Conferencia Calatayud se reorganiza. El plano geométrico de 1862

Conferencia Calatayud se reorganiza. El plano geométrico de 1862
Calatayud se reorganiza. El plano geométrico de 1862

Conferencia realizada durante las jornadas La Dolores, un viaje en el tiempo 2019

 

Durante el siglo XIX el mundo vivió varios procesos y crisis políticas y económicas que propiciaron cambios fundamentales en todos los ámbitos. En Occidente las innovaciones científicas y tecnológicas modificaron de manera muy acusada la sociedad.

Fue un siglo de sucesos determinantes, de significativos inventos y descubrimientos, de revoluciones y de guerras…

En España, la de la Independencia y las carlistas sacudieron al país, transformándolo, como lo hicieron las desamortizaciones de Mendizábal y Madoz.

Gran parte de estos sucesos alteraron e influyeron en la vida y sociedad bilbilitanas de ese siglo, durante el que hay que recordar que Calatayud se convertiría en 1821, por un breve periodo de tiempo, en la capital de la cuarta provincia de Aragón y, dentro de otro orden de cosas, cuando tuvo lugar el nacimiento de la leyenda de la archiconocida Dolores, hilo conductor de las jornadas que celebramos, en las que se recrea y recuerda este periodo.

La documentación o información sobre lo acaecido en Calatayud durante esta etapa es exhaustiva y abundante, tanto en los archivos bilbilitanos como en el ingente número de publicaciones realizadas al respecto, así que no es muy complicado determinar de qué manera y en qué aspectos incidieron estos cambios en nuestra ciudad.

Quizá, donde se hicieron más visibles y repercutieron profundamente, fue en su ordenación urbanística, y es precisamente sobre tan significativo aspecto que hemos querido centrar esta exposición.

Aunque las calles del entorno que nos rodea han sido maquilladas para esta recreación histórica, su disposición, ordenación y pavimentación no eran las mismas. Vamos a hacer un esfuerzo e imaginar una ciudad completamente distinta… Por unos minutos vamos a vivir la Historia, a situarnos en el Calatayud de principios del siglo XIX y, poco a poco, ver cómo fue evolucionando hasta conseguir la estructura actual.

Antes de nada, dedicaremos un momento a recordar esa estructura de la ciudad en la actualidad, así será más fácil entender su desarrollo urbanístico. Está compuesta por tres grandes zonas que responden a características topográficas, urbanas y demográficas bien diferenciadas:

La ciudad alta comprende las pendientes donde se ubican los antiguos barrios de fundación de la ciudad y las ampliaciones de edificación surgidas con posteridad, que han conservado este carácter urbano-rural.

La ciudad media se extiende desde el pie de los cerros y barrancos hasta el paseo. Su borde sur es la antigua carretera Madrid-Zaragoza y comprende terrenos de suaves pendientes. Con carácter predominantemente urbano, en sus aspectos comercial y de vivienda.

El ensanche, constituido por las zonas al sur de la mencionada antigua carretera Madrid-Zaragoza, hasta el ferrocarril, prolongándose más recientemente hacia el este y oeste.

Y ya de vuelta a las calles del Calatayud decimonónico, lo más evidente en ellas sería la falta de pavimentación. Por este motivo permanecían la mayor parte del tiempo llenas de barro… o de paja, ya que el exceso de barro se paliaba con paja para facilitar su tránsito. Este pringue que se formaba, junto con los residuos orgánicos de los animales que por ellas deambulaban, estaría presente más a menudo de lo deseado, porque también se carecía de un servicio adecuado de limpieza que, parece, era cosa de los particulares voluntariosos o de los que aprovechaban el estiércol para otros menesteres. Calles también oscuras, todavía sin alumbrado público, con velones de aceite o con pequeños farolillos que colgaban en las fachadas y puertas de la ciudad ante retablos y hornacinas dedicados a vírgenes y santos.

Su disposición obedecía al orden en que se había ido extendiendo la ciudad alta hacia la ciudad media, utilizando los barrancos como ejes principales y con pocas vías anchas, más bien angostas y en disposición de laberinto, según iban dejando las nuevas edificaciones de viviendas, pegadas o alrededor de las ya existentes y de las grandes edificaciones civiles y religiosas que, a principios de siglo, ocupaban en espacio y número un elevado tanto por ciento de la extensión urbanizada.

En estas condiciones entraron los franceses en Calatayud para invadirla. Siempre ha sido una ciudad de asedios y en el siglo que evocamos no se libró de los correspondientes, que se sucedieron en demasía.

El primero, como decíamos, recién estrenado el siglo, el francés. La Guerra de la Independencia dejó en nuestra ciudad numerosos héroes, y los bilbilitanos demostraron su bizarría y lealtad, pero también acabó con destacados edificios o los reconvirtió en cuarteles, iniciando un cambio significativo en la estructura de la ciudad.

Con el fin de la francesada, Calatayud no recobró la tranquilidad de antaño. Cesaron las guerras con extranjeros pero la reciente extinción de los conventos y las pasiones políticas desmedidas fueron el presagio de nuevas reyertas que influirían otra vez muy negativamente en la paz interior de la ciudad. La década de los 20 estuvo salpicada de conspiraciones, odios, saqueos de domicilios, etc.

Si la invasión napoleónica y las posteriores sublevaciones causaron un efecto negativo en todos los aspectos, no lo fue menos el que ocasionaron las Guerras Carlistas. Con la proclamación de Isabel II en 1833, estalló la primera que duró hasta 1840. Comenzaron de nuevo las represalias y los fusilamientos. Calatayud se vio afectada por estas sucesivas guerras, fue saqueada en más de una ocasión por el ejército carlista y volvió a vivir un periodo aciago y de inestabilidad.

Además del elevado número de pérdidas humanas que dejaron las ofensivas, quedó una ciudad ultrajada, saqueada, arruinada y, a la fuerza, transformada.

Hubo a lo largo del siglo otros altercados, como el levantamiento popular de 1852, motivado por los impuestos, y en aquellos disturbios fueron derribadas las puertas de la ciudad y algunos puntos de la muralla pero, en este caso, se restauraron de inmediato. Incluso se construyó un nuevo muro en la longía, el llamado de Los Matuteros, para tratar de impedir el contrabando.

En medio de todos estos acontecimientos bélicos, también surgieron factores, como las leyes desamortizadoras, que influyeron notablemente en la evolución urbanística del XIX en nuestra ciudad. A lo largo del siglo se vieron afectados más de una veintena de iglesias, monasterios y conventos, ermitas y varios palacios civiles que acabaron desapareciendo. Algunos de estos edificios se encontraban integrados en los muros con lo cual quedaron abiertas brechas en el conjunto defensivo de la ciudad, que fueron cerradas con verjas de hierro en su mayor parte. Así nacieron la Barrera de Marcial y la reja de la Plaza del Fuerte, conocida con el nombre de Puerta de Alcántara, desaparecida en 1927. Esta circunstancia, junto con la expansión urbana hacia el río, provocó prácticamente la destrucción definitiva de la muralla que sólo se conserva en la parte norte.

También, según Acuerdo en las Cortes en el año 1837, se llevó a cabo la disolución de las comunidades religiosas de varones y, salvo alguna excepción, se cerraron en Calatayud los conventos de frailes. Se procedió a la enajenación, demolición u ocupación de sus restos, en el mejor de los casos, por alguna orden de monjas como las de Santa Clara en el de San Francisco. Convento, el de Santa Clara que, junto con el de la Merced, habían sido transformados en fuerte en varias ocasiones, dando lugar la desaparición de ambos a la gran plaza que la toponimia, como no podía ser de otro modo, bautizó con el nombre de Plaza del Fuerte.

¿Cómo va esa evocadora vivencia por el Calatayud de La Dolores? No era el paraíso, ¿verdad?

Escribió el entonces ministro Pascual Madoz, responsable por cierto de una de las desamortizaciones más significativas, al referirse a “los naturales del partido judicial de Calatayud: son demasiado insistentes en su opinión”, por no definirnos como tozudos o cabezotas. No sabía Madoz cuánto… Y perseverantes, y enmendadores, y defensores de lo nuestro… Así que, después de una etapa difícil y, a pesar de cómo les afectaría lo efímero de su capitalidad de provincia, nuestros antecesores decidieron nivelar la balanza y comenzar a recuperarse, manteniendo siempre un rango notable y una vitalidad que se reflejaron en las transformaciones urbanas, convirtiendo lo negativo en positivo, y subiéndose al carro de la acelerada modernización que en esta época comenzaba en el resto de España, con la construcción a partir de 1826 de la carretera que uniría Madrid con Zaragoza, y la llegada del ferrocarril con la terminación de la línea ferroviaria Madrid-Calatayud. Y, por fin, con la pavimentación de las calles y plazas.

Si las calles de Calatayud eran un fiasco, al inicio del XIX sus vías de llegada eran caminos de tierra, pero había que comerciar con el entorno, relacionarse y acercarse a las capitales y, por supuesto, mejorar estos accesos y todas las vías de comunicación posibles.

Por carretera, la prioridad fue la de Madrid a Zaragoza que ya, a finales del XVIII, se vio trasladada a extramuros, porque hasta ese momento, quienes viajaban de Madrid entraban por la Puerta de Terrer y salían por la de Zaragoza, sufriendo las estrecheces del trazado urbano. Esta nueva disposición en extramuros fue larga y costosa, hubo necesidad de ocupar tierras, huertas y eras de propiedad privada, con los consecuentes pleitos de los afectados con el Ayuntamiento.

Se tuvieron que reconstruir puentes como el de San Lázaro y los de Capuchinas y Tenerías, ambos en la acequia de Anchada, y reparar el mal estado de la carretera existente.

De ser la carretera de Madrid a Zaragoza, pasó a ser la de la capital de España a la Junquera en la frontera francesa, y no fue hasta 1897 cuando se produjo la incautación por el Estado, de los 1.638 metros de largo y la anchura de 8 a 13 metros que tenía la travesía por la proximidad del casco urbano. Y también, en su pretensión de conseguir comunicaciones por carretera, los bilbilitanos se empeñaron, no con pocas dificultades, en unirse con las tierras de Soria, con Daroca y Teruel, con el Señorío de Molina de Aragón y con Cariñena.

Pero, sin lugar a dudas, el gran avance del siglo XIX fue el ferrocarril. Este medio de transporte aparecía en España con la inauguración en 1848 de la primera línea, el ferrocarril Barcelona-Mataró. Pronto llegó a Calatayud el tendido de líneas, debido a su situación geográfica que unía importantes núcleos en sus caminos naturales. Aunque el trazado del ferrocarril suponía serios inconvenientes: expropiación y división de tierras, corte de acequias, perforación de túneles…, con toda la rapidez posible, se construyó la línea de Madrid a Zaragoza, en el tramo Calatayud-Ricla.

El 25 de mayo de 1863, se inauguraba la estación de ferrocarril de Calatayud con la apertura del tramo Medinaceli-Zaragoza, a la que siguieron otras líneas. La llegada del ferrocarril fue sin duda para Calatayud el acontecimiento más deseado y el de mayor trascendencia a lo largo del siglo XIX, engrandeció la ciudad como punto estratégico de comunicaciones e impulsó su desarrollo en todos los aspectos, con repercusiones sustanciales en su trama urbanística, dando lugar a su extensión, empezando un rápido progreso al otro lado del río y creándose las zonas de ensanche al este de la ciudad, acercándola hacia la estación de ferrocarril.

Este desarrollo también tuvo su lado negativo, ya que desaparecieron elementos notables durante la construcción de algunas de estas obras; un ejemplo fue la pérdida del torreón, llamado la Oveja, situado frente a la Cruz de las Capuchinas, en ángulo con el muro de San Francisco, al rectificar en 1823 la carretera Madrid-Zaragoza y, sobre todo, la iglesia de san Pedro Mártir de Verona del convento de predicadores.

Pero no fueron únicamente las construcciones de las grandes vías de comunicación las causantes del notable cambio urbanístico bilbilitano. A lo largo del siglo surgieron otros factores no tan favorables que modificaron el plano de la ciudad de manera muy acusada, como hemos ido viendo. Gran parte de las transformaciones de los espacios urbanos se generó al demoler los templos parroquiales, por unas u otras causas, y destinar sus solares a plazas.

La primera en desaparecer fue la parroquia de San Juan de Vallupié, ya sin culto en el siglo precedente y que en 1803 derribaron por su cuenta los vecinos Pedro Darfella y Antonio Herrero, dejando el espacio para plaza, hoy conocida como plaza de San Juan el Viejo, en la que colocaron un “peirón con una cruz, para llamar a la oración por los allí sepultados”. Por cierto, uno de esos sepultados era Pietro Morone, significativa figura de la pintura renacentista.

En 1855, el concejal señor Mochales denunciaba el estado lastimoso en que se encontraba la iglesia de Dominicos, abandonada desde la extinción de religiosos, veinte años antes, y del peligro que corría la carretera de Madrid, al caer sobre ella aquellos muros de San Pedro Mártir, obra singular y magnífica dentro del mudéjar. Se planteaba una cuestión importante para nuestro patrimonio artístico que, una vez más, salió perdiendo y, en 1858, se llevaba a cabo la construcción de la Barrera Marcial ocupando parte del terreno sobre el que se había levantado tan relevante elemento patrimonial, como ya hemos comentado anteriormente y que, según parece, obstaculizaba el tráfico.

Tras dos años de tramitación y ejecución parcial en 1856, desaparecía el templo de Santiago, siempre ocupado su solar por edificio de viviendas, entre la calle Sancho y Gil, plaza de Santiago y la del Carmen.

Después Santa Lucía, conocida también por San Juan de los Caballeros, por depender de la Orden de Malta. Templo en ruina progresiva finalizada en 1870, para dejar el espacio que en parte ocupa la plaza Darío Pérez. De allí procede una lápida sepulcral que se ha conservado en San Pedro de los Francos.

Al año siguiente le correspondió el derribo a San Torcuato, hoy plaza de Ballesteros.

En 1886, también tras un largo proceso, dejaba de existir el templo mudéjar de San Martín, a la entrada de la Rúa, en la actualidad plaza de Miguel Primo de Rivera.

Dieciocho años transcurrieron desde que el Gobernador de Zaragoza autorizase el derribo de la iglesia de San Miguel, hasta que se finalizó la obra en 1888. Como curiosidad, en la misma orden también se incluía a San Andrés, con la obligación de conservar la torre, elemento mudéjar que, con su belleza, detuvo el derrumbe del templo.

Fueron demolidos en su totalidad los conventos de capuchinos, San Antón, con la antigua iglesia de San Pedro de los Serranos, la Trinidad, Carmen Calzado y otros, más afortunados, se destinaron a distintos usos, como el de los Agustinos Descalzos, llamado de la Correa, que pasó a ser la escuela de ese mismo nombre.

Como se aprecia, para bien o para mal, un buen número de calles y plazas se transformaron mientras otras tomaban vida; se sanearon y mejoraron las ya existentes y cuidaron las nuevas. En este aspecto se tuvieron también muy en cuenta los paseos, esos espacios abiertos que condicionan la calidad de la vida en una población.

Los bilbilitanos del XIX ya recibieron de sus antepasados algunas zonas para el paseo que, en esa etapa, aumentaron en extensión, número y mejoras. En los primeros años, el espacio que luego ocupó la Escuela de Trabajo (actual Edificio Manuel Giménez Abad), lindante con el río Jalón, era el paseo conocido como La arboleda. Desde 1800 las plantaciones de árboles a lo largo de sus trayectos fueron constantes. En algún momento incluso excesivas, llegando a invadir terrenos particulares. En 1804 se plantaron nada menos que 640 árboles en los paseos: olmos, chopos, acacias, moreras… Para regarlos fue necesario recurrir a diversas combinaciones más o menos ingeniosas, partiendo de las acequias del término. Al final se acabó instalando una noria, que tomaba el agua de la acequia de Anchada.

Por supuesto, estas mejoras se iban llevando a cabo en las épocas de paz, suspendiéndose en los momentos bélicos. De 1805 al 14 no se registró actuación alguna, lo mismo que hubo otro paréntesis del 23 al 40. Después de este periodo fue cuando se comenzó a gestar la prolongación y ensanche del paseo. En 1844 se compraron terrenos al duque de Medinaceli que tenía en el paseo lateral derecho del de las Cortes de Aragón, al otro lado de la carretera, hasta las proximidades de Capuchinas. También en esa década se derribó el desamortizado y muy afectado por las guerras convento de las carmelitas descalzas (solar delimitado entre las calles de Gáldar, Justo Navarro y paseo de las Cortes de Aragón), de este modo se iba ampliando el paseo existente que correspondía con el tramo central del actual, que ya se conocía con el nombre de Salón o paseo de San Francisco, por su contigüidad con el convento de clarisas, y que en 1895 tomó el nombre de los generosos Marqueses de Linares. En 1848 se tuvo la iniciativa de convertir en una glorieta la plaza del Fuerte para mejorar el ornato y comodidad de los vecinos.

La colocación de asientos en los paseos no se inició hasta 1850 por el recién abierto de capuchinas, llamado hasta hace no mucho de los curas, y en 1853 se comenzaba su prolongación hasta la Puerta de Zaragoza. Se derribó la muralla de cerramiento de la plaza del Fuerte que fue sustituida por un muro de mediana altura, rematado por una verja, como ya se ha comentado. En los años siguientes, nivelaron la plaza y prolongaron su cerramiento hasta el mismo fuerte, abriéndola a la calle del Hospicio, plantando árboles y colocando los pies de las cuatro farolas, imagen que siempre la ha caracterizado.

Se continuaron colocando asientos en varios tramos del paseo y plantaciones de árboles a lo largo de la carretera de Zaragoza, hasta el puente de San Lázaro o del pontazgo. Poco a poco fueron mejorando otras zonas y, por primera vez en el 63, se plantaron acacias en las plazas de San Antón, San Benito, Dominicos y hasta la Barrera Marcial.

Pero también se cortaron árboles. En el año 1867 se quitaron los de la entrada del paseo de San Francisco, para prolongar ese espacio hasta el puente de Alcántara, mejora que, como era de esperar, motivó los correspondientes daños colaterales: fue necesario demoler la mayor parte del claustro de San Francisco y un torreón de la muralla, que salía hasta el mismo borde de la carretera.

Durante esta actuación, también se preparó un nuevo paseo en el plaza del Fuerte, destinando más de cien árboles y ochocientos aligustres con objeto de completar la decoración de estos espacios que, con algunas reformas, son los que conocemos en la época actual.

Con la necesidad de adecuar el acceso a la estación, en 1877, se propuso hacer un paseo paralelo al camino existente que no llegó a ver la luz hasta más de diez años después.

Tanto cambio exigía un orden. Había que ordenar y nombrar las calles, y numerar las viviendas, cosa que también facilitaría la labor a los encargados del sistema de Correos.

Correos funcionaba en Calatayud desde principios del siglo XIX, se trataba de un servicio público dependiente del Estado y, en esos momentos, la administración postal de Calatayud dependía del administrador principal de Guadalajara. En 1839 el Gobernador autorizaba a colocar un buzón provisional en la puerta de Terrer, situación que se reprodujo a finales del siglo pasado y donde todavía continúa. Por las calles circulaba a diario la silla-correo. El servicio aumentó con rapidez y se añadió toda la correspondencia generada por las dependencias oficiales. En 1850 comenzó a funcionar un correo diario hasta Daroca y poco a poco se fue haciendo extensiva la red postal a otras localidades de la ribera del Jalón y del Aranda, hasta 1890 en que se anunció el concurso para conducción diaria del correo entre Calatayud y Teruel.

A raíz de este servicio, en 1833 el corregidor, Conde de Mirasol, propuso en la primera sesión de su mandato, llevar a cabo un censo de las casas para numerarlas. Los munícipes encomendaron el contrato de los azulejos precisos para ello y dieron a conocer el nombre de las calles.

Esta propuesta de numeración de las viviendas tuvo una segunda parte, el acometer el alumbrado de las calles. En marzo de 1840 se colocaban 91 faroles confeccionados por el hojalatero Manuel Navarro, tomando como muestra uno traído de Madrid, cuyo combustible, naturalmente, era aceite. El afán de mejorar este servicio fue constante y, entre los años 54 y 55, se hicieron serias inversiones llegando a instalarse hasta 100 faroles más en la calle y plaza de la Higuera, calles de la Correa, Ruzola y Recuerdo. Fueron progresando y en 1864 se pasó a utilizar como combustible el petróleo (gas en la terminología del momento) y en 1888 ya ofrecían desde Zaragoza el alumbrado público por luz eléctrica, pero hubo que esperar hasta el 3 de octubre de 1894, fecha en que tuvo lugar la inauguración del alumbrado eléctrico en las calles de Calatayud.

Este sistema tan organizado trajo consigo el pertinente cambio en el nomenclátor bilbilitano. De llevar las calles nombres relacionados con sucesos acaecidos en ellas, o con alguna singularidad en su contenido, como calle de las Almas, de las Muertes… o sencillamente el de los gremios de sus antiguos moradores, como aguadores, curtidores o herreros… fueron sustituidos por otros más rimbombantes que hacían honor a grandes y célebres figuras de la tierra, reconocimiento que sin duda merecían, pero que restó belleza a sus anteriores y castizas denominaciones. Algunas aguataron el tirón y han llegado hasta nuestros días para recordarnos su esencia: calles del Olvido, del Recuerdo… o plaza del Olivo.

Bueno, parece que Calatayud, a pesar de las contrariedades, se reorganizaba e iba cambiando.

Si el ordenamiento de las construcciones, la amplitud y alineación de las calles, junto con la mejora en las condiciones de vida en las localidades, son los elementos que conforman el urbanismo, sólo faltaba esa alineación de las calles para dejar una ciudad modelo.

Desde principios de siglo los vecinos de Calatayud ya veían la necesidad de regular la alineación de los nuevos edificios. En 1816, Serafín Zabalo, solicitaba que le marcasen los límites de la casa que pretendía edificar en la plaza del Mercado, con entrada por las Cuatro esquinas, más conocida como casa de José María López Landa.

Pero la norma para las calles enteras no se fijaba hasta 1857, en que varios propietarios de los solares resultantes del derribo del convento de la Trinidad, quisieron conocer la decisión municipal, sobre la apertura de la calle Marcial, como prolongación de la del Encuentro (hoy Dicenta) para llegar a la actual plaza de Bardají.

A partir de ese momento, los técnicos municipales comenzaron a planificar y fueron haciendo propuestas para diversas vías, que se iban aceptando en su mayoría por los munícipes. En 1859 manifestaban un propósito general: “las calles, dentro de lo posible, deberán seguir la línea recta en su trazado.”

Se fue haciendo frecuente el ensanche de las calles angostas, con la consiguiente oposición de los propietarios de los terrenos a ocupar, sobre todo en las adyacentes a la Rúa. También se derribaron los arcos que dificultaban el acceso a las calles u ofrecían peligro a los viandantes, como ocurrió con el existente a la entrada de la calle de San Andrés o al inicio de la del Obispo. Se nivelaron las aceras, para impedir que el discurrir de las aguas de la lluvia causasen inundaciones, como en la Rúa, o quedasen estancadas, como en la calle del Hospicio y adyacentes. Se continuaron empedrando las calles, sistema de pavimentación que ya se había comenzado en 1801 en las principales y de entrada y salida de la ciudad a los caminos, y las conducentes a la fuente pública.

Como curiosidad, incluso se hizo el primer intento de calle peatonal por parte de los vecinos de la Bodeguilla, solicitud que quedó sin efecto al no gozar con la aprobación de los tenderos de esa vía.

El 6 de diciembre de 1862 la corporación, presidida por Mariano Franco, contemplaba la propuesta del plano general de la población, presentado por el maestro titular de obras señor Blasco, quien opinaba que ese documento debía ir acompañado de unas ordenanzas de edificación, un reglamento de incendios y de los planos parcelarios de las principales calles: un Plan General de Ordenación Urbana. De inmediato prepararon las nuevas ordenanzas de edificación, basadas en las de Madrid y Barcelona.

Así surgió el Plano geométrico de 1862.

No queremos abordar este asunto, sin antes hacer referencia a las fuentes que nos han facilitado la elaboración del mismo: el interesante trabajo de José Luis Villanova Valero de la Universidad de Gerona, EL PLANO GEOMÉTRICO DE LA CIUDAD DE CALATAYUD (ZARAGOZA) de Mariano Anselmo Blasco y Taula (1862), y su edición facsímil de 1987 del Centro de Estudios Bilbilitanos, de la Institución Fernando el Católico.

En la primera mitad del siglo XIX, se había extendido en España el procedimiento de alineaciones de calles –el establecimiento de una línea que delimitase las zonas edificables de las que no lo eran– como técnica de ordenación urbanística. Las leyes municipales de 1840 y 1845 habían otorgado a los ayuntamientos la competencia para trazar y aplicar planes de alineaciones de las calles y plazas de sus poblaciones, siempre con el visto bueno gubernativo.

El gobierno aprobó en 1859 unas trascendentales instrucciones para la ejecución de los planos de alineación, donde reconocía las dificultades e inconvenientes que podían originar los proyectos de nuevas alineaciones y lo difícil que resultaba “conciliar los intereses generales, representados por la Administración local, con los privados.” Detallaba prescripciones sobre la representación gráfica de los planos (escalas –de 1:300 para los planes de alineaciones parciales y de 1:2.000 para los de las generales–, orientación, características de los dibujos, signos, tintas, etc.), medidas, presentación (soporte, tamaño) y contenido (vías de comunicación, cursos de agua, línea de separación de las propiedades, perfiles longitudinales de las calles, modificaciones de rasantes).

También indicaba y fijaba la obligatoriedad de los planos a todas las poblaciones de más de 8.000 habitantes. En Aragón, territorio con muy pocas que superasen ese censo en 1859, tuvieron un escaso impacto. Así que, de momento, solo se han localizado cuatro planos geométricos: dos de Zaragoza, uno de Huesca y otro de Calatayud.

El autor del plano geométrico de Calatayud fue Mariano Anselmo Blasco y Taula, quien ocupó el puesto de maestro de obras de aquel ayuntamiento durante casi 31 años en dos períodos, de 1857 a 1906, año de su fallecimiento. Mariano Blasco había nacido en Zaragoza el 21 de abril de 1825. Realizó estudios en la Real Academia de Bellas Artes de San Luis de Zaragoza y, después de ejercer en distintas localidades de la provincia con contrato en los correspondientes ayuntamientos, participó en el dibujo del plano de Zaragoza de 1853, experiencia que, sin duda alguna, le sirvió para realizar el plano geométrico de Calatayud.

La incesante actividad que desarrolló Blasco en el Ayuntamiento de Calatayud desde el momento de su nombramiento y las innumerables preguntas, dudas y críticas que presentaban los propietarios de las fincas urbanas –especialmente ante los proyectos de alineaciones de calles y plazas– motivaron que, el 14 de noviembre de 1857, planteara al alcalde Alejandro Fernández de Heredia la “necesidad urgentísima” de levantar un plano de la población que incluyera un plan general de alineaciones. Blasco opinaba que la formación del plano facilitaría enormemente las actuaciones urbanísticas y repercutiría positivamente en “el beneficio común”, no solo en el ornato, sino también en la salubridad, la comodidad y la seguridad, y el aumento de riqueza al incrementarse el valor de los solares en las calles reformadas. A todo ello añadía que el plano permitiría “un entendido y económico estudio de alumbrado, de empedrado y numeración de las casas”.

El documento se compondría de la planta geométrica de todas las calles, plazas, arrabales y paseos, con representación de la planta interior de los edificios públicos. La escala utilizada sería ía de 1:1.250. No obstante, y por la experiencia adquirida en sus trabajos del plano de Zaragoza de 1853, consideraba que dicha escala sería pequeña. Realizaría los planos parciales cinco veces mayores o más, por manzanas o calles que irían acompañados de explicaciones para facilitar su comprensión. El relieve se representaría mediante curvas de nivel, información que permitiría con facilidad hacer la distribución de pendientes para conducir las aguas pluviales y efectuar sin error sustancial el estudio de empedrados.

Después de un largo periodo de espera, muchas demoras y alguna reclamación por parte de la vecindad, se entregó y aprobó el plano más allá del plazo establecido el 9 de febrero de 1863.

El plano geométrico realizado por Blasco no se ajustaba totalmente a su propuesta de 1857, pero tampoco a los requisitos que exigía la disposición de 1859. El documento, de 70×85 cm, presenta en su parte superior el título, Plano geométrico de la Ciudad de Calatayud, con el escudo de la población. Junto a ellos, y conforme a lo legalmente dispuesto, una flecha indica el Norte Magnético. La escala, gráfica y numérica, es de 1:2.000. Comprende, dibujados en tinta negra, el casco urbano, los arrabales, edificios aislados y las fincas rústicas más próximas –aunque parece ser que estas últimas se representan simplemente a modo decorativo–, con los límites exteriores de todos los grupos de terreno cerrado o no, y en el cual existen o no edificaciones; el nombre de las calles y plazas; la carretera de Madrid a Francia, las rondas que circundan la población y los caminos de acceso a la ciudad. Los cursos de agua están coloreados en tinta azul, y los cubiertos por bóvedas u obras de fábrica con líneas del mismo color de puntos.

Por el contrario, contiene diversas informaciones que no exigía la norma legal: la división de la población en cuarteles (Santa María, San Juan, Santo Sepulcro y San Miguel) y arrabales (la Peña, las Pozas y Soria), delimitados mediante fajas coloreadas superpuestas; el relieve de las alturas situadas al norte de la población mediante normales y directorios referentes al nomenclátor de calles, callejas, plazas y plazuelas, todas ellas numeradas, con referencia a su adscripción a los cuarteles y arrabales correspondientes. A la derecha se presenta un listado numerado de los edificios públicos y los puntos de entrada a la población, así como una breve descripción de la delimitación de los cuarteles.

Parece ser que se enviaron dos copias de la documentación y del plano al Ministerio de la Gobernación, una vez concluido, para su aprobación, y un tercero quedaría en el Ayuntamiento. Nunca se supo que sucedió con aquella documentación. Pero sí se ha localizado una copia del plano geométrico de la ciudad, el reproducido en la edición facsímil, que probablemente fuera el que quedara en el Ayuntamiento y que pasó a manos privadas posteriormente.

No obstante, como puede observarse en la actualidad, el plan no llegó a ejecutarse en numerosas de las calles de la ciudad, por unos u otros intereses y dificultades.

El plano es un documento histórico y cartográfico de gran valor por varios motivos. Por una parte, representa fielmente la configuración urbana de la ciudad a principios de la década de 1860 y a una escala superior a la de los otros existentes hasta la fecha; información que facilita a interesados e investigadores el estudio del Calatayud de la época y su evolución urbanística. Por otra, pone de manifiesto la decidida voluntad de su autor, el maestro de obras Mariano Blasco, y del Ayuntamiento de contar con un plano geométrico y un plan general de alineaciones que, una vez aprobados por el Ministerio de la Gobernación, permitieran remodelar la trama urbana existente y evitar los conflictos con los propietarios de las fincas urbanas afectadas. Por último, y relacionado con el segundo motivo, porque no fueron muchas las ciudades españolas que confeccionaron planos de estas características, y aún menos las que cumplieron con la exigencia estatal de elaborar conjuntamente el plan general de alineaciones, como sucedió en Calatayud.

A esto hay que añadir que es una fuente imprescindible para localizar de forma concreta la ubicación de numerosos edificios notables desaparecidos con posterioridad a 1862. Por ejemplo, en el plano se representan iglesias (San Martín, San Miguel, Santa Lucía, San Torcuato, Santiago,…) y conventos (Carmen calzado, Mercedarios calzados,…) desparecidos después de este año, o también la antigua Plaza de Toros y la Fuente-lavadero de los ocho caños, que se situaba en la margen derecha del río Jalón, cerca de la antigua Puerta de Alcántara, trasladada en el siglo XX junto a la Puerta de Terrer. También aparecen las denominaciones de algunas calles y plazas que se modificaron después de la elaboración del mismo.

En la sede del Centro de Estudios Bilbilitanos se encuentra un «Plano de Calatayud» que, según José Ángel Urzay, a primera vista, podría ser muy probablemente un borrador o una primera versión inconclusa que había realizado Mariano Blasco del plano geométrico.

La edición facsímil de este plano, realizada en 1987 por el Centro de Estudios Bilbilitanos, data de 1863 pero, en realidad, el documento fue finalizado en 1862. Hasta aquel momento, y durante casi 125 años, había permanecido en el más absoluto olvido.

Los especialistas que utilizaban algún plano en sus trabajos sobre la historia, la cartografía o la geografía urbana de Calatayud del siglo XIX no lo citaban y solían referirse a diferentes documentos; entre otros, al Croquis de la Ciudad de Calatayud formado por Manuel Ubiña a una escala aproximada de 1:3.700 en 1839 (facsímil que también editó el CEB) o al plano a escala de 1:10.000 que Francisco Coello había incluido en la hoja correspondiente a la provincia de Zaragoza, publicado en torno a 1865, en el Atlas de España y sus posesiones de Ultramar, grabado de Palomino.

La publicación de la edición facsímil del plano fue una acertada decisión, de nuevo los especialistas dispusieron de un documento cartográfico que representa fielmente el Calatayud de mediados del siglo XIX y a una escala de 1:2.000, como hemos comentado, superior a la de los existentes hasta la fecha.

Después de todo lo expuesto sólo nos resta agradecer la gestión de aquel ayuntamiento que, junto con Mariano Blasco, llevaron a cabo el plano geométrico de Calatayud, agradecer también la brillante idea del Centro de Estudios Bilbilitanos por mantener vivo tan importante documento y sobre todo a la labor de quienes nos precedieron que, durante un siglo, el XIX, en el que Calatayud no se encontraba en su mejor momento, pusieron al mal tiempo buena cara y haciendo frente a todas las dificultades que encontraban, consiguieron reorganizar la ciudad. Deberíamos imitarles, valorar lo que hemos heredado, conservarlo, mejorarlo y, sobre todo, tenerlo siempre organizado.