Calatayud

 

Calatayud

(Texto parcialmente reproducido de la obra Cultura popular de la Comunidad de Calatayud, escrita por José Ángel Urzay Barrios, y publicada en Calatayud por el Centro de Estudios Bilbilitanos y la Comarca Comunidad de Calatayud, en 2006. El capítulo correspondiente a Calatayud está firmado conjuntamente por Manuel Casado López y José Ángel Urzay Barrios.)

LA CIUDAD

El recinto amurallado musulmán de Calatayud es uno de los más interesantes de España. Quedan restos de cuatro fortificaciones: Castillo Mayor o de Ayub, Reloj Tonto, Doña Martina y Torremocha. La quinta estaba en el actual emplazamiento del santuario de la Virgen de la Peña. De las cuatro puertas de la ciudad, desaparecida la de Alcántara, restan tres: la flamante Puerta de Terrer, con la Fuente de Ocho Caños al lado; la de Zaragoza y la de Soria, ésta última no visible porque está integrada en una propiedad particular. Varios postigos a lo largo de la muralla facilitaban las entradas y salidas de la ciudad.

A principios del siglo XX Calatayud era una ciudad con tres ambientes muy diferenciados: los viejos barrios de agricultores, el centro comercial y la zona industrial. Los barrios de labradores se extendían por el casco viejo en las laderas de los barrancos. A ambos lados de la calle Soria están los de La Purísima o Puerta de Soria, Verde, El Cristo, Lo Picado, La Paz y Morería. En la zona de la Ronda del Puente Seco y las Pozas, se asientan San Roque, La Rosa, Torremocha, Consolación Alto y Bajo y el Barrio Nuevo. En torno a la Rúa, la plaza de España y el paseo estaba la zona comercial y de servicios, a la que han acudido siempre todos los pueblos de la comarca. Al otro lado del río, en los alrededores del camino de la estación, se levantaron numerosas industrias: azucareras, harineras, licoreras y fábricas de jabones. Habían nacido, además, los nuevos barrios de La Estación y de las Casas Baratas, conocido también como San Antonio.

Bastantes casas-cuevas y cuevas quedan en los viejos barrios de Calatayud e impresionan por su tamaño. Muchas servían como almacenes de cáñamo y forraje para el ganado. En ellas vivieron también familias hasta los años 70 del siglo pasado. Estaban ubicadas en las estribaciones de los montes cercanos a los viejos barrios de labradores, con ejemplos visibles en la actualidad. Están excavadas en rocas sedimentarias yesosas, un material fácil de trabajar, que permitía ampliar las viviendas según las necesidades familiares. Algunas cuevas tienen incluso dos plantas. La piedra que sacaban era reutilizada para edificar delante de la cueva y levantar una tapia que cerraba la propiedad, dando intimidad a sus moradores. Conseguían de esta forma un espacio adicional, que utilizaban como jardín o zona soleada. Las condiciones de habitabilidad de estas cuevas eran óptimas porque, manteniendo todo el año una misma temperatura, amortiguaban los contrastes térmicos tan extremos de la zona.

La zona llana del casco histórico está minada por bodegas, imprescindibles en tiempos pasados, hoy abandonadas o cegadas casi todas. En algunas bodegas y en solares excavados para construir son todavía visibles los restos de arcos de ladrillo que sujetaban un trazado de amplios pasadizos, que formaban una red subterránea urbana.

Las iglesias del casco antiguo de Calatayud ofrecen todas ellas un gran interés: San Andrés, con su elaborada torre mudéjar; Santa María, barroca, con su espectacular torre, portada plateresca y los claustros; el Santo Sepulcro, iglesia matriz de su Orden; San Pedro de los Francos, gótica, escenario de Cortes de Aragón; la Virgen de la Peña, con restos de yeserías mudéjares; San Juan el Real, templo jesuítico en todo su esplendor. Todas ellas ofrecen interesantes muestras de religiosidad popular en sus retablos, cuadros e imágenes.

Cayeron bajo la piqueta las iglesias de San Juan de Vallupié, San Pedro de los Serranos, San Miguel, San Torcuato, Santo Domingo de Silos, San Martín, Santiago, Santa Cristina, Santa Lucía, San Marcos y El Salvador, ésta última integrada en San Juan El Real. Algunos solares donde se levantaban estas parroquias se han convertido en recoletas plazoletas que forman parte del entramado urbano actual.

La monjas abandonan los últimos conventos. Sólo permanecen dos congregaciones religiosas de clausura: las Capuchinas, junto al paseo, y las Dominicas, en el barrio de Las Cruces, en los terrenos donde José María López Landa tenía su torre, luego heredada por su ahijado Salomón Urgel (Las cinco últimas monjas dominicas salieron del convento de Calatayud en septiembre de 2015). El número de conventos desaparecidos durante los siglos XIX y XX supera al de iglesias parroquiales: San Pedro Mártir, Santa Clara, La Merced, San Francisco, San Benito, reconvertido en auditorio municipal, el primer convento de Carmelitas Descalzas, Capuchinos, Carmelitas Calzados, San Antón, Trinitarios y Agustinos o de La Correa. Han quedado vacíos recientemente los de Salesas y Carmelitas Descalzas.

El Hospital del Señor San Juan de los Labradores, llamado también El Hospitalillo, situado en la calle de Soria, es una reliquia de los hospitales medievales privados, que unas cuantas familias han sabido preservar generación tras generación. Conserva todavía pequeñas habitaciones y una sala con varios cuadros de la vida de San Juan. La capilla de San Clemente en la calle Desamparados formaba parte de otro hospital de la ciudad.

El Casino Bilbilitano o Principal y el Círculo Católico de Obreros son dos reliquias decimonónicas, el primero, de la burguesía dirigente y el otro, del catolicismo más acendrado.

Conserva también Calatayud interesantes ejemplos de palacios renacentistas aragoneses, como el de Sessé y el de los Pujadas, más tarde colegio de maristas, que será futura sede de un museo del arte mudéjar (Una vez restaurado se utiliza desde marzo de 2015 como sede de la Oficina Delegada del Gobierno de Aragón). Al lado está el Palacio Episcopal.

La plaza de toros, construida en 1877, ha sido desde entonces el coso taurino al que han acudido los aficionados a las vaquillas, los toros y las charlotadas en las fiestas de agosto y de septiembre.

La nómina de ermitas bilbilitanas, contando las que se mantienen en pie, las arruinadas y las desaparecidas, impresiona por el elevado número de estas construcciones religiosas populares levantadas a lo largo de los siglos.

En el casco urbano restan varias ermitas y un oratorio. De otras, como la de Santa Bárbara, que no debemos confundir con la ermita del mismo nombre del barrio de Soria, o la de Santa Ana, ambas en el entorno de La Cuesta de Santa Ana, sólo tenemos la constancia documental.

La ermita de La Purísima, construida originariamente sobre uno de los torreones de la Puerta de Soria, fue ampliada en fases sucesivas. Entre otras imágenes y cuadros, conserva uno de Santa Bárbara, procedente de la arruinada ermita de Santa Bárbara, ubicada en el paraje de Valparaíso, a la derecha del camino viejo a Soria.

La ermita de San Roque domina la ciudad desde el cerro, con los barrios de San Roque y de La Rosa a sus pies. Remozada siglo tras siglo, es una de las más antiguas de Calatayud. Todo un símbolo de la ciudad, es el escenario perfecto para la novena y las fiestas de su co-patrón en agosto.

La ermita de Consolación fue la sinagoga mayor del barrio judío, reconvertida en templo cristiano. Durante muchos años se utilizó como almacén municipal, hasta que se limpió y se abrió al culto en la década de los sesenta. Su fachada rehabilitada muestra las dos viejas puertas de entrada a la sinagoga.

El Oratorio del Venerable Ruzola, llamado también Nuestra Señora del Buen Parto, en la plaza del Olivo, ahora sede de la Cofradía de San Pascual Bailón, es una capilla construida sobre el solar donde nació Fray Domingo de Jesús María Ruzola. Presenta nave única, cubierta de bóveda de lunetos, con un gran lienzo al óleo, que sirve como retablo mayor.

El resto de ermitas se localiza en los alrededores de la ciudad.

La ermita del Cristo de Ribota ha sido reconstruida varias veces, la última en la década de los cuarenta del siglo pasado por la Hermandad de la Vera Cruz y el Santo Cristo de Ribota. Los arreglos se prolongaron durante varios años, colaborando voluntariamente todos los cofrades. Incluso preparaban ellos mismos las hornadas de yeso para la obra. El complejo eremítico está formado por el templo de una sola nave y numerosas dependencias adosadas. Contiene interesantes cuadros de religiosidad popular. En el campanario se conservan los nidales de un palomar.

Las ruinas de la ermita de Santa Cruz de Armantes se localizan en un montecillo cubierto de pinos, encima del Cristo de Ribota. Delante del edificio, que muestra restos de arcos diafragma, está perfectamente delimitada la explanada donde los fieles almorzaban el día de la fiesta. Una mano piadosa ha colocado en la hornacina unas sencillas imágenes religiosas.

Las ruinas de San Florén apenas son reconocibles en las últimas estribaciones de la Sierra de Armantes. La vieja ermita de la Virgen de Illescas sufrió tantos destrozos a causa de los accidentes de circulación que quedó completamente inutilizada, siendo sustituida por otra nueva, construida en la entrada de la carretera al valle del Perejiles. La ermita de Santa María Egipcíaca, sobre el cerro de la Virgen de Illescas, desapareció hace tiempo.

La ermita de San Cristóbal fue levantada por la cofradía del santo en el año 1985. Su moderna silueta sobre un cerrillo salpicado de enebros vigila a los automovilistas junto a la autovía. Sustituyó a la de San Cristóbal de Meli, en ruinas sobre un altozano en el pago de Meli, cerca también de la autovía.

La ermita de San Íñigo, polvorín en la guerra civil, refugio de pobres durante años, ha quedado tapiada. Al lado estaba la ermita de San Antonio, ahora zona deportiva del barrio, sustituida en sus funciones religiosas por la actual iglesia de San Antonio junto a la carretera.

En el Calvario, donde sólo queda una robusta cruz de cemento colocada en el año 1928, estaba la ermita de Nuestra Señora de la Cepa, de la que restan algunas paredes y cuevas excavadas en el monte, donde antaño habitaron los trinitarios.

La moderna ermita de Marivella, junto al complejo hostelero, está consagrada a La Virgen del Pilar.

San Lázaro se situaba junto al puente del Jalón y San Ramón, en el merendero que ahora lleva su nombre. Desaparecieron también las ermitas de la Soledad, junto al cementerio, y de la Virgen de Adanta.

En la carretera de Terrer el tiempo y el olvido se tragaron las ermitas de San Blas de la Valtorrina, de Nuestra Señora del Rosario, reconvertida en merendero en el barranco de la Bartolina, de Santa Catalina, cerca de la anterior, hacia el puente Algar, de Santa María Terciana y de San Julián.

EL TÉRMINO MUNICIPAL

El extenso término municipal de Calatayud ofrece todavía un interesante patrimonio arquitectónico popular, a pesar de la desaparición en las últimas décadas de una parte importante de las construcciones agropecuarias.

La sierra de Armantes, repoblada de pinos que apenas medran por la extrema pobreza y aridez del suelo donde se plantaron, esconde en su interior la fuente de Maño Maño, nombre cacofónico y misterioso con resonancias baturras, apenas visible para quien desconozca su emplazamiento, debido al enterramiento sufrido por los aluviones que deposita el barranco. En la entrada de Armantes desde la vieja carretera a Soria, el azud sagrado, que desvía las aguas por un barranco artificial hasta el Barranco del Salto, nos impresiona por su sencillez y funcionalidad. A pesar de la presencia del viejo azud, aún fue necesario horadar a principios del siglo XX la mina, que va del barrio de Soria al barranco de la Longía o del Guano, túnel que chicos y chicas atravesaban para demostrar su valentía. A veces algunos se escondían en su interior para hacer miedo a los más osados. Antes de estas obras el barranco inundaba por la Rúa la ciudad, situada en el cono de deyección de los montes de alrededor hasta el Jalón.

Por el barranco de las Pozas arriba se llega al paraje del Corral Blanco, vigilado por el Cerro del Hornero. Se han perdido ya casi todas las balsas, que servían para regar pequeños huertos y abrevar el ganado. Es un barranco que también inunda torrencialmente a la ciudad por la zona del Puente Seco. De las neveras del barranco de las Pozas sólo es reconocible una de ellas, excavada en la roca de yeso, junto a unas eras con hormas y pajares de piedra moya.

A la izquierda del camino de Carramoros apenas quedan restos del Cementerio Viejo, identificado por algunos estudiosos como el cementerio judío. Siguiendo por el camino nos aguardan pequeños manantiales y una pieza, La Peonada del Moro, llamada así porque, según la tradición oral, con tanto ahínco trabajó un moro en ella que murió agotado por el esfuerzo realizado. El ancho camino actual muere en la cuesta Arrancapedos, muy cerca de la Cueva de Quiscuas, refugio de bandoleros que asaltaban a los viajeros.

La Dehesa de la Sierra Vicor ha sido tradicionalmente la gran despensa de leña para el invierno bilbilitano. Un poco más abajo de la casa forestal, el paraje de San Vicén conserva restos de su ermita, la casa y una gran balsa de obra, que regaba unos huertos. Las dehesas particulares de Calatayud eran dos, la de Celorrio y la de Caballero, con aprovechamiento de leña y cinegético para cuadrillas de cazadores bilbilitanos.

Los cerros de Villalvilla y el Monte de San Pedro constituían también una notable reserva de aliagas y leña de chaparras. Su tala era controlada por los guardas de campo. Los leñeros preparaban fajos que se transportaban en caballerías hasta la Plaza de La Leña. Al comienzo de la década de los 30 el precio era de un real por dos fajos, que se compraban en la misma plaza o bien subían por los barrios ofreciéndolos casa por casa. La leña era almacenada en las triminadas, que son la parte final de las tapias que cierran el patio de las casas de los barrios.

Los peirones son llamados en Calatayud pilones. El pilón de San Vicente, en la subida a la ermita de San Roque, es un bello peirón de ladrillo, que preside la era donde se reparte el chocolate la madrugada del 16 de agosto. Hay otro pilón de San Vicente, cerca del Castillo del Reloj, un monumental pilar desde el que se obtiene una vista panorámica de la ciudad. Según la leyenda, desde allí pronosticó San Vicente Ferrer que Calatayud perecería cubierta por las aguas y por eso San Roque se subió a un cerro más alto.

En las inmediaciones de la antigua fábrica de harinas La Merced quedan en pie dos pilones con las hornacinas vacías, muy alejados de la tipología habitual de los peirones comarcales. Son una réplica de aquellos que se levantaban en los terrenos propiedad de la harinera, hoy explanada y centro comercial, que honraban a la Virgen del Pilar y San Roque. Un tercer pilar, bajo la advocación de la Virgen de la Merced, de similares características a los dos anteriores, está junto al chalé, en la entrada del camino de Mediavega.

El peirón votivo al Corazón de María fue levantado en el año 1954, adosado a una casa en el paraje de San Ramón. Es un pilar de ladrillo incrustado en la tapia del edificio. Nos cuentan que en otro tiempo estuvo aquí un oratorio de San Vicente Ferrer.

Detrás del Santuario de la Peña, en un borde rocoso que mira a la vega y a la ciudad, se levanta una estatua del Sagrado Corazón de Jesús. Los vecinos de San Roque y de La Rosa se molestaron en su día porque les daba la espalda.

Preside la entrada del cementerio de Calatayud una cruz de piedra de fuste redondo sobre una grada con tres escalones. En el cementerio nos llama la atención el pozo para coger agua, que se utilizaba en la limpieza de lápidas. También se mantiene el campanillo, para avisar que acaba el horario de visitas.

Los azudes y acequias de Calatayud forman un conjunto excepcional, que permite regar una de las mejores vegas tradicionales de España. En los términos de Calatayud, Paracuellos de Jiloca y Terrer se ubican los azudes de épocas remotas, donde nacen las acequias que riegan los pagos de ambos lados del río. Una gran parte de esta tupida red de acequias y canales ha desaparecido o variado su itinerario por la expansión urbana de Calatayud.

Del azud de Meli en Terrer parte la acequia de su nombre, que abastecía a su azucarera, y regaba los pagos de la margen derecha del Jalón hasta llegar a la vega de Huérmeda por la Torre de Anchís, después de salvar el curso del río Perejiles con un sifón. En Calatayud suministraba agua a la azucarera, a CAMPSA y a las estaciones de ferrocarril. Otras acequias de Terrer se prolongan por el término de Calatayud en ambas márgenes; la acequia de Algar es continuación de la del Molinar, mientras que las dos acequias del Paguillo lo son de la acequia Compén. El azud de Albudea, llamado también de la Torre Guara, junto a la torre de su nombre, riega la vega de la margen izquierda hasta desaguar por la Bartolina.

El azud de Anchada o de Vergara se levanta aguas arriba de la Bartolina y sirve para regar la margen izquierda del Jalón. En el paraje de Las Fuentes se derivaba un canal para el almacenaje del agua en depósitos, que, una vez tratada, se empleaba como agua de boca. Entraba la acequia por el casco urbano y por el convento de carmelitas, que se beneficiaban de sus aguas recogiéndolas con una noria. El curso de la acequia formaba los lavaderos a la altura de la actual entrada a la calle Fernández Ardavín. Más abajo se ven todavía dos grandes tajaderos, cubiertos con una reja. La acequia se dividía en dos brazos: uno seguía hacía el río, tras utilizarse en la fábrica de licores de los Esteve; el otro, atravesaba la ciudad, siendo utilizado para usos industriales y el riego. Un ramal desaguaba en el Jalón y otro sigue en la actualidad por Anchada hasta Huérmeda y Villalvilla, desaguando en la desembocadura del Ribota con el Jalón.

Además de los azudes para regar, otros fueron construidos para usos industriales: azud de Carrau, en el paraje de la Bartolina, para la fábrica harinera de su nombre, que llevaba el agua por La Serna y Galápago; azud de Sancho, en el casco urbano, para mover las turbinas de su fábrica de harinas; azud de la Merced, por la margen derecha, cerca de la fábrica de harinas, hoy en desuso y casi cegado, aunque todavía es visible su ubicación; azud de Huérmeda, para regar y generar electricidad; el espectacular azud de Villalvilla, construido en 1945, que desvía el agua a un túnel horadado en la montaña para mover las turbinas de la central eléctrica de Embid de la Ribera. Estos dos últimos azudes alimentan acequias por ambas márgenes, regando los pagos de Peña de la Abuela, Campiel y Santos.

También en los azudes, sobre todo en los más cercanos a la ciudad, se daban cita las cuadrillas de jóvenes para nadar y refrescarse después de la jornada laboral estival.

Pequeños azudes permiten también el riego en el Ribota y el Perejiles, algunos ubicados en Torralba y Villalba, respectivamente. La mayor parte de las acequias que riegan los pagos del Jiloca son continuación de las del vecino Paracuellos, entre ellas La Saladilla, que desagua al Jalón cerca del paraje de San Ramón. También en Paracuellos hay dos azudes; del más alto salen las acequias de Cifuentes y La Marcuera, mientras que en la raya con el término bilbilitano está el azud de Peitas.

Se completa el sistema de regadíos con algunas balsas que recogían el agua de manantiales por todo el término, sobre todo en la Sierra Vicor. La balsa de San Vicén es la más grande de todas.

La fuente y balsa de Marivella, lugar de excursiones para generaciones de bilbilitanos, están completamente secas.

La balsa de los Nudos, cubierta de maleza, se ha salvado por los pelos de las obras de la autovía. Cuenta la tradición que todo el que bebía en la balsa, hacía luego un nudo en los juncos para que no le diese un torzón.

En toda la zona de Marivella y de los pequeños valles que descendían de la Dehesa de Vicor abundaban las balsas y manantiales. El agua recogida regaba un puzzle de pequeños huertos donde medraban las hortalizas, aprovechadas para el abasto familiar. La sequía, el abandono progresivo de la agricultura y la sobreexplotación de los acuíferos han acabado con todo este sistema tradicional de regadíos. Por si fuera poco, las obras de alto impacto ambiental de la autovía y del AVE han destruido uno de los parajes más bellos de Calatayud.

La balsa de Valderramio está en un barranco que desde la Vicora desagua al cauce del Perejiles. La balsa de Valdehurón es un pequeño oasis de verdor en medio del seco terreno circundante. La balsa de Valparaíso, junto a la carretera vieja de Soria, aún riega varios campos de árboles frutales. La balsa de Valdearnero, que está enclavada en una zona tradicional de viñedos del Ribota, está oculta por la abundante maleza.

En el paraje de Los Prados, en la zona de Cifuentes, nace un manantial, hoy protegido por una moderna caseta, cuyas aguas se encauzaban por una sangrera de obra, que abasteció desde hace siglos la Fuente de Ocho Caños, el abrevadero y el lavadero, situados en lo que hoy son viviendas al inicio del paseo Fernando el Católico.

El agua del Jalón era buena para beber, pero las frecuentes avenidas la hacían poco recomendable para uso de boca. Todas las casas tenían tinajas, que llenaban del río en enero, cuando el agua bajaba más limpia. Años más tarde se captaba el agua en el paraje de Las Fuentes y se aposaba en balsas. Luego se elevaba a los depósitos con medios mecánicos y desde allí se distribuía por la red urbana como agua potable. Las viviendas disponían de un depósito, que ocupaba menos espacio que las tinajas, e iban llenando desde el grifo para que el agua se clarificara porque venía con muchas impurezas y lodos. Con la traída de agua desde el embalse de La Tranquera y el aporte de caudal de los pozos de Ribota se solucionó el problema del agua en Calatayud.

Hasta finales de los años 60 del siglo pasado se mantuvo en Calatayud la tradición de los aguadores, que repartían agua de calidad. La cogían de la fuente de Marivella en una cuba y sobre un carro tirado por un abrío la repartían a domicilio por los barrios; sus mujeres e hijos colaboraban en esta faena. Si la botija o el cántaro se llenaba a pie de calle, tenía un precio y si se subía a la misma casa, había un incremento. Mariano Cabello, Jesús Gómez, El Cuco, El Pesetes, El Calín y El Palomo fueron los últimos aguadores, que ya al final de la década llenaban sus cubas en la fuente de Huérmeda porque en la de Marivella manaba muy poca y arrastraba mucha arena.

Los ferroviarios de los barrios de La Estación y de San Antonio se abastecían de agua de Alcuneza de los fudres o vagones cisterna que se estacionaban en los muelles de RENFE. También desde los manantiales de Fuentes de Jiloca y Velilla suministró agua Anadón en una camioneta.

En las inmediaciones de Calatayud prestaban sus servicios las ventas. En dirección a Zaragoza todavía podemos ver la venta de San Ramón, ahora un asador, y la venta de Melendo, en fase de rehabilitación, en el puerto Cavero. La venta del Rosario, en la carretera a Terrer, un poco más allá de La Bartolina, se reconoce fácilmente por la hornacina de la Virgen en su fachada, que mantiene por la noche una luz encendida. La venta del Cristo de Ribota estaba situada a la derecha de la carretera antes de llegar al puente. Al otro lado del Cuartel de Artillería, en la antigua carretera nacional, estaba el merendero del Alto en el Camino, donde se organizaban grandes partidas al juego de la rana. Otra pequeña venta estaba localizada junto a los prados de Cifuentes, cerca de los corrales del Chumi. En el casco urbano, además de varias posadas, existía una venta en la Plaza de la Leña, debajo del Castillo de Doña Martina.

Tanto en la vega como en el monte se construyeron espléndidas torres habitadas durante todo el año cuando estaban en plena producción. Hoy quedan ruinosos restos de algunas y otras han sido restauradas y presentan un aceptable estado de conservación. La mayor concentración está en el eje del río Jalón, desde Terrer a Huérmeda, y en el último tramo del río Jiloca, desde Paracuellos hasta su desembocadura. Mencionamos sólo las más significativas.

En la margen izquierda del Jalón encontramos la torre de los Rubio, en el paraje de Algar, limitando con el término de Terrer, que impresiona por su tamaño y sus numerosas dependencias. Junto al azud de Albudea está la torre Guara, formada por varias construcciones. Cerca de la entrada al puente Algar desde la carretera N II se alza la torre Sacos, hoy deshabitada. A la derecha del barranco de la Bartolina está la torre del Currillo y, enfrente, la torre de Lacambra junto a la carretera. En Las Callejillas vemos otras más pequeñas.

Siguiendo la vía verde que nace en el parque de Margarita y fuera ya del casco urbano, destaca, entre huertos y frutales, la torre de la Palacina, en el paraje de Anchada.

Por la margen derecha y algo alejada del curso del río, encontramos la torre de la Mina, que se sitúa entre los pagos de Meli y El Paguillo, la torre de los Pascualones en el Vadillo de Meli y, acercándonos al río, en el paraje de su nombre, la torre del Pradejón, que se desmorona con el paso de los años.

En el tramo final del Jiloca se ubican la torre de Casiano, a la entrada de Carramolina, y en Cifuentes, la torre del Pilongo, la torre de Marín, la torre de los Estudiantes y la torre de Valentín, ésta última en el cruce de la carretera al monasterio con el antiguo ferrocarril Santander-Mediterráneo. Un poco más adelante y a la izquierda, la torre del Torro.

Lindando con el casco urbano, la torre de la Serna en el pago de su nombre. Ya en zona urbana, la torre de Santa Ana se localiza junto a la acequia del Papelillo, a la entrada de la desaparecida azucarera, en el camino del Sexto, llamado así porque allí estaba el sexto tajadero de la acequia, aprovechado también para bañarse en el entibo. La torre de San Vicente Ferrer, detrás de los chalés de la Urbanización Azucarera, data de 1832 y conserva una hornacina del santo.

La Torre del Pilar, debajo del monte del Calvario, guarda en su interior una ermita, de la que sólo resta el espacio físico. Está ubicada en el Barrio de las Cruces, llamado así porque en el camino de acceso se ubicaba el antiguo vía crucis, del que sólo subsisten algunos azulejos trasladados a la ermita del Cristo de Ribota.

Situados en el puente de San Lázaro o del Pontazgo, tomamos el camino de Mediavega y encontramos a la izquierda la torre Gaspar, la torre del Recuenco y, más abajo, la torre de la Correa, propiedad en su día de los frailes agustinos, junto a la depuradora.

En el arranque del camino de Valdehurón se yergue poderosa la Torre Catalina, vieja torre ganadera, hoy reconvertida en casa residencial, que recibe su nombre del apellido familiar que la levantó. Cerca de la Ciudad Deportiva están la torre de Lasala y la torre de la Pollera.

Por el camino de Anchís llegamos a la fuente de la Teja y su abrevadero, junto a unas nogueras y encima destaca la torre de las Monjas, perteneciente al convento de Salesas, que conserva en el lateral de la solana un colmenar que forma parte del edificio.

La Torre de Anchís, situada en un promontorio sobre el Jalón en el camino a Huérmeda, era una finca de recreo de los mercedarios e incluía entre sus dependencias una capilla. Ahora sirve de corral de ganado. Conserva una excepcional nevera, excavada en la umbría que se asoma al Jalón, cubierta por una sólida bóveda reforzada por dos arcos cruzados de ladrillo. Su estado de conservación es magnífico.

Desde allí y por la pista que va a Marivella divisamos dos torres de monte: la torre de Marivella, en la subida al puerto Cavero, y un poco más arriba, la torre del Carmen, hoy en ruina inminente, una magnífica torre agropecuaria, que contaba con un oratorio, lagar y amplias cuadras. Conserva muy cerca un excelente colmenar exento (Tanto la torre como el colmenar no existen a la fecha de publicación de este sitio web, en julio de 2017.)

Entre las torres y construcciones agrícolas del Ribota y hacia Calatayud reseñamos la torre de Barbusiel. Es una torre de monte, junto al cauce del Barranco del Salto, donde se cogían buenas cosechas de cereal y de uva. Destacamos la espléndida bodega excavada en la roca, con forma ojival, en el paraje de Las Tombas, al otro lado de la carretera.

Además de torres agrícolas y ganaderas, la burguesía local de finales del XIX y principios del XX levantó en los alrededores de la ciudad chalés y casas de recreo, de las que restan buenos ejemplares.

En la Torre de la Cuenca Alta del barrio de San Antonio se conserva el Oratorio de la Virgen del Carmen. Construida en 1899 por la familia Bardagí, es una capilla que ha ido cambiando de propietarios. En las últimas décadas ha sido utilizada como centro de oración y de curación por Vitoriano Monge. En su interior conserva cientos de fotografías de personas agradecidas, maquetas de edificios elaboradas por Vitoriano, estampas e imágenes religiosas.

Los pinos de Ostáriz continúan acogiendo a los jóvenes que van hasta allí generación tras generación el día de jueves lardero para comer el palmo. En un extremo del pinar quedan los restos del ingenio que recibía las vagonetas cargadas de mineral de hierro desde Tierga para bajarlas hasta la estación de tren del Ferrocarril Central de Aragón. Debajo de los pinos se mantienen a duras penas en pie la torre de Ostáriz, con un cuadro de baldosas que representa a San Antonio de Padua, y otra casa pegada a la roca, que conserva una preciosa baldosa de San Miguel Arcángel, con un imponente tilo delante de la fachada.

El chalé de Jesús del Monte se levanta en un paraje que pertenecía a la Compañía de Jesús, aunque su actual estructura es muy posterior. Su inconfundible silueta sobre una elevación del terreno se desmorona lentamente con el paso del tiempo. (En julio de 2017 apenas se pueden distinguir restos de las balaustradas entre las ruinas del edificio.)

En el arranque de la carretera de Munébrega todavía está el chalé del industrial Ricardo Sánchez quien, como regalo de boda para su esposa, mandó construirlo al arquitecto Miguel Ángel Navarro Pérez en 1928. Este edificio es una muestra valiosa del estilo neorrenacentista en Aragón.

El chalé de los Oroz está situado junto a la torre de San Vicente Ferrer.

Muchas familias bilbilitanas eligieron la zona de Marivella o la de Levante, un poco más abajo y a la izquierda de la carretera que va desde Calatayud al puerto Cavero, para adecuar como vivienda las viejas torres o construir sus chalés de recreo. Todos disponen de pozos, que han ido perdiendo caudal por el incremento de las necesidades de agua.

Villalvilla es el tramo final del Ribota en su desembocadura con el Jalón. Estaba salpicada de torres habitadas durante todo el año, como la torre de Los Larrea.

En el barrio de Campiel hubo una población estable, los campieleros, que vivían en torres, muy cercanos a sus vecinos de Embid, a la central eléctrica, a Villalvilla y a Ribota. Era una pequeña comunidad de torreros, hortelanos y agricultores, muy arraigados en una vega que cultivaban con esmero, vendiendo la fruta y la verdura en Calatayud. Casi todas las fincas estaban a renta. De la intensa actividad agrícola y también ganadera quedan todavía las torres con sus eras, pajares, parideras y colmenares, la red de acequias y algún montacargas, para pasar las barquillas de fruta de una orilla a otra del Jalón.

El microclima de Campiel permitía el cultivo de toda clase de árboles frutales, como perales, manzanos, higueras, caquis y olivos. Históricamente han sido famosos sus deliciosos melocotones. Los grandes almeces proporcionaban abundante sombra. La amenidad del paraje propiciaba que familias enteras de Calatayud se desplazasen a Campiel en tren para preparar sus ranchos y comidas. Era el sitio preferido para pasar un domingo de verano en el campo.

Las espléndidas torres, diseminadas por todo el enclave, están completamente arruinadas y sólo algún chalé nuevo mantiene una población ocasional. En la década de los noventa del pasado siglo se fueron despoblando las torres y las fincas quedaron yermas. Campiel contaba con escuela propia y la ermita de San Íñigo; ambos edificios se conservan bien. Según Madoz, hubo dos ermitas más: una dedicada a San Abdón y Senén y otra, a Nuestra Señora del Carmen.

La torre debajo del azud era propiedad de Antonio Martínez Oroz, que la vendió a los Peteneras, que se encargaban de vigilar los polvorines. En la torre de San Íñigo estaba la hornacina con el santo.

Al otro lado de la carretera destaca una masa de espesa vegetación, explicada por la presencia de una fuente que regaba toda la ladera aterrazada, en la Torre del Señor Fernando. Carretera adelante nos sorprende la silueta de una torre entre enebros y carrascas, situada en una heredad que pertenecía en el XIX a Cosme Marcén, quien mandó construir una gran balsa que recogía las aguas de una fuente, conocida como La Fuente del Manco. Ambas pueden verse todavía, si bien ésta última se ha secado completamente.

El puente de Campiel fue restaurado, ampliado y puesto en uso en la década de los cincuenta por José Jiménez Mateo Keni, que también realizó un túnel por debajo de la vía del tren para dar salida al camino de herradura que había ensanchado. Keni construyó e ideó el sistema de montacargas para el paso de las barquillas de fruta de una orilla a otra del Jalón.

Campiel celebraba la fiesta el día de San Juan. La víspera por la noche los mozos se iban a la verbena de Calatayud, volvían ya de madrugada, andando por supuesto, y comían chocolate con las mozas en Campiel. Se celebraba misa por la mañana, tomaban vermú a mediodía y se bailaba por la tarde en una era.