Postigo de Tenerías, extensiva plaza Primo de Rivera.
Esta ha sido la zona donde, por su proximidad a la anterior y al paseo, se establecieron ya en la década de los 40 algunos bares de tapas, pero sobre todo en la de los 70 fue cuando alcanzaron su punto álgido, sumándose alguno de los musicales o disco bares, o sea, con equipo de música.

También extensiva a la plaza Primo de Rivera, bajo la atenta mirada de don Pascual Marquina, abrieron sus puertas varios establecimientos de solera. En la década de los 40 se inauguró La Unión, conocido por La Roya, denominación que se daba a la casa de comidas que esta familia tenía anteriormente en el piso de arriba. El responsable de la apertura fue uno de los once hijos de la rubia fundadora de La Roya, Juan Vela, conocido por “Magritas”, a quien muy bien se le puede considerar la piedra angular del tapeo bilbilitano y con quien se formaron muchos de los mejores hosteleros. Deliciosos los productos de temporada: los rebollones o las setas, y otras raciones de productos que no se podrían ofrecer en estos momentos, como los pajarillos fritos o los cangrejos de río recién traídos de Cimballa o de otros pueblos de la zona del Monasterio de Piedra en sacos de arpillera. Más tarde, abrió sucursales de las que hablaremos a su debido tiempo. Ya en la calle Reconciliación, aunque algo más tarde, se situaba El Monteagudo, regentado por Ignacio Monteagudo; local estrecho, con una larga barra y un mínimo espacio hasta la pared, siempre atiborrado desde las escaleras que bajaban de la puerta de acceso por un público demandante de posiblemente los mejores bacalaos y sardinas rellenas rebozados del lugar. En la misma acera, esquina con la calle de San Antón, La Herradura, donde Julián Moros dominaba el complicado arte de limpieza y preparación de la salmuera como pocos.

 

Los festivos al mediodía esta zona era un hervidero de almas que recorrían los establecimientos en busca del tradicional vermú, y siguiendo por la calle Luis Guedea, nos encontrábamos, a la derecha, El Dorado y El Trébol, en su primera ubicación, pequeños espacios, a los que se accedía por un par de escaleras, hoy locales ocupados por comercios de ropa. Enfrente, La Parrilla, con fachada recubierta de costeros, también restaurante de comida casera. Algo más adelante, a lo que hoy es tienda de moda femenina, se trasladó el Trébol, que lamentablemente cerró sus puertas a finales del siglo XX por jubilación. Regentado por Ángel Costero quien junto con su escoscada señora manejaban la plancha como pocos y la mantenían como los chorros del oro. Todo estaba exquisito en este establecimiento; a destacar las raciones de casquería, las setas de cardo y los rebollones cuando era temporada, los champiñones, los boquerones, las raciones de bravas y de torreznos y el congrio seco a la plancha que dejaba la boca en carne viva… Algún número más allá, el Río Club, regentado por Filiberto Mazagatos; con su sinfonola y sus dos alturas y donde al caer la tarde, en la superior, a modo de reservado, las parejas, sobre todo, daban cuenta de las deliciosas raciones de patatas bravas y otras delicadezas…
Antes de continuar, debemos recordar que fueron los 60 y los 70 los que recibieron las sinfonolas en España, máquinas de discos con selectores de melodía que reproducían música introduciendo monedas. También fue por aquel entonces cuando se puso de moda el bar con reservado; y no nos estamos refiriendo a un reservado para fumar o para celebrar una fiesta o cena privada; los reservados eran para lo que eran, pero sin llegar a mayores.
Dicho esto continuaremos en la acera de enfrente y volviendo hacia el Trébol, para encontrarnos La Ronda, hoy todavía abierto. Fundado por Eduardo Royo, destacaba por su doble vertiente de música y tapeo. Era local obligado para la modernidad bilbilitana, como rezaba en el posavasos o pegatina que lo identificaba: “Ambiente juvenil, música pop”; el formato era el mismo que el del actual, únicamente, en el pequeño espacio entre las puertas de la cocina y de acceso a los baños, se situaba una flamante sinfonola, siempre rodeada de clientes, disfrutando de los temas más actuales del momento, a la vez que se podía dar parte de un suculento bocadillo, entre los que destacaba el de tortilla de patata con mayonesa y salsa picante, que preparaban los modernísimos hermanos Félix y José Antonio, cuñados del fundador y posteriores dueños, recién llegados de Morata. Enfrente estaba El Ferchi, otro de los musicales, aunque disponía de algún encurtido o similares para pasar la cerveza; pionero disco bar, regentado por Fernando, de la saga de hermanos Pascual Yagüe, verdaderos especialistas en hostelería, donde hacía pinitos un jovencísimo Chiche, hermano menor, que más tarde, junto con otro de los pequeños, Michel, abrirían el Planta Baja unos pasos más allá, en la esquina con la travesía de San Antón; bar de copas y vermús que, como su nombre indica contaba con una planta baja para ambiente más cañero que en la superior; hoy permanece abierto con nuevas dirección y orientación. Algo antes, muy próximo, Isaac Lou había abierto El Gong que, mientras Isaac marchó a cumplir con la patria, fue atendido por el más musical de los albarranos, salvando al señor presidente y las distancias en los gustos musicales; bar especializado en música y buenas copas, que también tuvo su momento en que se lanzó con unos sofisticados bocatas y algún queso reseñable, como el de Mahón curado y el Idiazabal ahumado. Y entre El Planta y El Gong, El Boris, con buena música e inigualable ambiente, inaugurado y atendido por los hermanos Gracia Hernando, Fernando el Boris y Miguel, quien todavía hoy permanece al otro lado de la barra, según se mire.

Antes de continuar, como hemos dicho, todo el que se apunte tiene a su disposición, por dos euros, la primera consumición en La Ronda.

3. PASEO DE CORTES DE ARAGÓN I (MONUMENTO A LAS BANDERAS)

Bares zona Calle de López Landa, parte del paseo de Cortes de Aragón, extensiva calles de Madre Puy-Glen Ellyn y Pasaje-Justo Navarro.
Antes de internarnos en el paseo y aledaños, por su cercanía, dedicaremos un apartado a la calle López Landa que albergó, aproximadamente desde los primeros 70, y lo sigue haciendo, un buen número de bares, sobre todo de tapas.
Con el nombre del afluente del Ebro que discurre por esta ciudad, El Xalón, que nació más grande de tamaño, ya que contaba con un discreto reservado, como el Río Club, pero en este caso pegado al local actual; posteriormente quedó el espacio dedicado a bar y, con los mismos dueños, tenemos la suerte de continuar disfrutando de una variada carta de raciones, tapas y pinchos de calidad, así como de un amplio surtido de productos espirituosos o relacionados con el mocle. De aquellos, permanece, aunque ha cambiado varias veces de mano, El Ibiza, en tiempos destacado por los mejillones con salsa picante. También, en el chaflán con el paseo, continúa ofreciendo sus servicios El Anyelo, regentado por otros dueños en el local que ocupó en principio El Recreativo, que abrió la familia de Carlos Pinilla “el Gigi” antes de saltar de acera e instalarse al otro lado de la Nacional II. Siguiendo en López Landa, entre los desaparecidos, pero contemporáneos con los anteriores, mencionar El Mesón, pequeño restaurante ubicado en uno de los locales del solar que actualmente ocupa la peña Rouna, donde “el Popy” hacía unas espectaculares judías blancas y magras con tomate para chuparse los dedos; posteriormente pasó a ser una bocatería con el mismo mote. Muy cerca, a su izquierda, a modo de tasca, La Bodega, muy indicada para ir de vinos que acompañaban con unas excelentes almendrillas tostadas y, a la derecha, El Burguer San Francisco, pequeño recinto que, como su nombre indica, estaba ya casi en la plaza y cuyo producto estrella eran las hamburguesas, que daban su salto a la fama en aquel momento.
Y ya, en el paseo: arteria y orgullo de los bilbilitanos. El paseo de San Francisco, del Marqués de Linares, de Alcalá Zamora, de Calvo Sotelo o, actualmente, de las Cortes de Aragón ha acogido en todo momento cantidad, y se podría decir que lo más granado en establecimientos dedicados a la hostelería, alcanzando su mayor auge a partir de los 40, momento en que Calatayud iba despertando de la posguerra y se vislumbraban muestras de una época de mayor prosperidad. Junto al paseo discurría la carretera Nacional II que comunicaba Madrid con Zaragoza y Barcelona, con un incremento considerable de viajeros y coches convirtiéndose en parada casi obligatoria. La vida comercial y social se iba desplazando desde el casco histórico hacia esta zona y, por supuesto, los establecimientos hosteleros adoptaron un protagonismo cada vez mayor.
Pero, incluso con anterioridad, ya gozaba el paseo con un nutrido número de establecimientos dedicados a la hostelería, como El Goya, que abrió en el número 19 a comienzos del pasado siglo el pintor José Llanas con el nombre de Yudtalaca (Calatayud leído al revés) más tarde, al cambiar de dueño, lo rebautizó con el nombre de Shanghai, para terminar con Café Goya, con el que todos lo conocemos. Regentado durante muchos años por Gonzalo Arguedas y, hasta muy recientemente, muy bien dirigido por su hijo Pedro, ha sido siempre uno de los más considerados y visitados. Dignas de mención y de tradición las salmueras y croquetas, solicitadas y saboreadas lo menos por tres generaciones. Muy reseñable la variedad y cantidad de bebestibles de todo tipo. En este bar hemos pasado muchas tardes de domingo las familias bilbilitanas, cuando la televisión no había irrumpido prácticamente en nuestras vidas; hemos tomado vermú con nuestros padres y con nuestros hijos, cenado con los amigos, disfrutado de los vermús sanroqueros y de momentos inigualables… así que siempre hemos tenido cierta debilidad por el Goya. Recientemente ha comenzado su nueva andadura con otra dirección a la que deseamos toda suerte de venturas.
El Baviera ya existía en el número 9 del paseo de Alcalá Zamora. Hoy ocupa el local del antiguo Bar Cortijo que incorporaba una fantástica decoración taurino-andaluza y tenía un altísimo mostrador de mármol, con barra de latón y madera y rebosadero y servía unos bocadillos de atún con anchoas que quitaban el hipo.
Enfrente, muy destacable en su doble faceta como bar y restaurante fue, hasta hace pocos años, El Lisboa en su última y definitiva ubicación desde 1961, en el número 10 al otro lado del paseo, local que ahora ocupa una cervecería. Regentado y dirigido por un excelente cocinero, David Asenjo, fue decorado por Juan Cruz Melero, tenía capacidad para unas cien personas, y de allí nos queda el recuerdo de haber asistido a comuniones, propias y ajenas, bodas y banquetes familiares… de los entremeses, la merluza en salsa y los pijama de postre, cenas de ferias y comidas de trabajo… de las judías con chorizo, el cordón bleau, las angulas, y otros postres más sofisticados como el delicioso biscuit glacé o los monumentales soufflés que el propio David bordaba, como muchas otras de sus creaciones por las que recibió importantes premios e hizo que el restaurante Lisboa apareciese en la prestigiosa Guía Michelín.
Sin dejar los pares, frente a éste, en la antigua casa y locales que hoy ocupa Bantierra, se encontraba Casa Rogelio, fundado en la década de los cincuenta por Rogelio Pascual, con una capacidad algo más pequeña que el Lisboa, se ampliaba, con la llegada del buen tiempo, al añadir mesas y sillas en el exterior, costumbre que se fue extendiendo tanto al vecino restaurante como al resto de los bares del paseo, dando lugar, con el tiempo al actualmente frondoso bosque de terrazas. Muy apreciado era el ternasco con patatas, el pescado traído de Madrid y las tartas de frutas y coco. Dejó de funcionar como restaurante y fue bar hasta los años sesenta, a causa de la apertura en 1963 del Hotel Rogelio que, poco a poco tomó relevo del restaurante original, en la carretera Nacional II, entrando a Calatayud desde Zaragoza y que posteriormente se convirtió en el Hotel Calatayud.
Poco a poco multitud de bares fueron floreciendo y salpicando ambos lados del paseo, y continuando en los pares se encontraba El Recreativo, de los primeros con sinfonola, bar de vermús, cañas y copas, en la esquina con la calle Madre Puy, hoy tienda de telefonía. Zona donde también se establecieron, además del Dimas y el Restaurante Bílbilis, todavía en activo y famoso por los espárragos gratinados, algunos bares que no podemos omitir por su peculiaridad y proximidad a los del paseo. Justo al lado del Bílbilis abrió sus puertas en un diminuto local el Musical 2001, cobijo de nuestra adolescencia, cuyo mobiliario y decoración consistía en una pequeña barra al frente, donde se expendían los Vikingos y Frankfurt que elaboraban unos sofisticados electrodomésticos al efecto, hoy comunes sandwicheras y calienta pan y salchichas, varios popsters por las paredes, como mandaba el estilismo del momento, y una sinfonola en medio del local protegida por una especie de jaula que componían cuatro barras metálicas sujetas a suelo y techo. Para nosotros fue el colmo de la modernidad; allí nos empapábamos de Suzi Quatro, los T. Rex, los Slade y toda una suerte de novedades de importación y nacionales que también teníamos costumbre de escuchar en otra sinfonola, la del apartado de la sala de juegos que había enfrente, en el espacio que ahora ocupa el bar Caballero, y que muy pronto se convirtió en el Boy, Boy 2001 cuando cerró el Musical, y que heredó los famosos vikingos, que al fin y a la postre eran sándwiches calientes de jamón y queso y de bonito con tomate, pero que estaban de muerte. Allí anduvo como encargado de barra, antes de abrir su mesón, el buen Jerónimo, que nos aguantaba con resignación hasta escuchar, a menudo, a una de las camareras vociferar sin acritud “No hagáis el indio que llamo a Jerónimo”. Posteriormente fue el Máster, bar con restaurante en el fondo, que llevaron distintas direcciones.
Ya de vuelta al paseo, en la esquina frente al Recreativo, el también restaurante, José María, famoso por las magras con tomate y los huevos al salmorejo, en el local del actual Manhattan.
Muy cerca, en la esquina con el pasaje, El Lugano, cerrado recientemente y que fundó Carlos Pinilla el Gigi quien, con su tía Tati, la del Recreativo, en la pequeña cocina que ocupaba el fondo, nos inició en los Frankfurt con salsa de pepinillos y nos acogió en el altillo siempre que no nos venía bien acercarnos por el instituto. Muy reseñable cuando posteriormente fue dirigido por Julia y Ramiro, o Roque, quienes ofrecían un buen y variado producto tanto en la barra para vermús o picoteos como en las inolvidables cenas.
No podemos continuar sin entrar en el pasaje. Ubicado en el número 13 del paseo Cortes de Aragón, marcó un hito y, entre los 70 y 80, comenzó a llenarse de bares, de garitos, donde echar horas escuchando buena música. Uno de los primeros, y más querido, El People que se mantiene prácticamente igual desde que abrió sus puertas en 1979, con su dueño y con nosotros dentro…, justo cuando tocaron Los Tequila en la plaza del Fuerte… Y ahí continuamos, ensalmuerizados, el People, “el Fite” y nosotros, escuchando más o menos la misma música, en distinto soporte, eso sí, pero con idéntica calidad que el primer día y con decoración parecida, incluida la bilbilitana tapa de alcantarilla de 1930, que en su día fue colocada en el suelo en medio del local. Conocido familiarmente como La Cueva, para nosotros siempre será El People, ya que fuimos quienes elegimos su nombre que viene dado por la costumbre de pasar ratos en Marivella en las torres de unos y de otros celebrando reuniones de carácter festivo y, al finalizar, indefectiblemente, se decía “al people” o sea a Calatayud. El nombre del bar que uno de los nuestros iba a abrir vino sólo, no podía ser más obvio. También aprovechamos la ocasión para desvelar el nombre del propietario, José Luis Izquierdo que, a estas alturas, seguro muchos todavía desconocen. Prácticamente a la vez, enfrente, Paco y Eduardi, los de La Loba Rosa, abrieron El Pipper’s. A la vuelta del Fite, El Menta donde, además, Luis Bendicho servía unos bocatas vegetales excelentes. Poco a poco el pasaje se fue salpicando de locales, más o menos parecidos, con escasísima decoración y con la música como nexo de unión. Algo más tarde, El Bowling, El Bonn, El JJ Horses… Pero curiosamente los que dieron pie a este enjambre fueron tres establecimientos de otro género: El Geneve, que abrió un chico de Munébrega y que, antes de disco-bar, fue una pequeña cervecería con alguna ración y pinchos y de la que, como curiosidad, recuperamos la leyenda que rezaba en la caja de cerillas obsequio de la casa: “Estas cerillas son cojonudas, que encienden aquí y en Las Bermudas”; el Mesón Don José, en funcionamiento desde el 76 aproximadamente, donde se podía comer y picar, y El Hamilton, que abrió en el 75 Carlos “el Gigi”, el del Lugano, con un aire totalmente distinto y montado con un gusto exquisito; se trataba de un pedazo de pub al más refinado estilo inglés, con cuidada decoración en madera lacada en verde, preciosos chester de piel en el mismo color y elegante sillería en el mismo tono, que ofrecía una amplísima carta de bebidas, cafés, cocteles y copas que hacían raya a muchas afamadas cafeterías de la capital. Allí comenzamos a ver la música, o sea a ver vídeos musicales en una gran pantalla que instalaron en lo que hacía las veces de escenario, cerca del piano, donde tenían lugar pequeñas actuaciones, hasta que el video mató a la estrella… ya saben. Inolvidables Pachi y Pepe, hermano de Paco, el de La Loba y el Pippers que, como hemos dicho, ocupaba el local de enfrente.
Antes de continuar, y aunque se vaya de zona, queremos dejar constancia de que el verdadero culpable de esta tendencia y padre de tan novedosos locales fue El Cockin. Merece ser recordado, por rompedor entre los de su clase. Fue el garito por excelencia que fundó, en la década de los 60, Pascual “el Pirata” en la soledad del Parque de la Ribera, al otro lado del Jalón. Pascual cerró sus puertas y marchó a Ibiza donde, en un autobús, que ha gozado de fama y visitas internacionales, abrió otro singular garito con el nombre de El Pirata bus que posteriormente trasladó a Formentera.
De nuevo en los pares del paseo, próximo al Lisboa, El Ruedo, hoy local de telefonía, que abrió “Magritas”, el de la Roya, en la Semana Santa del año 1969, y continuó uno de sus hijos, otro Antonio Vela, conocido por “Potoño”, hasta el 2010. Inigualables las tapas y el manejo de la plancha, las patatas bravas, los pinchos de lomo completos y el típico estofado del padre, y los bocadillos de ternera mechada en salsa con champiñones, el pincho de solomillo y el particular sandwich Vitorio y los Hanford del hijo, empeñado en poner nombre a sus invenciones culinarias.
Un poco más allá del Rogelio abrió sus puertas Jerónimo o Mesón de Jerónimo (el de no hagáis el indio…) dentro de la tendencia bar-mesón, importada de los madriles, muy de moda por las urbas, donde preparaba raciones y bocadillos; especialmente buenos, los de madejas.
No queremos dejar los pares del paseo sin recordar la calle Justo Navarro, como prolongación del pasaje, donde reinaron discotecas, pubs y bares de distinto pelaje desde los 70, continuando y adecuándose a los movidos y modernísimos 80. Inolvidable, en un local de la desafortunadamente desaparecida casa azul, El Karma, su música y sus primeros dueños, los hermanos Gómez Longares, José Luis y Carlos, “el Bugui”, especialistas en buena música y en servir mejores copas. Cuántas horas vividas dentro y cuántos divertidos momentos. Enfrente, la discoteca Paco’s y el pub Paco’s 2, atendiendo al nombre de su primer dueño; por allí campaban camareros como los desaparecidos y entrañables, Antonio “el Bily”, Jesús “el muerto” y Arturo el de Paracuellos… José Luis, posteriormente el del Karma, el flamante disck jokey Miguel “el Pelos”, el portero de gran tamaño llamado Carenas y como encargado el incombustible y siempre recordado Bernardino Francia, el Nino, posterior dueño del Pub Havana, que ocupaba parte del mismo local y que posteriormente se trasladó a otra zona. Tenían la buena costumbre de traer actuaciones; ahí vimos a la Orquesta Mondragón, a la ex-primera dama de Zaragoza, Mari Cruz Soriano con su piano, a los Martes y 13, cuando todavía iba el de Daroca, e incluso tuvimos ocasión de desquitarnos con los pobres Pecos, curiosamente sin genitivo sajón, porque hay que hacer notar que, en este periodo, los nombres de los establecimientos tenían aires anglosajones, sobre todo era muy utilizada esta construcción gramatical para denominarlos, así la siguiente denominación de la discoteca hasta su cierre fue Tizza’s y el pub, Iris. También y justo al lado del Karma se ubicaba un bar de tapas y bocadillos, El Roble que, a la salida los domingos llenaban los mozos comarcanos que acudían a capazos a la disco y aprovechaban para “echar un bocao” antes de volver a casa. En los bajos de la misma casa azul, hubo un primer Comber que funcionaba como sala de juegos. La tercera discoteca en abrir sus puertas se encontraba también cerca de esta zona, concretamente en las calles Madre Rafols con Glen Ellyn: Vidrio’s, que después de sufrir un sospechoso incendio, finalizó sus días como pub. A su vera se ubicaba, sin dejar los anglicanismos, el Number One, al lado de la nueva de Loba Rosa, trasladada de zona, ambos con los mismos fundadores que la primitiva, que aún hoy uno de ellos le ha venido dando continuidad con el pomposo nombre de Buda y con aires muy distintos a sus padres y abuelos. El Number y la Loba finalmente fusionaron sus locales dominando la denominación más moderna. En su nueva configuración, contaba con una pequeña pista de baile con su bola de espejos incluida para el que se quisiera lucir y con una peculiar barra, grande y en el centro del local, la música era buena y los barmans inolvidables: Federico, uno de los hermanos Cañas más conocido por “Morgan” (capitán Morgan, porque hizo la mili en la marina), “Matute” e “Isidro”, quien realmente se llamaba José Ángel. En esa misma zona, en la calle Madre Puy, el mayor de los Cañas con otro socio, Ángel, inauguraron algo más tarde un soberbio local de copas, el Bianco. Pertenecía a la transición de bares-discoteca cuando éstas ya no estaban tan de moda. Contaba con cabina para el pincha, una barra de grandes dimensiones y zona exterior con terraza. Tuvo momentos estelares, ha ido cambiando de formato y dueños varias veces hasta el momento actual.
Ya en Glen Ellyn se encontraba El Jocha, curioso local con dos barras, que regentaban Chano y Jose, donde se estaba realmente a gusto, después cuando el infatigable “Gigi”, en su deambular bilbilitano volvió a sus orígenes, le llamó Happen. Algunos años más tarde hizo las delicias de nuestros hijos, con el nombre del Quinto Pino, y recientemente ha vuelto a ser ocupado por el pub Havana trasladado, como hemos dicho, desde la calle Justo Navarro.

4. PASEO DE CORTES DE ARAGÓN II (CABECERA DEL PASEO)

Bares zona principio paseo de Cortes de Aragón y plaza del Fuerte, extensiva calle de Jardines.
Trataremos desde aquí los bares situados al principio de los impares del paseo Cortes de Aragón y en la plaza del Fuerte:
En lo que hoy es Banco Zaragozano llenaba de alegría el comienzo del paseo el distinguido Café Pavón. Siguiendo el gusto del principio de siglo y el estilo del Ambos Mundos zaragozano, pero más pequeño y moderno en su decoración, sin dejar de ser elegante, liso, funcional y sin recargas. Tenía dos amplias puertas entre tres inmensos ventanales que lo llenaban de luz y, a la derecha, según se entraba, un magnífico mostrador que llegaba casi hasta la mitad del bar. Al final de éste había dos puertas, una que comunicaba con el hotel y otra de cabinas telefónicas, seguidamente unos amplios lavabos, y junto a ellos se encontraba la subida a los camerinos en los que se acicalaban las cantantes y, a continuación, la cocina. En el centro, corridos de columna a columna iban largos divanes de dos vertientes formando dos espaciosos recuadros adosados que prestaban intimidad a las tertulias, muy concurridas las tardes de los domingos a la hora de la merienda, por distintos grupos que escuchaban a las orquestas y a la vocalista. Frente a los servicios, anteriormente descritos, pegado a la pared y ante los divanes, se alzaba un alto entablado que soportaba el peso de un magnífico piano de cola. Por ese entablado desfilaron artistas que más tarde se hicieron famosos, como Jorge Sepúlveda, Ana María González, que realizó la creación del chotis Madrid, y Emilio el Moro. El Pavón fue el último de los cafés al viejo estilo de la provincia. Sirvió las últimas consumiciones a sus clientes el día 30 de julio de 1974.

A continuación, El Fornos. No hemos querido tocar el género hospedaje dentro de este recorrido, aunque hoteles, hospederías, pensiones y posadas las hubo y ha habido siempre en Calatayud, tanto en esta zona como en el casco histórico de la ciudad y, sobre todo, en las cercanías de la estación de tren, pero creemos que no sería ético pasar hoy por delante sin dedicar lo que se merece a este hotel, uno de los más antiguos de Calatayud, en funcionamiento desde principios del siglo XX, que en sus inicios sirvió como hospital de la Cruz Roja durante la guerra civil. Ha sido dirigido a lo largo de los tiempos por Antonio Zorraquín, por la familia Zuriaga de Teruel y actualmente por la familia Acero Oliete; en su planta baja alberga una coqueta cafetería con el nombre del desaparecido vecino bar Pavón. Por su excepcional ubicación ha gozado siempre de gran afluencia de clientes, sobre todo en fechas señaladas como las fiestas patronales o la Semana Santa. En cuanto a celebraciones familiares como bodas y comuniones y otros eventos, gozó de una época de esplendor desde los sesenta a los noventa. Sus especialidades culinarias más destacadas eran el ternasco relleno, los huevos al samorejo y el rape a la langosta. Indudablemente el Hotel Fornos es ejemplo de renovación para mantenerse como uno de los más prestigiosos de Calatayud.
El Café Lisboa, inicialmente, estaba situado en la Plaza de la República, hoy del Fuerte, y en el Paseo al mismo tiempo, ya que su forma de ángulo recto, rodeando a la primera sucursal de la Caja de Ahorros, le permitía tener dos amplias entradas por ambos sitios. Una por la que hoy es Banco Central y la otra pegada a la antigua fachada lateral de la Caja, por la Plaza del Fuerte, motivo por el cual era un café oscuro en su parte central. Al entrar por el Paseo, en el centro, a la derecha, se encontraba el mostrador de elegante madera oscura en sus frentes y, a la izquierda, el entablado donde estaba el piano y se colocaba la orquesta que acompañaba la actuación de la o el vocalista de turno. Poseía una decoración elegante y sobria y adosados a las paredes se extendían cómodos divanes, tapizados en marrón, ante los cuales estaban situadas unas mesas rectangulares de tablero negro. Nació este café a comienzos de los años treinta con el nombre de Vodka, pero al estallar la guerra civil se suprimió todo lo que tuviera relación con la Unión Soviética y se le retiró el nombre, sustituyéndolo por el menos embarazoso Café Lisboa. A comienzos de los cincuenta cerró sus puertas como café y fue dividido en dos locales. El del Paseo se convirtió en el Restaurante Lisboa y la heladería Los Italianos, regentada por un italiano llamado Venturi. Más tarde, el restaurante buscó el emplazamiento ya comentado y la heladería se trasladó unos números más al interior del paseo.
Sobre la década de los 60, comenzaron a ponerse de moda las cafeterías con cierto aire ostentoso, lujosas, muy al estilo de las que empezaban a ver la luz en las grandes ciudades y Calatayud tampoco se quedó atrás en este terreno. En el número 7, el Manila, que cambió de inmediato su nombre por el de Milán, ya que los del Manila madrileño no vieron adecuada la denominación del bilbilitano, y el dueño, muy avispado, eligió la actual que, además de referirse a otra gran ciudad, le permitió excusarse letras nuevas para el rótulo. Para nosotros siempre fue la cueva del Moris, apodo cariñoso con que llamábamos a Julián Moros (el de La Herradura) quien, junto con su hermano Melchor nos crió y aguantó pacientemente los ratos que permanecíamos fuera de nuestras casas, que eran muchos. En el Milán desayunábamos, tomábamos vermú, jugábamos la partida, celebrábamos todo lo que se tenía que celebrar y era punto de encuentro y de arranque para cualquier plan que se nos pusiera por delante. En verano, las horas las echábamos en la terraza, entretenidos y siempre asombrados con los camareros equilibristas, que se jugaban la vida al cruzar con la bandeja hasta arriba para atender las mesas ubicadas en la parte superior del paseo. El más arriesgado y profesional, Mariano, hermano mayor de los Pascual Yagüe, y que más tarde sería Mariano el de la Ronda; también campaba ya por allí un joven Pascual, hoy dueño del actual Milán. En esa época, y dada nuestra edad, dimos cuenta de una cantidad ingente de litros de mosto, servido en copa y con guinda verde o roja, según tocara, así como de cientos de “chupaytiras”, o sea rollitos de jamon y queso rebozados, que bordaba Melchor. Julián era experto en la preparación de salmueras, habilidad que traía incorporada de La Herradura, las mejores y de más calibre junto con las del Goya; incluso, los más pacientes, aprendimos el difícil arte del lavado y limpieza de dichos animalicos, cosa que más tarde hemos agradecido. Del modo que lo hace actualmente, la barra recorría el local, desde la entrada, hasta llegar al espacio que daba paso a lo que llamábamos el Milán adentro y desde donde también partía una escalera que dirigía al Milán arriba, en tiempos, otro reservado con asientos tipo autobús con un gran respaldo, denominado el avión, que a las chicas no hacía mucha gracia visitar. En el pequeño espacio que constituía este distribuidor, y que era nuestro rincón preferido, se encontraban una máquina de pinball, una novedosa máquina de tenis, que pronto tornó en marcianos y, como no, la sinfonola, con música de todo pelaje y que hoy sigue viva en casa de uno de nosotros como resultado de un trueque de género con el Moris, durante una de las reformas del establecimiento.
En la misma línea y acera, nos encontramos otro de los bares-ciudad europea, tendencia siempre muy recurrente para bautizar a los establecimientos hosteleros: El Roma, todavía en funcionamiento, cuyo primer dueño fue Tomás López, un profesional del ramo que llevó las fiestas de Santa Marta, patrona del gremio de hostelería, hasta su punto más álgido, a destacar las carreras de camareros y las vaquillas el día de la santa.
Y, a continuación, algo después, abrió sus puertas El Munich, bar de gran capacidad con una larga barra en la parte delantera y un espacioso salón en la de atrás, con una decoración muy del momento, fundado por Luis Muñoz y que, tras varias direcciones, cerró hace unos meses.
Como ya hemos comentado, todos estos bares contaban y cuentan con una extensa batería de veladores que llenan las dos márgenes del paseo sobre todo en la época estival en que se encuentran continuamente atiborrados, costumbre cada vez más extendida a lo largo del año, desde que entró en vigor la prohibición de fumar dentro de los locales.
Ya en la plaza del Fuerte, el periodista bilbilitano José María Navarro Ciria, hijo del también periodista Justo Navarro, decidió ampliar sus horizontes mercantiles y fundó en 1942 un café muy moderno, el último que se abrió de los de su especie y que gozó de una vida efímera. Se llamó Granja Arias y ocupaba los bajos del número 3, actual comercio de moda femenina. Más que café, propiamente dicho, era una chocolatería, repostería fina, salón de te y bar café, todo en una amalgama perfectamente combinada, que hicieron de aquel establecimiento el sitio de reunión más distinguido y de moda de Calatayud. Estaba montado sobriamente y con exquisito gusto, a base de madera oscura. El mostrador estaba entrando a la izquierda y, a la derecha, se encontraban las vitrinas que albergaban la más selecta repostería. Todo el fondo estaba dividido en reservados separados por celosías de madera que aportaban a la clientela una acogedora intimidad, sin dejar de estar integrados en el conjunto del establecimiento. Pero no tuvo el éxito que se esperaba y cerró pronto su parte de bar y café para convertirse en una confitería que permaneció abierta hasta comienzos de la década de los ochenta.
Esta plaza no se ha caracterizado por la abundancia de bares, a excepción de la Granja y una de las entradas del antiguo Lisboa como ya hemos explicado. En los setenta comenzó a funcionar el Mini bar, en el mismo sitio que el actual y de la mitad de tamaño. Lo abrió también Magritas el de La Unión, pero lo atendía el camarero de la Roya, Ángel, quien más tarde fue su propietario. Especialmente buenas eran las madejas y las raciones de sesos y de casquería en general.
Por proximidad no podemos olvidar la zona de la calle Jardines, hoy Coral Bilbilitana, que fue junto con el pasaje y Justo Navarro el Calatayud-la-nuit de propios y extraños. Allí fue fundada, por un señor llamado Negro de apellido, a finales de los 60, la primera y más fashion de las discotecas, y no sólo del lugar, nos estamos refiriendo. Estaba situada en la plaza Darío Pérez, donde tenía el acceso principal, y la calle Jardines, tal y como ahora ocupa su sitio una tienda franquicia. La Black & Black, luego Sarao, más tarde Prisma y Prisma Vera, y finalmente Imagen fue la discoteca por antonomasia, donde hemos crecido y desarrollado varias hornadas de bilbilitanos, y algún miembro de esta asociación debutado como disc-jockey, conocido en aquellos momentos como el Pelos. Dio para que la gestionasen sucesivas personalidades en la materia y muy profesionales camareros como el Pachi y Pepe, los del Hamilton, y Félix su cordial portero y, cuando ya fue Prisma, Chesare el Periflús, entregado encargado que volvió a revitalizar la disco y la zona. Su primitiva decoración respondía a la típica discoteca de la época, con la barra en primer término y detrás, discretamente oculta por unas enormes cortinas, la sala interior, donde se encontraban la pista de baile y los reservados. La barra quedaba debajo de una elegante escalera enmoquetada y con pasamanos tapizados y aderezados con cantidad de pasamanería que daba acceso a los baños y a la cabina del disc-jockey que, en un principio, se situaba en la parte de arriba al final de un vestíbulo, con un ventanuco por el que el pincha discos controlaba prácticamente toda la sala de baile. Algo más tarde la cabina bajó al espacio que se creó al efecto, entre el final de la barra y la pista. Aquí nos iniciamos muchos bilbilitanos en la buena música, porque casi toda era buena, y en bailar los estilos y canciones del momento, tanto movidas como lentas; sobre todo, movidas, ya que las lentas no requerían de mucha habilidad. Pasos de baile importados de otras tierras, como el más puro funky que traían los americanos que se encontraban por aquel entonces en la Base del Frasno. También fue el momento de comenzar a hacer pinitos en otros aspectos, relacionarnos con otras personas y consumibles con más o menos riesgo, como los sanfranciscos, empalagosos cócteles sin alcohol a los que daba derecho la entrada, por aquel entonces, de 15 pesetas. Esta emblemática discoteca cerró sus puertas al finalizar la época dorada de los bares musicales y de copas, que llevó consigo la decadencia de esta zona, en la que fueron muy reseñables, aunque convivieron con la discoteca ya prácticamente en los ochenta, un efímero y diminuto bar, que servía como escape de la Prisma: El Pub-lico, ocurrencia del propio César Periflús, ubicado en lo que hoy es tienda de chucherías y que fue el antiguo bar Talgo que hacía juego con el San Fernando o la guardia de Franco llamado así por encontrarse encima la antigua comisaría de policía, tascas procedentes de décadas anteriores, desaparecidas en el siglo pasado. Combinando con tan innovadores establecimientos andaba El Imperial un bar normal y corriente pegado a la entrada del antiguo cine Coliseo Imperial y que estaba muy concurrido, sobre todo, antes y después de las sesiones correspondientes, tanto en este cine como en el Principal que se ubicaba enfrente; de ahí que a ese espacio siempre se le ha conocido como la plaza los cines.
Y ahí nació El Metrópolis modernísimo, enorme e inigualable entre los de su especie. Ocupaba por completo el antiguo cine Coliseo, fue cuna del bacalao y del acid house. Cambió su nombre por el de Penélope hasta su cierre. También abrieron otros hermanos más pequeños: al lado El Volumen y enfrente El Trama pegado a la discoteca y el KGB, en la esquina con la calle de Juan Gualberto Bermúdez, muchos de los cuales fueron fundados por la cantera familiar de mozos de la vecina localidad de Carenas donde, indudablemente, se da un tipo de genética muy adecuado para estas cuestiones de la farándula. Toda la calle estuvo salpicada de garitos y constituyó, como hemos dicho, la zona de la calle Jardines, familiarmente denominada el barro y que se ponía los fines de semana hasta la bandera durante la época dorada del desenfreno bilbilitano.

5. RÚA DE DATO I. (TRAMO PEATONAL DE LA CALLE DE SAN ANTÓN)

Bares y casinos zona de la Rúa.
La Rúa de don Eduardo Dato, siempre calle principal que, a pesar de la escasez de bares y demás empresas del ramo con que cuenta en la actualidad, fue salpicada desde principio de siglo por casinos y espectaculares establecimientos, con exuberante decoración al gusto de la época, como el Café España, que era un café muy antiguo. Gutiérrez Solana, el pintor de los Cuadros de la España Negra, en su libro del mismo título, habla de él y lo sitúa a la entrada de la Rúa, a la izquierda, más o menos por donde hoy se encuentra el número 1, antigua tienda de confecciones de don Justo Malo y, hasta hace poco, uno de los establecimientos de la dinastía Ming, hoy lamentablemente tan en boga. Una tarde de 1912, cuando el café afortunadamente se encontraba desierto, se desprendió el cielo raso que estaba adornado con una pesadísima decoración de escayola, aplastando gran parte del mobiliario, incluidos el mostrador y el piano. El café España ya nunca volvió a abrir sus puertas en este lugar, sí lo hizo, poco más tarde, en el número 6 de la vecina calle Dicenta, en los bajos que despues ocupó, durante muchos años, el comercio de tejidos Las Nuevas Sederías desde que el café cerró sus puertas a comienzos de la década de los cuarenta y que hoy permanece dormido a la espera de su casi segura extinción. La puerta de entrada que se ve en la actualidad es la misma que tuvo el bar, y sus escaparates, los grandes ventanales que lo iluminaban. La decoración interior era clásica, al estilo imperante en aquella época para este tipo de establecimientos. A mano izquierda se situaba un mostrador no muy largo, con cafetera exprés y máquina de hacer sifón o agua de self. Había distribuidos por todo el local veladores redondos y rectangulares, con piedra de mármol, y sus correspondientes sillas. Tenía forma de escuadra, uno de sus lados daba a la calle Dicenta y el otro paralelo a la calle Gracián, cuyo fondo albergaba las mesas de billar.
El Café-Bar Iris ofrecía sus amplias instalaciones también en la Rúa de Dato ocupando los locales de varios comercios actuales, desde la joyería a la óptica, y con entrada por dos calles: la principal por la Rúa y otra más modesta por la calle Concepción. En un principio se llamó Café Romero hasta la década de los cuarenta en que cambió de nombre y dueño. El mostrador se encontraba en el centro del café, cuadrado, rodeando una columna, de chapa color verde mar, que lo hacía en su tiempo como único en su género. Otra singularidad del Café-Bar Iris era su escenario, colocado en un balcón a la izquierda a unos dos metros de altura del suelo, en el que se situaba la orquestina y desde el que cantaba la correspondiente vocalista o cupletista. Cerró sus puertas a finales de la década de los cuarenta y se convirtió en un almacén de alpargatas que, con la subida del nivel de vida también cerró, quedando finalmente dividido en los tres locales actuales.
En el apartado de CASINOS diremos que en los años treinta funcionaban en Calatayud cinco casinos.
El Casino Independiente, que a pesar de su nombre no era tan independiente, pues era de ideología marcadamente republicana, estaba ubicado a la entrada de la Rúa, en el primer piso del número 1, sobre los bajos que ocupó el comercio de confecciones de Justo Malo, ya mencionado. Estos locales del casino, durante la guerra civil (que ya estaba cerrado), fueron oficinas de la Comisaría de Abastecimiento y Transportes, donde se sellaban las cartillas de racionamiento, y los bajos, comedor de Auxilio Social. Es fácil suponer que su cierre coincidió, dada su ideología republicana, con la caída de la zona conservadora de Calatayud, cuando España se dividió en dos.
Próximo a este casino, pero en la otra acera, sobre lo que en tiempos fue Banco Zaragozano y más tarde tienda de confecciones, se encontraba el Casino Mercantil. Sin que fuera exclusivista, en él se agrupaban como socios la mayoría de dependientes de comercio en todas sus ramas. Dejó de existir este casino en la misma época que el anterior, aunque no por connotaciones políticas.
Algo más arriba, sobre lo que son hoy una librería y otros comercios, subiendo unas monumentales escaleras de antiguo palacio, en el segundo piso, cubriendo un inmenso salón a lo largo de gran parte de la Rúa, a la que se asomaban varios balcones, se encontraba el Casino Tradicionalista que, como su nombre indica, mantenía una fuerte ideología monárquica. Era un casino simpático que posteriormente se convirtió en Café Aragón. Su asidua e incondicional clientela la componían mayormente personas mayores que no se fueron renovando, y por ley natural ésta fue disminuyendo paulatinamente hasta que cerró sus puertas.
Otro café de solera, y que también cerró en la década de los cuarenta, fue el Nacional, antiguo Café París o Parisiana en los años veinte. De categoría y con un explícito anuncio en la prensa que rezaba: PARISIANA / Café-Bar-Restaurant / Economía-Confort-Prontitud / Servicio a la carta / Espacioso Salón-Bar, servido por elegantes señoritas, seleccionadas entre las mejores Tanguistas de los principales cabarets nacionales y extranjeros. Las hay de todos los colores, desde la rubia oxigenada a la negra castiza de los barrios trianeros. / NOTA: Todas ellas poseen una esmeradísima educación y han tenido profesor de baile./ El paso a Nacional no supuso una remodelación sustancial. Se encontraba ubicado en esta calle de la Rúa, casi frente a la iglesia de San Pedro. Era largo y estrecho, su fondo daba a la calle Gracián, con un mostrador clásico hecho de obra con dos grifos de cerveza y en la esquina de la derecha una brillante y grandiosa cafetera. El salón estaba repleto de veladores de mármol de tres patas y otros rectangulares donde se jugaba al dominó. En el fondo, al igual que su congénere el España, tenía instaladas las mesas de billar y, más al fondo, un reservado donde se jugaban clandestinamente fuertes partidas de póquer y bacarrá. Cerró sus puertas para convertirse en la Sastrería Moneva, comercio que también ha muerto y cuyos bajos ocupa ahora un establecimiento de muebles.
Volvemos a los casinos, situados en esta zona, para citar los dos que en la actualidad perduran: el Casino Principal y el Círculo Católico de Obreros.
El primero, instalado frente a la iglesia de San Pedro, fue en tiempos remotos hospital, y luego reconstruido palacio propiedad de nuestro héroe de la Guerra de la Independencia don José de L´Hotelerie, barón de Warsage, para finalmente transformarse en casino. Es sobrio y elegante, con unas decoraciones muy al estilo ochocentista con sus salones rojo y azul. En tiempos todavía cercanos tuvo una vida social muy activa, y entre sus socios se contaban lo que podíamos llamar la alta burguesía bilbilitana. Actualmente se mantiene vivo gracias al tesón de los socios, quienes lo cuidan con mimo para evitar que desaparezca de Calatayud tan valiosa institución.
El Círculo Católico de Obreros, fundado por Blas y Ubide, está situado en ese inmenso caserón de arcada puerta en la antigua calle de las Aulas, hoy Baltasar Gracián, paralela a la Rúa. Fue un casino agradable, cuyo nombre indica sobradamente quienes fueron los que lo frecuentaban y eran sus socios. En su configuración interior, mucho más modesto y sin lujos que el Principal, más rudimentario pero cómodo en su modestia. Dada su condición de casino católico, siempre ha sido el casino del clero. De hecho, actualmente, pertenece a la iglesia y alberga la sede de Cáritas.
También parece que hubo en Calatayud un Casino de Labradores, con vida efímera y sin saber muy a ciencia cierta cómo y dónde funcionó.

Desde que desaparecieron aquellos emblemáticos cafés, han sido pocos los que han pasado y de forma fugaz por la más importante arteria del callejero bilbilitano. Recordamos la cafetería La Rúa, bien montada en los antiguos locales de los Zamoranos, tienda diseñada por Rafael Moneo, hoy perfumería-franquicia y la pequeña expendeduría de café en la desaparecida confitería Bílbilis, en la esquina de los impares con la calle Dicenta. Bastante más arriba, Los Juncos, uno de los de solera que todavía permanece abierto, atendido por Loli y por su hijo, viuda de Eloy Mazagatos, hermano de Fili el del Río Club y El Siboney, en los bajos de la Fonda El Comercio, ambos desaparecidos no hace muchos años.

6. BODEGUILLA-PLAZA DEL MERCADO

Bares zona plaza del Mercado, Bodeguilla.
Nunca hubo bares espectaculares por esta zona, más bien tabernas y tascas, y en número reducido, posiblemente por la proximidad del Cuerpo de Guardia, ubicado hasta no hace mucho tiempo en el bajo del edificio del consistorio que hoy ocupa la Oficina de Turismo. Una de aquellas tascas, el Bar Valladolid, se encontraba en el número 1 de la cercana calle de Gotor, que fue fonda en otra época y cerró sus puertas en la década de los ochenta; contaba, entre sus atributos decorativos, con un deslumbrante acuario que despertaba admiración y era visitado por todos los chavales que frecuentaban los alrededores. Mucho antes, en el número 9 de la misma calle, se encontraba el Bar-Restaurante de Francisco Bueno “abierto toda la noche y servido por elegantes señoritas”.
Mirando hacia la puerta de Zaragoza no podemos olvidar la Tasca del Piojo, donde los de nuestra generación nos limitábamos a comprar pepinos en vinagre, a trozos o enteros que, ante la mirada de los parroquianos, nos llevábamos con un puñado de sal en la mano libre o en un trozo de papel de periódico y que, entre otras cosas, su ingesta tuvo el efecto de vacuna y creó en nuestros organismos una serie de anticuerpos que nos hicieron inmunes a males mayores. Como en casi todas las tabernas de rancia solera se podía disfrutar de un vino, nada parecido a lo que ahora acostumbramos, de revueltos y ardientes cazallas que los mayores utilizaban para acompañar la tapa de la casa, como hemos dicho los pepinos en su caldo de cultivo. Cerró ya empezado el siglo actual con el nombre de El Trillo.
También por proximidad el celebérrimo Bar Sevilla, fundado en 1925 situado en la plaza de la Trinidad, hoy plaza de don Antonio Bardají, fue el primer café que instaló una cafetera exprés Pavoni. Pasó por varias manos y fue bar y restaurante. Desde 1983 está regentado por Jesús Tallón y hace diez años fue trasladado con sus actuales dueños y la reproducción de La Giralda, obra de Estarán, a la castiza calle de la Bodeguilla. Quienes lo frecuentamos consideramos que su especialidad actual son las tiras de bacalao rebozado y las sardinas rellenas. Aunque, a veces, el buen Jesús innova con alguna tapa de nouvelle cuisine con sabor aragonés que nos deja pasmadicos.
Justo enfrente del actual Bar Sevilla, La Antonia, antigua Casa Langa que permaneció abierta desde 1971 a 1983. Contaba con una moderna máquina de hacer churros y fue refugio de los descansos de la Academia Pellejer. Algo más arriba, en la esquina con la plaza del Mercado, donde estaba el antiguo comercio de Los Choriceros, fundó La Bodeguilla César Tallón, hermano de Jesús el del Sevilla, que permaneció abierto de 1982 a 2004 y que continuó con la tradición churrera de La Antonia. Era muy frecuentado, sobre todo por la mañana, ya que la plaza del Mercado y aledaños fueron, hasta hace poco, el centro neurálgico de compras mientras funcionó a pleno rendimiento el mercado central y los distintos colmados de los alrededores.
Y como colofón y cierre de este paseo hemos dejado uno de los más genuinos desde hace años: La Unión. Conocido anteriormente por El Quique, debido lógicamente al nombre de otro dueño, precisamente de la familia de Antonio Vela el de la primera Unión y que permanece abierto desde 1940.
Ejemplo singular de bar expendedor de espirituosos y lamineras tapas; en la actualidad quien lo regenta es uno de los pocos que continúan dominando el arte de la plancha, Pascual Marín. Se trata de un reducido espacio donde igualmente se pueden degustar unos fardeles o deliciosa papada que unas cigalas o contundentes guardiaciviles.

Vamos a por la segunda consumición que, recordamos, previo abono de dos euros, nos han preparado en El Sevilla.

FINAL. BAR LA UNIÓN

Seguramente hemos dejado en el tintero un buen número de estos santuarios de diversión, cosa fácil cuando ha habido tantos y por supuesto diseminados por otras zonas menos concurridas que las elegidas por creer que los aglutinaban. Nos hubiera gustado alternar tanta palabrería con imágenes, pero encontramos poco material al respecto y decidimos obviarlo al ofrecer este panorama de la hostelería bilbilitana a lo largo del siglo XX que esperamos haya sido de su agrado y que sirva como homenaje, hoy, día de santa Marta, patrona del gremio de hostelería, a tan nutrido colectivo, al que tanto debemos.
Hemos preferido hacer las dos últimas paradas seguidas para evitar demorar mucho el paseo y por desenvolvernos con mayor comodidad, ya que en este espacio estamos más anchos y distendidos. Así que será en La Unión, por el mismo precio que en los anteriores, donde nos tomaremos la última.
¡Salud!